Estimados compañerxs:
Quiero aprovechar el contexto partidario que involucra a nuestra fuerza para compartir ciertas inquietudes que no puedo soslayar. Aún cuando puedan resultar incómodas para cierta dirigencia, siento el deber de expresarme para no eludir la responsabilidad pública e histórica que nos atañe como referentes de nuestra fuerza.
Actualmente nos enfrentamos a una gran crisis de representación política en la Argentina de la que, creemos, solo se sale con mayor compromiso, democracia y participación política, con más discusión y debate hacia el interior de nuestra fuerza política. Quienes se apartan de estos principios tienden a cerrarse, a burocratizarse, y –a la larga– se alejan de las bases que, al fin y al cabo, son a quienes toda dirigencia tiene la misión de representar.
Siempre es importante generar debates programáticos y, cuando no existe un consenso generalizado, las elecciones internas son una vital herramienta para que los afilados definan cuál es la idea que mejor se acerca a sus intereses o puntos de vista.
Muchos observamos un distanciamiento de nuestro espacio político con la sociedad en general, y con los jóvenes en particular, y ello se debe –a mi juicio– a la exasperante repetición de argumentos y discursos vetustos, los que a su vez se suman a una virtual ausencia del debate ideológico y de propuestas programáticas sobre el rumbo que se debe adoptar.
Las bases comprenden claramente las acciones políticas que se deben emprender en este contexto sumamente negativo, pero la dirigencia en general parece sumida en una lucha fratricida que sólo procura obtener posiciones de poder, sin distinguir entre contradicciones principales y secundarias.
En tal contexto, cuando los debates internos no existen, cuando los canales o instancias de opinión no se abren hacia adentro, no solo los objetivos e ideas se confunden, sino que todo se transforma en una pelea por los cargos que terminan definiéndose por acuerdos de cúpulas, mientras las propuestas programáticas, las ideas, la lucha y el compromiso quedan relegados o desaparecen como eje central de la acción política.
Si primero son los cargos, después las ideas y finalmente las necesidades de la sociedad, entonces prevalece quien tiene mayor poder de negociación y, así, la política se convierte en un lugar de intercambios que se parece cada vez más a un gran mercado de compra y venta de voluntades. Un tipo de cartelización que se opone a los valores esenciales de nuestro movimiento.
El General Perón señaló con claridad que su único heredero es el pueblo, y es por ello que nadie puede arrogarse la conducción partidaria sin la participación real de la militancia, por lo que los cargos debieran ser una consecuencia del compromiso y de la lucha, nunca de la especulación y de los acuerdos espurios. Se ha confundido la verticalidad con autoritarismo, la lealtad con obediencia, y la crítica con traición.
En el peronismo actual no hay lugar para el pensamiento crítico, se necesitan “cuadros” sumisos, obedientes, que levanten la mano sin preguntar ni cuestionar, dirigentes de bajo vuelo, fáciles de doblegar, quienes terminan ocupando los lugares en los que debieran estar los luchadores, las víctimas de la derecha gobernante y el pueblo agredido por el ajuste. Esa es mi convicción sincera.
Entonces, si seguimos verdaderamente las ideas del General, si admitimos definitivamente que es el pueblo el único heredero de Perón, debemos apegarnos a la democracia interna, que es la que ordena toda conducción hacia adentro y hacia afuera. Nunca lo hará una dirigencia autoproclamada imponiéndose frente a los demás, vacía de propuestas y con mera remisión a simples y gastados eslóganes de campaña. Por eso, aunque la actual situación del PJ derive en una lista única, debe someterse necesariamente al voto de los afiliados, para brindarle legitimidad de origen, y alcanzar el verdadero concepto de unidad.
Por otra parte, ya sabemos que cuando viene el “dedazo” los candidatos surgidos de la galera, sin representación real, son el preludio de la derrota, porque no ostentan legitimación suficiente; su capacidad de representación es irrisoria, carecen de ideas, de discurso y duran lo que duran sus padrinos en ungirlos. Pero tenemos un enorme plantel de pseudo dirigentes que ajustan sus discursos para congraciarse con la cúpula del poder, con la intención de alcanzar la bendición de sus “líderes”. Y, créanme, que esta metodología del vasallaje y la obsecuencia ha funcionado a la perfección en nuestra fuerza.
Porque sabemos, además, que lo que no se obtiene con la legitimidad democrática, se sostiene con disciplinamiento y autoritarismo. Y cuando los partidos se organizan de espaldas al pueblo, se transforman en espacios corporativos que, en lugar de defender el interés común, pasan a defender los propios.
En este punto quiero evocar a Néstor Kirchner cuando convocaba a la “reconstrucción del espacio” y criticaba la “mecánica casi empresaria de la política” (Encuentro con la militancia, 11 de marzo de 2004). Volver a valorar la política es dejar de lado la disputa personal por los cargos y el poder, porque tenemos la responsabilidad histórica de luchar por los derechos, las necesidades y los anhelos de la gente.
De allí que sea sumamente necesario discutir un proyecto político popular y retomar el debate sobre cómo debemos representar y asumir el poder. Pero todo ello merece una profunda autocrítica tendiente a identificar los errores cometidos en los últimos tiempos y construir una nueva propuesta. La autocrítica debe formar parte de nuestro discurso frente a la sociedad. Se han cometido errores y se han perpetrado hechos deleznables, usando nuestro espacio como herramienta de inconfesables propósitos, bajo la mirada complaciente de muchos compañeros y compañeras.
Como fuerza política, lejos de proteger a quienes se encuentran involucrados en tales acciones, debemos reaccionar a tiempo y con contundencia. De otro modo, seremos cómplices de un sistema de corrupción política que provoca enormes daños al movimiento y al país.
Hablemos de nuestros errores y de la corrupción sin temor alguno, porque si no actuamos con sinceridad y autenticidad, no seremos creíbles frente a la sociedad.
Debemos luchar por la transformación verdadera de nuestra estructura partidaria, exponiendo ideas, objetivos, discutiendo abiertamente nuestra forma de hacer política para lograr una auténtica representación y, desde allí, transformar el país.
Finalmente, para no quedar en la mera crítica, a modo de aporte quiero compartir con ustedes algunos puntos que hemos venido consensuando entre compañeros y compañeras de nuestro movimiento, y que sustentan algunas ideas de esta carta, para enriquecer muchos de los conceptos aquí vertidos.
Abrazo a todxs los compañeros y compañeras
Luis Federico Arias, 4 de febrero de 2026