“Ser campeón es comer dos veces al día”

José Luis Gómez ya ganó el título más importante: no pasar hambre y ayudar a su familia. “El fútbol me salvó”, dice el Negro, a horas de la final en Brasil.

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Drogas. Alcohol. Delincuencia. Malas juntas. Un barrio humilde que toma el nombre de la única avenida asfaltada que lo atraviesa. Diez hermanos durmiendo en la misma pieza. Y un potrero “de tierra y piedras” donde se juega por plata, se gana dinero, y se saldan viejas deudas. A José Luis Goméz, el lateral derecho de Lanús, la voz se le entrecorta cuando acepta que hoy, esta misma tarde, en en vez de contar las horas para jugar la final de América, podría estar “tirado en la esquina con amigos”, siendo uno más de esos tantos pibes a los que el fútbol no salvó. “Gracias a Dios”, cuenta, a su esfuerzo, y sobre todo a la educación que recibió de sus padres, pudo tomar “el camino correcto”. Nacido hace 24 años en la ciudad santiagueña de La Banda, la segunda más poblada de la provincia, la Coneja -así lo llaman por un viejo tatuaje que lleva en el cuello-, es un chico vergonzoso, aunque sincero. “Hasta los 12 años, cuando me vine a Buenos Aires para jugar en Quilmes, no tengo recuerdo de haber comido dos veces en un día. En casa comíamos al mediodía o a la noche, no sobraba nada. Yo jugaba al fútbol en el club El Albito, y después de los partidos nos daban un sánguche de mila a cada chico. Y si veía que algún compañero no lo quería, o que dejaba un pedazo, le pedía que me lo regalara, lo guardaba en la mochila y se lo daba a mis hermanitos. A mí el fútbol me salvó. Me dio alegría, esperanza. Hoy me toca jugar la final de la Copa y estoy contento, obvio, porque siempre quiero crecer y ser mejor. Pero también sé que la felicidad no pasa sólo por el fútbol. Pasa por hacer felices a tus viejos, poder darles una mano. Ojalá pueda dar otra vuelta con Lanús, pero para mí ser campeón es tener un plato de comida todos los días, sentarse a la mesa al mediodía y a la noche. Todo lo demás es relativo”, le cuenta el Negro a Olé, descalzo como en el potrero, a horas de la final de ida en Porto Alegre.

 

– ¿Caíste en el lugar que estás?

– Y, todavía no. Lo vivo como un sueño. Porque vengo de abajo, de una familia humilde y todo me costó el doble. Mi infancia fue muy linda, la disfruté, pero hoy miro hacia atrás y me doy cuenta de que quizá no fue la mejor ni la que uno hubiera deseado.

– ¿Cómo eran esos años?

– Difíciles, duros. Pero yo era feliz. Jugaba todos los días en el potrero del barrio desde las 10 de la mañana hasta el mediodía, y después retomaba a las 5, a la salida del colegio. Jugaba con pibes más chiquitos y más grandes. Se armaban campeonatos de barrio contra barrio, partidos por plata que eran muy picantes. Ganar esos partidos era lo más lindo que te podía pasar.

– ¿Qué cambió de aquel Gómez a éste?

– Cambié mucho, como jugador, como persona. Soy chico, tengo 24 años, pero ya sé lo que tengo que hacer y qué no para asegurar mi futuro. Escuchar a los más grandes me hizo bien para seguir progresando.

– ¿Qué fue de la vida de tus amigos?

– Siguen siendo mis amigos. Alguno anda metido en la droga, o en la joda, otros por suerte consiguieron trabajo. Siempre que vuelvo al barrio les llevo algo: ropa, zapatillas, comida. Yo sé lo que es pasar necesidades, que te falte la comida. Ahora tengo la posibilidad de ayudar a mi familia y a mis amigos, y puedo darme algunos lujos. Comprarme una remera que me guste, unas zapatillas. Y eso gracias al fútbol.

– ¿Qué hubieras sido si no jugabas?

– A mí siempre me gustó jugar a la pelota y mi familia me ayudaba a que puediera cumplir ese sueño. Si no era futbolista hubiera querido estudiar, aunque no sé si lo hubiese podido hacer. A veces veo a mis amigos y pienso qué hubiera sido de mí. Ellos me invitan a la casa, a comer con la familia, y yo trato de hablarles. Con ellos me juntaba en la esquina, pero jamás me ofrecieron nada raro. Sabían que yo no fumaba, no me drogaba. Entonces trataban de guiarme, me alejaban de todo eso.

– ¿Y cómo hiciste para no caer?

– La educación de mis papás fue clave. Ver el esfuerzo que hacían para llevar la casa adelante. Después cada uno sabe adónde se mete, lo que está bien y lo que está mal.

– Cuando fuiste a Quilmes quisiste volverte, pero aguantaste.

– Nunca había venido a Buenos Aires. Vine con mi viejo para quedarme en la pensión de Quilmes.Y cuando lo vi que cruzaba la puerta del club me puse a llorar como un nene en el jardín. Tenía mucho miedo. Por suerte en la pensión conocí a un compañero santiagueño y eso me ayudó a seguir. Igual me costó. La escuela era obligatoria y a veces no iba, pegaba el faltazo, me quedaba jugando con los pibes a la Play. Hasta que un día me di cuenta que yo mismo me estaba haciendo mal y me puse las pilas.

– ¿El fútbol te salvó?

– El fútbol me salvó a mí y a mi familia. Ahora firmé un buen contrato en Lanús y mis viejos ya no pasan necesidades. Hicieron mucho para que yo llegara hasta acá. Ojalá pueda regalarles la Libertadores.

– ¿Te tenés fe?

– Uno siempre se tiene fe. Trataremos de hacer un buen papel, traer un buen resultado no va a ser fácil pero sabemos que tenemos un gran equipo. Hay que dejar todo, es el sueño de una ciudad. Estamos trabajando a full para lograr un nuevo título.

– ¿Cuánto tiene que ver Almirón con tu presente?

– Mucho. Es un técnico que me enseñó un montón, a mí y a mis compañeros. Logró que salgamos a la cancha y hagamos exactamente lo mismo que en la semana. Los movimientos están automatizados, nos conocemos de memoria. Yo no quisiera enfrentarme a este Lanús.

– ¿Mirás a algún 4?

– De chico miraba mucho al Negro Ibarra, era chiquitito pero iba al frente como loco. Y de acá me gusta Pillud.

– ¿Cómo te imaginás a fin de mes?

– Festejando con mis viejos, mis hermanos, mis amigos. Ya los invité a la cancha. Porque quiero que estén conmigo como toda la vida.

Fuente: Diario Olé



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