miércoles 7 de enero de 2026 - Edición Nº5398

Información General | 5 Jan

DÍA DE REYES

El misterio de los Reyes Magos: la búsqueda que sigue iluminando generaciones

La Epifanía no es solo una escena bíblica: es un relato que atravesó siglos, culturas y continentes. Desde antiguos sabios de Oriente hasta niños que hoy dejan sus zapatos junto a la puerta, la historia de los Reyes Magos sigue funcionando como un lenguaje común que habla de búsqueda, esperanza y transformación.


Cada 6 de enero, el mundo hispano despierta bajo una tradición que combina fe, memoria y celebración popular. La Epifanía, palabra que en la Iglesia Católica significa “manifestación”, recuerda el momento en que Jesús se revela al mundo no judío a través de la visita de los llamados Reyes Magos. Pero el relato es mucho más complejo y profundo que la versión infantil que llega cada año envuelta en regalos.

El Evangelio de Mateo no habla de reyes ni menciona nombres. Se refiere simplemente a “magos que venían de Oriente”, hombres sabios que supieron leer una señal en el cielo y ponerse en camino. No eran hechiceros ni ilusionistas: el término griego mágoi alude a sacerdotes y astrólogos de Persia y Babilonia, intérpretes de sueños y observadores de los astros. Buscadores de sentido, más que hacedores de prodigios.

Con el paso de los siglos, la tradición fijó su número en tres, asociándolo a los dones mencionados por Mateo: oro, incienso y mirra. A partir de manuscritos medievales surgieron los nombres que hoy resultan universales:

  • Melchor, “rey de la luz”.

  • Gaspar, “el que porta un tesoro”.

  • Baltasar, “Dios protege al rey”.

Nada de esto figura en los textos bíblicos originales. Sin embargo, la construcción simbólica fue tan poderosa que terminó modelando el imaginario colectivo cristiano.

Mientras Herodes y los doctores de la Ley, conocedores de las profecías, no se mueven, los magos —extranjeros, paganos— viajan miles de kilómetros guiados por una estrella. Esa paradoja atraviesa todo el relato: la fe no siempre nace del saber, sino de la búsqueda.

La estrella, interpretada a lo largo de la historia como fenómeno astronómico o signo sobrenatural, funciona teológicamente como símbolo de guía. Solo la ven quienes saben mirar. La Epifanía no es únicamente una manifestación divina: es también una prueba de atención, de sensibilidad, de apertura.


Los dones: una confesión silenciosa


Cada regalo encierra un significado profundo:

  • El oro, reconocimiento de su realeza.

  • El incienso, signo de su divinidad.

  • La mirra, anuncio de su humanidad y sufrimiento.

Tres presentes que condensan una declaración de fe completa. Un niño rey, un niño Dios, un niño destinado a morir.

La transformación de estos sabios en reyes coronados responde a una lógica cultural y política de la Edad Media. Mostrar a monarcas postrados ante un niño pobre era una forma contundente de afirmar que ningún poder terrenal está por encima de lo divino. Así, la tradición los convirtió en representantes de las edades del hombre y de los pueblos del mundo, reforzando la idea de una revelación universal.

Con el correr de los siglos, la Epifanía se volvió también celebración popular.

  • En España, la Cabalgata de Reyes transforma las ciudades en escenarios de fantasía.

  • En México, la Rosca de Reyes mezcla fe y compromiso comunitario.

  • En Puerto Rico, los niños juntan hierba para los camellos.

  • En Argentina, la espera íntima del amanecer del 6 de enero conserva un encanto antiguo, previo al protagonismo de Papá Noel, aunque el feriado haya desaparecido del calendario oficial.

En todos los casos, la fiesta mantiene una característica central: pone a los niños en el centro, preservando una dimensión simbólica que resiste al desgaste del tiempo y del mercado.


Tres manifestaciones, un mismo sentido


Para la liturgia católica, la Epifanía no se reduce a los magos. Recuerda también:

  • El bautismo de Jesús en el Jordán,

  • El milagro de las bodas de Caná,
    como distintas formas en que Dios se hace visible en la historia humana.

El relato culmina con una frase breve y decisiva: los magos “regresaron por otro camino”. No es un detalle geográfico, sino espiritual. Quien se encuentra con lo sagrado no vuelve igual. Cambia el trayecto porque cambia el viajero. Incluso la tradición sostiene que los restos de los magos siguieron peregrinando siglos después, hasta descansar en la catedral de Colonia, como si el viaje no se agotara nunca.

En un mundo fragmentado y acelerado, la historia de la Epifanía persiste como símbolo de apertura y esperanza. Recuerda que la verdad puede aparecer donde menos se espera, que la luz no necesita estruendo, y que buscar —aun sin certezas— sigue siendo un acto profundamente humano.

Todos, de algún modo, seguimos mirando el cielo en busca de una estrella.

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