Mientras el gobernador bonaerense Axel Kicillof habla de temas nacionales cuando va a un pueblo del interior a inaugurar una canilla o media cuadra de pavimento, se pelea dialécticamente con Milei, o se saca fotos "arregladas" con nenes en la calle para subir a sus redes (auspiciando su propia campaña presidencial anticipada y existencial, para él y toda la estudiantina ministerial que lo acompaña), la provincia que debería conducir se hunde en un ostracismo infinito de gestión que pone a PBA al borde de una anarquía política e institucional que nadie parece ver.

Los encargados de mostrar la realidad somos los medios de comunicación, especialmente los bonaerenses, pero las millonarias pautas publicitarias que salen de calle 6 y 51, ocultan la verdad detrás de las suculentas OP del Ministerio de Comunicación. Varios portales de noticias que son sometidos a rigurosos controles de fidelidad ciega y antiperiodística, monetizando la "motivadora" práctica del "periodismo militante", un concepto diametralmente opouesto a la imparcialidad que nuestra profesión exige.

La gobernación vallada y amurallada por fuerzas de seguridad como los castillos de reyes tiranos en la edad media, exhibe una realidad difícil de explicar para alguien que se ofrece como solución institucional al desastre que está haciendo el gobierno nacional. La policía bonaerense, la mayor fuerza de seguridad armada del país, con casi 50 mil efectivos, es una caldera a punto de explotar por los bajísimos sueldos que perciben y las condiciones infrahumanas en que deben trabajar.
A esto se suman cuestiones no menores que empeoran las cosas, como la alarmante corrupción de los altos mandos, absolutamente cebados y sin control, dominando el amplio escenario de los delitos más rentables.
Control comisionado de la venta de estupefacientes en cada rincón del extenso territorio bonaerense, abigeato, juego clandestino, presos que salen a delinquir y ladrones sueltos que roban para ellos. Secuestros express, armado de causas judiciales para extorsionar y muchas otras prácticas que transforman en millonarios a los jefes (no todos, pero la enorme mayoría si), mientras los uniformados de abajo se matan trabajando 14 horas diarias (en la mayoría de los casos es literal este número), para apenas sobrevivir.

Entonces, un posible autoacuartelamiento de la policía bonaerense a las puertas de un fin de semana extra largo, con la pagana y siempre peligrosa festividad de los carnavales como escenario de fondo y un clásico Gimnasia-Estudiantes el domingo en el bosque de La Plata, deberían generar preocupación y debate interno, dentro de un gobierno provincial sin referentes intelectuales ni de gestión, con menos militancia que los therians y con los bolsos en el baúl para pisar la ruta antes de la hora del mate de este viernes fresco y heremoso para viajar.

A media mañana de hoy, el ministro de Seguridad Javier Alonso de Berni, un lacayo de tercera línea que nunca logró ser respetado ni mucho menos valorado por sus empleados en el marco de una estructura preparada para funcionar en el verticalismo extremo, está reunido con los líderes de la protesta para tratar de encontrar una solución paga al conflicto y evitar que escale la tensión como en Santa Fe. Si lo peor ocurriera, el caos sería infinitamente mayor por las dimensiones inabarcables de PBA.
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