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Segunda ola feroz: al filo del terrorífico ta-te-ti, muerte para mí o será para ti…

Actualidad 26 de abril de 2021 Primera Página Primera Página
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Con casi el 80% de las camas de terapia intensiva cubiertas en el AMBA, lo que nadie quiere que suceda puede llegar a pasar en cualquier momento. Europa, Estados Unidos, Brasil y, aunque con menos intensidad, también Chile, en distintas etapas de la pandemia mostraron al mundo la desesperación de médicos y personal de salud en general cuando les llega la hora de verse sometidos a la obligación de elegir a quién atender y a quién no, a falta de lugares y respiradores. Hoy ya tenemos casos de larguísimas horas de espera, sobre todo en sanatorios privados, gente apilada en guardias y pasillos, y angustiantes rondas de ambulancias de un centro asistencial al otro en busca de una cama.

Cuando los médicos hacen su Juramento Hipocrático, ni bien se reciben, entre otras cosas prometen jamás creerse dioses que determinan sobre la vida y la muerte de los demás: lo suyo es defender la vida, curar. Claro que las situaciones de catástrofe suelen relativizarlo todo, hasta los juramentos, y hoy los médicos deben predisponerse a protagonizar el espantoso ta-te-ti divino para definir quién va a ser librado a su suerte, sin la atención necesaria.

Hay un protocolo del Ministerio de Salud, elaborado para que la culpa de quien deba tomar semejante decisión no sea insoportable y se lo coma vivo. Y la responsabilidad última quedará en manos del Comité de Ética de la institución sanitaria que deba enfrentarse a tan desagradable situación. La prioridad la tendrán aquellos que, según el criterio profesional, “tengan más posibilidades de sobrevivir”. Hay un límite expreso en ese protocolo para cualquier tipo de discriminación que no sea, estrictamente, la señalada mayor chance de vida.

Eso sí se corresponde con el Juramento Hipocrático, que habla de “no permitir que consideraciones de edad, incapacidad, credo, origen étnico, sexo, nacionalidad, afiliación política, raza, orientación sexual, clase social o cualquier otro factor se interpongan entre mis deberes y mis pacientes”.

Hace ya 2.500 años que Hipócrates contribuyó como nadie antes a separar la medicina de las relativizaciones filosóficas y la irracionalidad de la magia, dándole a su vocación carácter de ciencia y dotándola de una ética. Una curiosidad: el mismo Hipócrates –que era nieto, hijo, padre, abuelo y suegro de médicos- fue quien catalogó la existencia de enfermedades epidémicas y el primero en describir las patologías respiratorias crónicas y graves, que son de lo que estamos hablando.

Los Estados que adhieren a la Convención de Ginebra cuentan al Juramento Hipocrático entre las obligaciones iniciales de los nuevos médicos que tendrán una matrícula otorgada por esos mismos estados para ejercer. Otra curiosidad: quienes conducen esos Estados no hacen más que negar la obligación que imponen a otros al privilegiar, en plena pandemia, sus intrascendentes intereses electorales por sobre la tarea urgente de prevenir y curar. En este punto, el desacuerdo como norma esencial de la conducta es una forma de discriminación política, ya que depende de cómo uno piense para ver a quién le hace caso, con todo el riesgo que implican la incredulidad, el desánimo, la locura generalizada y la anarquía en el manejo colectivo de cosas como estas, que dependen sobre todo del modo en que circulan o dejan de circular las personas.

Los médicos están al filo de asumir el desesperante papel de Dios. La dirigencia sigue borracha de discrepancias. La ebriedad es un estado que se caracteriza, entre otras cosas, por perder la vergüenza. Fuentes: lamovidaplatense.info y radio.perfil.com

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