Hay encuentros que no responden a la casualidad sino a una alineación particular del clima cultural. En una Buenos Aires empapada por la lluvia y la expectativa, Charly García y Rosalía terminaron frente a frente en ese espacio que parece diseñado para provocar lo inesperado: el Faena. Allí, sobre un sillón rojo que ya forma parte de la postal oficial, se dio una conversación tan relajada como simbólica, el cruce de dos trayectorias que jamás imaginaron tocarse con tanta naturalidad.
La artista catalana llegó a la ciudad en plena vorágine promocional de su disco Lux, moviéndose por la escena porteña como si buscara absorber cada gesto cultural que la rodeaba. No pasó inadvertida en Ferro, ni en su visita al Obelisco, ni en su caminata por la Bombonera, pero ninguna de esas estampas tuvo el peso emocional de su reunión con el músico que marcó generaciones en Argentina.
Del lado de García, la escena tuvo un aire de ceremonia íntima. Charly ofreció un vinilo de La hija de la lágrima, firmado con ese trazo suyo tan reconocible, casi como un gesto de adopción artística. Rosalía respondió a la altura del ritual: intervino la portada de Lux al mejor estilo del imaginario saynómore, escribió una dedicatoria afectuosa y acompañó el momento con un ramo de rosas que funcionó como guiño estético y agradecimiento.
Pero lo verdaderamente potente no estuvo en los objetos sino en la atmósfera. La conversación, según quienes estuvieron cerca, circuló entre sus obras, sus influencias y la pulsión creativa que ambos parecen sostener más allá del tiempo y de la industria. Rosalía ya venía escuchando a Charly con devoción, y él reconoció en ella una audacia que le resultó familiar. No fue una charla social: fue un reconocimiento mutuo.
Quedó, además, la promesa de un reencuentro más extenso cuando la catalana regrese para tocar en el país. Esa simple frase —“se van a juntar con más tiempo”— alcanza para alimentar la fantasía de un posible diálogo artístico futuro, aunque nada esté formalmente anunciado. Lo cierto es que la escena abrió una puerta que ninguno parece querer cerrar.
Mientras tanto, la cantante siguió absorbiendo la ciudad con una intensidad casi antropológica: milanesas con limón, empanadas confundidas con curry, noches de cumbia y entrevistas donde citó a Gardel como si llevara décadas leyendo su mito. En apenas un día y medio, transitó una Buenos Aires que la adoptó sin pedir permiso y que ella aceptó con una espontaneidad sorprendente.
El encuentro con Charly fue el broche de ese itinerario, pero también algo más: un punto de contacto entre dos sensibilidades que transitan épocas distintas sin perder la capacidad de conmoverse con la obra ajena. Un gesto artístico que, aunque breve, dejó la sensación de que algo recién empieza.