Buenos Aires fue el escenario final —y decisivo— de una vida que cambió para siempre el rumbo espiritual de lo que luego sería la Argentina. María Antonia de Paz y Figueroa, conocida como Mama Antula, llegó a la ciudad en la segunda mitad del siglo XVIII, cuando ya era considerada anciana para los parámetros de la época. Llegó sola, sin respaldo político ni eclesiástico, y en un contexto adverso: la Compañía de Jesús había sido expulsada del Imperio español y sus prácticas estaban prohibidas.
Mama Antula fue mujer, provinciana y profundamente creyente en un tiempo donde esas tres condiciones limitaban cualquier posibilidad de incidencia pública. Sin embargo, sostuvo y difundió los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola cuando hacerlo implicaba enfrentarse tanto a autoridades civiles como religiosas.
Caminó miles de kilómetros a pie por el territorio del entonces Virreinato del Río de la Plata, organizando retiros, predicando y convocando personas de todos los sectores sociales. Lo hizo sin cargos, sin títulos y sin permiso formal. Su autoridad fue moral y espiritual.
Durante su propia vida, su figura fue tan influyente que en Europa se escribió una biografía suya en francés, algo excepcional para una mujer nacida en América colonial. Aun así, con el paso del tiempo, su nombre fue desplazado a los márgenes de la historia oficial.
Ya instalada en Buenos Aires, fundó la Casa de Ejercicios Espirituales, ubicada en Avenida Independencia y Salta, un edificio que aún hoy se conserva. Por ese lugar pasaron miles de personas, entre ellas integrantes de la elite criolla que, pocos años después, protagonizarían los debates y decisiones que darían origen a la Argentina como nación.
No se trató de formación política directa, sino de algo más profundo:
educar la conciencia, fortalecer la responsabilidad personal y el discernimiento interior. Antes de proclamas públicas, hubo silencio, introspección y convicción. De ese proceso surgieron muchos de los hombres que luego marcarían la historia nacional.
Nació en Santiago del Estero en 1730
Vivió en Buenos Aires sus últimos 20 años
Murió el 7 de marzo de 1799
Fue canonizada por el Papa Francisco el 11 de febrero de 2024
Sus restos descansan en la Basílica de La Piedad (Mitre y Paraná, CABA)
La Argentina atraviesa una crisis que excede lo económico y lo institucional. Hay un debate creciente sobre el sentido, la identidad y el horizonte colectivo. En ese contexto, la figura de Mama Antula, la primera santa argentina, reaparece como una referencia inesperadamente actual.
Su legado plantea una idea incómoda pero potente: no hay transformación duradera sin una transformación interior previa.
No hay proyecto colectivo sin sujetos en paz consigo mismos.
Rescatar su historia no es un acto religioso ni nostálgico. Es una necesidad cultural. En tiempos de fragmentación social, su capacidad de generar encuentros; en tiempos de resignación, su audacia; en tiempos de ruido, su silencio fecundo.
Algunas figuras no desaparecen: esperan. Y Mama Antula sigue allí, esperando que la Argentina vuelva a animarse a pensar en grande.