domingo 4 de enero de 2026 - Edición Nº5395

Información General | 3 Jan

¿Juego o captura?

Del juego a la jaula digital: el impacto silencioso de los NPC de TikTok en la infancia

La moda de imitar personajes no jugables en TikTok no es una tendencia inocente: expone cómo las plataformas digitales entrenan a niños y adolescentes para responder estímulos, repetir gestos y monetizar su propia presencia, en un entorno que debilita la memoria, el deseo y la construcción de sentido.


Videos con luces de neón, peluches, colores saturados y voces artificiales se multiplican en TikTok. Niñas, niños y adolescentes repiten frases como si fueran autómatas: movimientos rígidos, palabras calcadas, reacciones programadas. No improvisan, no narran, no crean una historia. Ejecutan.

Esta tendencia, conocida como NPC streaming, toma su lógica de los videojuegos: los non playable characters son figuras secundarias, sin autonomía ni recorrido propio, diseñadas para responder de manera mecánica a una acción del jugador. Hoy, esa estructura se trasladó al cuerpo humano.

En TikTok, cada regalo virtual activa una respuesta automática. Estímulo–reacción. Premio–conducta. El sistema es simple y efectivo: cuanto más repetible y previsible es el gesto, más atención genera; cuanto más atención, mayor visibilidad; y cuanto mayor visibilidad, más dinero circula.

En este esquema, el sujeto deja de producir sentido y pasa a administrar respuestas. No hay mediación simbólica, reflexión ni distancia. El cuerpo se convierte en interfaz.


Infancias formateadas por la inmediatez


Las nuevas generaciones crecen inmersas en plataformas que privilegian fragmentos breves, impacto visual y gratificación instantánea. La información ya no se busca: se desliza. El conocimiento deja de organizarse como proceso y se consume como estímulo.

Hoy, aprender implica captar la atención en segundos. Lo que exige tiempo, lectura o elaboración suele ser descartado. La memoria se debilita, la concentración se fragmenta y el pensamiento profundo se vuelve una rareza.

No es el cerebro infantil el que falla: es el entorno digital el que está diseñado para que nada permanezca.

El problema no es solo tecnológico, sino psíquico. Las plataformas moldean una forma de estar en el mundo:
reaccionar antes que elaborar, responder antes que desear, imitar antes que crear.

Por eso el enojo extremo cuando se retira una pantalla, la ansiedad ante la espera o la dificultad para sostener una actividad sin estímulos constantes. El tiempo subjetivo se aplana, la experiencia pierde profundidad y el deseo queda subordinado a la demanda del algoritmo.

Una dimensión especialmente alarmante es la estética que acompaña estas performances:

  • voces aniñadas, gestos dulces, modulaciones sensuales, incluso en edades tempranas.

Niñas y niños reproducen registros corporales impuestos por el mercado digital sin comprender su alcance. Se trata de un proceso ya identificado por especialistas como hipersexualización precoz y pedofilización del deseo, donde la infancia es convertida en objeto de consumo y luego abandonada a sus consecuencias.

Mientras el uso de redes sociales por menores crece de forma exponencial, la investigación sobre su impacto avanza a un ritmo mucho menor. Las transformaciones son más rápidas que los estudios que intentan comprenderlas.

Sin embargo, la evidencia cotidiana es contundente: cada vez más chicos se informan, se entretienen y se expresan dentro de un sistema que administra su atención, su tiempo y su conducta.

Frente a este escenario, emergen gestos de resistencia: jóvenes que abandonan las redes, familias que retrasan el acceso a plataformas, el regreso a teléfonos sin internet. No es nostalgia: es búsqueda de silencio, continuidad y presencia.

La pregunta ya no es si las plataformas influyen, sino ¿qué tipo de subjetividad están produciendo y a qué costo? Porque cuando el juego deja de ser juego y el cuerpo se vuelve programa, el riesgo no es tecnológico: es humano.

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