Videos con luces de neón, peluches, colores saturados y voces artificiales se multiplican en TikTok. Niñas, niños y adolescentes repiten frases como si fueran autómatas: movimientos rígidos, palabras calcadas, reacciones programadas. No improvisan, no narran, no crean una historia. Ejecutan.
Esta tendencia, conocida como NPC streaming, toma su lógica de los videojuegos: los non playable characters son figuras secundarias, sin autonomía ni recorrido propio, diseñadas para responder de manera mecánica a una acción del jugador. Hoy, esa estructura se trasladó al cuerpo humano.
En TikTok, cada regalo virtual activa una respuesta automática. Estímulo–reacción. Premio–conducta. El sistema es simple y efectivo: cuanto más repetible y previsible es el gesto, más atención genera; cuanto más atención, mayor visibilidad; y cuanto mayor visibilidad, más dinero circula.
En este esquema, el sujeto deja de producir sentido y pasa a administrar respuestas. No hay mediación simbólica, reflexión ni distancia. El cuerpo se convierte en interfaz.
Las nuevas generaciones crecen inmersas en plataformas que privilegian fragmentos breves, impacto visual y gratificación instantánea. La información ya no se busca: se desliza. El conocimiento deja de organizarse como proceso y se consume como estímulo.
Hoy, aprender implica captar la atención en segundos. Lo que exige tiempo, lectura o elaboración suele ser descartado. La memoria se debilita, la concentración se fragmenta y el pensamiento profundo se vuelve una rareza.
No es el cerebro infantil el que falla: es el entorno digital el que está diseñado para que nada permanezca.
El problema no es solo tecnológico, sino psíquico. Las plataformas moldean una forma de estar en el mundo:
reaccionar antes que elaborar, responder antes que desear, imitar antes que crear.
Por eso el enojo extremo cuando se retira una pantalla, la ansiedad ante la espera o la dificultad para sostener una actividad sin estímulos constantes. El tiempo subjetivo se aplana, la experiencia pierde profundidad y el deseo queda subordinado a la demanda del algoritmo.
Una dimensión especialmente alarmante es la estética que acompaña estas performances:
Niñas y niños reproducen registros corporales impuestos por el mercado digital sin comprender su alcance. Se trata de un proceso ya identificado por especialistas como hipersexualización precoz y pedofilización del deseo, donde la infancia es convertida en objeto de consumo y luego abandonada a sus consecuencias.
Mientras el uso de redes sociales por menores crece de forma exponencial, la investigación sobre su impacto avanza a un ritmo mucho menor. Las transformaciones son más rápidas que los estudios que intentan comprenderlas.
Sin embargo, la evidencia cotidiana es contundente: cada vez más chicos se informan, se entretienen y se expresan dentro de un sistema que administra su atención, su tiempo y su conducta.
Frente a este escenario, emergen gestos de resistencia: jóvenes que abandonan las redes, familias que retrasan el acceso a plataformas, el regreso a teléfonos sin internet. No es nostalgia: es búsqueda de silencio, continuidad y presencia.
La pregunta ya no es si las plataformas influyen, sino ¿qué tipo de subjetividad están produciendo y a qué costo? Porque cuando el juego deja de ser juego y el cuerpo se vuelve programa, el riesgo no es tecnológico: es humano.