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En moto de la Patagonia a Alaska: vivió un ritual chamán, casi lo matan los narcos y se enamoró

21-06-2022   Por: Primera Página

Hoy, Diego Saad cumple 44 años. Ayer, cuando habló con Infobae, no tenía idea cómo lo iba a festejar. No está en su casa de San Martín de los Andes ni en la de sus padres, Marta y Ricardo, en Buenos Aires. Está en Anchorage, la ciudad más poblada de Alaska, adonde llegó hace un par de semanas después de cinco años de viajar en moto desde la Patagonia hasta el extremo norte de América.

El cumpleaños siempre me agarra en lugares diferentes. A veces con gente, otras solo en una carpa en medio de la montaña. Me compraré un vino y un pedazo de carne. Pero la edad no dice nada, es un número. Yo me siento más joven que a los 30?, dice. La única compañía segura es su Kawasaki KLR 650. “Es un modelo viejo, pero los que entienden de motos saben que es la más guerrera”. Sobre ella hizo 80 mil kilómetros, muchos más que los 13.277 si se traza una línea entre la puerta de su casa, de donde partió en abril de 2017, hasta su ubicación actual. Son, casi exactamente, dos vueltas al mundo por la línea del Ecuador.

Saad no es un novato en cargar una mochila y salir a la ruta. Aunque, a veces, no hubiera caminos donde estaba. Nació en Posadas, Misiones. Se fue de chico junto a su familia (sus padres y una hermana que falleció) y se radicó, hace 20 años, en San Martín de los Andes. En el medio, vivió un año y medio en la Antártida. “Estuve, como miembro de Parques Nacionales, como observador científico en la Base Orcadas. Convocaron gente y me presenté como voluntario. Un poco lo comparo con este viaje. Son esas cosas que te cambian los conceptos y las prioridades: ahí si te sentías mal no te podían ir a buscar”, sostiene con razón.

Con frío o calor, la ruta y la moto fueron las dos razones que encontró Diego Saad para vivir estos cinco años (@por.la.carretera)

En San Martín trabajó como guía de montaña y en el Parque Nacional Lanín. También tuvo un bar y un restaurante. Y su hobbie es la fotografía. Todo ello -el temple que le dió la Antártida, su experiencia en la naturaleza y sus conocimientos culinarios- lo salvaron a su debido tiempo en la recorrida de sur a norte. Esta vez, su equipaje es escaso: algo de ropa, una parrilla, una carpa, una Gopro, una Sony Alfa 6300, un dron pequeño, “y ya, todo va en las maletas de la moto. Desde que me fui viajé con lo mismo. Solo reemplacé cosas que se me perdieron”.

El objetivo de este viaje -que, cuenta, “me daba vueltas en la cabeza desde que tengo uso de razón”-, fue “buscar tradiciones, rituales, ceremonias que la gente realiza en forma auténtica, no para la cámara. Cosas que la gente hace y tienen que ver con lo espiritual”. Con su cámara las fue registrando y algún día serán un documental. Por ahora, suelta algunas imágenes en su cuenta de Instagram @por.la.carretera y no mucho más. Diego no comulga con aquellos viajeros que hacen un negocio inmediato del viaje colgando videos en youtube. “No me agrada personalmente. Me parece un poco superficial, es mi opinión. A mi registro audiovisual lo quiero trabajar de otra manera y darlo a conocer una vez que esto culmine”.

La pregunta del millón, esa que todos le hacen -y acá no será la excepción- es de qué vive mientras viaja. “Antes de salir uno calcula en qué invertir los ahorros. Mucha gente los tiene y los usa para otra cosa, para comprarse un auto, o algo… En el viaje hago de todo, canjeo trabajo por alojamiento y comida. Hoy en las redes hay muchos grupos donde la gente se ofrece a alojar a quienes viajan en este plan. En algunos sitios es a cambio de nada, de onda, y en otros algún trabajo. Muchas veces me quedé en casas de familia: preguntaba si podía armar la carpa en un patio y enseguida te invitan a quedarte. Hay que usar todos los recursos”.

En el Salar de Uyuni, en Bolivia, uno de los paisajes más alucinantes del viaje (@por.la.carretera)

En cada pueblo donde elige quedarse, Diego está alrededor de dos semanas. Cuando salió de Neuquén cruzó a Chile. Allí, en la isla de Chiloé, vivió la celebración “más loca que vi. Ellos tienen una costumbre y tradición, que se originó en un hábito necesario para su vida: trasladar sus casas de un lugar a otro, tirándolas con bueyes por el camino. Ellos construyen sin cimientos porque por la actividad ganadera, sea la veranada o la invernada, o por mudarse nomás, tienen por costumbre llevarse la casa entera. La preparan, enganchan, ponen los bueyes y el vecino que se muda habla con la comunidad. Se juntan todos para ayudar, como una fiesta. Esa costumbre se llama Minga y es una actividad comunitaria. Ver la casa moverse por un camino es una imagen muy surreal. Me divertí mucho”.

De allí regresó a la Argentina, siempre bordeando la cordillera de los Andes. Volvió a Chile, pasó por San Pedro de Atacama, cruzó a Bolivia por el Salar de Uyuni y de ahí pasó a Perú y a Ecuador. En el pueblo de Otavalo, en ese país, tuvo otra experiencia rayana en lo fantástico: “Ahí viven muchos chamanes y tienen un ritual muy extraño. Tienen la creencia que los malos espíritus ingresan en el cuerpo de la gente, y hay que hacer, dicen, una ‘limpia’. Agarran licor, toman un trago y encienden una vela. Escupen sobre el fuego y lanzan una llamarada contra el poseído. ¡Parecen un dragón! Y para limpiarlo, la llama tiene que quemar un poco la piel”.

Uno de los sueños de Saad era “saltar el tapón de Darién”. Así se llama la región selvática que marca el límite entre Colombia y Panamá. Por alguna razón, los gobiernos de ambos países nunca hicieron una conexión terrestre allí. La única forma de atravesarlo es a pie (con los riesgos que conlleva) o en barco. “No quería hacer el cruce de la forma más común, que es meter el vehículo en un container, mandarlo por ferry e ir en avión. Así que llegué hasta el último pueblito de la costa de Colombia, Capurganá, subí la moto a un bote y llegué a Puerto Obaldía, en Panamá. Ahí tuve que bajar a buscar al tipo de la aduana para que me sellara la entrada y seguir en bote hasta Puerto Cartí, donde comienza otra vez la carretera”. De Panamá también se llevó el recuerdo del Canal. “Cruzarlo en moto es nada, hay un puente angosto. Pero es muy lindo ver cómo lo atraviesan los barcos, como suben y bajan las esclusas”.

De noche en el desierto en México, donde estuvo los dos años de la pandemia (@por.la.carretera)

Cuando llegó a México, el viaje de Diego se empantanó por la pandemia. Allí permaneció dos años. Y le pasó todo: lo bueno y lo malo. Tuvo que aplicar lo que aprendió antes de arrancar la moto. “Fue duro, al principio por la incertidumbre de no saber qué pasaba. Estaba fuera de mi país y sin moverme por algo que no dependía de mi. Me volvía loco eso. Te decían ‘el mes que viene abre la frontera’, pero no pasaba nada. Así estuve los primeros cuatro o cinco meses. También miraba el factor climático: a Alaska hay que llegar con buen clima, cerca del verano por lo menos. Tuve que decidir si volver o quedarme hasta el próximo verano. Me quedé, cambié el chip y pensé en la manera de sostenerme y dónde vivir”.

La solución fue pedir permiso en el hostal de Querétaro donde se alojó para construir un horno pizzero. “Lo fabriqué con un tacho de 200 litros de aceite y un tanque de gas. Me puse a hacer pizzas y las llevaba en la moto, como delivery. Funcionó bien y se empezaron a acercar los vecinos. Cuando me fui les enseñé a hacer pizzas y les dejé negocio a los mexicanos, como agradecimiento a la buena vecindad. Espero que las sigan haciendo…

La moto fue la única compañera permanente en los últimos cinco años. La excepción: una mexicana de la que se enamoró. Pero la ruta fue más fuerte (@por.la.carretera)

No todo fueron sonrisas. Una tarde, pensó que moriría. Como se quedó más tiempo de lo previsto, en los primeros meses se movió a lo largo de la frontera, buscando la manera de ingresar a los Estados Unidos en medio de la pandemia. En el estado de Sonora supo nacer de nuevo. “Todo el mundo conoce que México vive una situación complicada. Andaba por la carretera, en pleno desierto, donde no se podía estar y me abordaron tres camionetas con tipos armados con ametralladoras. Eran narcos que cuidaban su territorio. Empezaron que por qué estaba allí, que dónde está la droga, que dónde las armas… En esos días había problemas entre dos grupos. Cuando eso sucede, en los pueblos cercanos declaran una suerte de alerta roja y no sale nadie. Y yo no lo sabía”.

La situación no se fue de las manos porque el temple que adquirió ese año y medio en la soledad antártica lo ayudó. “Me mantuve muy sereno. Pensé que si era mi último día, ya no tenía por qué preocuparme. No les demostré miedo, porque si te mostrás temeroso, ellos van a pensar que escondés algo. Vieron mi placa argentina y hablamos. Se ve que les caí bien, porque bajaron las armas, se metieron en los coches y uno solo se quedó hablando conmigo. No entendían mi viaje, qué hacía un loco ahí sabiendo lo que pasaba. Al final hasta me palmeó la espalda y me pidió disculpas. Pero peor momento que ese no va a haber…

Diego y la ruta 66. Un clásico de los Estados Unidos que cualquier motoquero dirá que es ineludible (@por.la.carretera)

Después de eso, nada malo le sucedió. “No me accidenté, la moto anduvo bien. Apenas perdí un teléfono. Siempre hay pequeños incidentes con la policía, que es igual en todos los países: quieren sacarte algo. Eso lo aprendés de abajo para arriba. Después de todo, lo mejor que conocí fue la gente. Hoy se que tengo amigos por todos lados, que están pendientes de mi, que quieren volver a verme, que se hacen parte del viaje más allá que no estén al lado tuyo”, señala.

Y después de rozar la muerte llegó la vida. O lo mejor de la vida, que es el amor. “Sucedió aunque no era lo que me había propuesto. Yo no fui a trabajar ni a enamorarme, pero las dos cosas me ocurrieron en México durante la pandemia. Seguramente porque fue donde más tiempo me quedé. Pero uno sabe que son historias que empiezan y terminan. Y que cuanto más tiempo se tarda en dejarlas, se hace más difícil. Son aprendizajes y hubo que soltar. Pero queda el buen recuerdo”, explica.

La llegada a Alaska. La meca de Diego Saad, donde arribó luego de viajar cinco años (@por.la.carretera)

A lo largo de la charla, Diego repite que la pandemia lo hizo ver muchas cosas. “Yo viajé bastante, pero en este viaje, en los dos años varados, vi mi vulnerabilidad, y que la pude manejar. Eso me demostró dos cosas: que no hay un lugar mejor que tu casa y que tengo la fuerza y la capacidad de hacer cualquier cosa. Quiero volcar todo lo que aprendí en el lugar donde quiero estar. Se que ,mucha gente se va de Argentina. Pero yo quiero volver, descubrí que no me puedo desentender tan fácil de mi lugar. Nuestro país muchas veces te trata mal, a mí también en algún momento de mi vida, pero mi decisión es volver”.

Lo único que no tiene decidido es cómo pegar la vuelta: si por tramos, si en su moto o en barco. Y, quizás, hacer una parada en México para ver si alguien todavía lo espera: “de hecho, es una de las ideas también”.

En Alaska se termina el viaje de Diego Saad. Lo sabe. Recorrerá un poco más, hará fotos de los glaciares que le quedan por visitar y emprenderá el camino de norte a sur. El destino es claro: su casa en San Martín de los Andes. “La Patagonia es mi lugar. Y se que la vuelta no será en cinco años, sino en un par de meses. Esto dejó de ser un viaje para ser una etapa importante de mi vida. Y esa etapa se terminó. La expectativa es ver qué nuevos sueños y proyectos me esperan”.