El fallecimiento de Sandra Mendoza, a los 60 años, no es solo la pérdida de una dirigente histórica del Partido Justicialista (PJ); es el epílogo de una de las etapas más volcánicas de la política del Nordeste Argentino.
Confirmada su muerte en plena sesión del Senado por Juliana Di Tullio, el deceso de Mendoza en una clínica porteña —producto de una falla multiorgánica agravada por una diabetes crónica y una lesión medular— reactiva la memoria de una gestión pública que se movió siempre en el límite entre la gestión social y el escándalo mediático.
Nacida en el seno de una familia de alcurnia judicial en Presidencia Roque Sáenz Peña, Sandra Mendoza no fue una "esposa de". Fue una pieza central en el armado de Jorge "Coqui" Capitanich, a quien conoció en la militancia universitaria y con quien cogobernó Chaco en una simbiosis política que terminó en una implosión pública sin precedentes en 2009.
La relación entre Mendoza y Capitanich fue, durante años, el motor del peronismo chaqueño. Sin embargo, cuando Coqui asumió la gobernación en 2007 y nombró a su entonces esposa como ministra de Salud, la estructura institucional comenzó a crujir.
Mendoza no ejercía el cargo con la parsimonia técnica de un funcionario, sino con una centralidad política asfixiante que pronto derivó en conflictos internos y exposición nacional.
Los escándalos bajo su gestión ministerial son recordados por su virulencia. Mientras Chaco enfrentaba crisis sanitarias profundas, la figura de Mendoza ganaba titulares por sus enfrentamientos con la prensa y sus métodos heterodoxos de conducción.

Fue este perfil el que dinamitó la relación con Capitanich, llevando al gobernador a una decisión inédita en la política argentina: despedir a su propia esposa del gabinete y anunciar su separación personal casi simultáneamente.
Aquel 2009 marcó un antes y un después. Mendoza no aceptó el ostracismo. Resistió el desalojo de la residencia oficial en escenas que rozaron el patetismo político, convirtiéndose en una figura de culto para algunos y en el ejemplo del desborde para otros.
Su posterior llegada a la Cámara de Diputados de la Nación (2009-2017) no calmó las aguas; sus intervenciones, cargadas de ironía ácida y confrontación, la mantuvieron en el ojo de la tormenta mediática nacional.
Pese a los episodios que la prensa porteña consumía como show político, Mendoza impulsó agendas legislativas de peso. Fue una de las voces tempranas en la introducción del femicidio en el Código Penal y una defensora férrea de la Ley de Delitos Informáticos, buscando herramientas legales contra la pedofilia.
Su salud, debilitada por una diabetes de larga data, comenzó a pasarle factura en los últimos años. Según fuentes cercanas, su cuadro final se complicó por una desatención en la aplicación de insulina, lo que sumado a una lesión vertebral, resultó fatal.
El reconocimiento de figuras como Cristina Fernández de Kirchner, quien la llamó "guerrera de la vida", y del actual gobernador radical Leandro Zdero, demuestra que, para bien o para mal, Sandra Mendoza fue una figura imposible de ignorar.
Con su partida, Chaco despide a una mujer que habitó el poder con una intensidad que terminó por consumirla, dejando tras de sí el recuerdo de una época donde la política y la vida privada se fundieron en un espectáculo de luces y sombras.