La carne vacuna, símbolo indiscutido de la mesa argentina, atraviesa una crisis estructural que combina la caída del poder adquisitivo con una fuerte recomposición de precios. Según datos del sector, el consumo per cápita perforó el piso de las últimas dos décadas, ubicándose en niveles que no se veían desde principios de siglo.
Para el Gobierno nacional, el dato es una señal de alerta roja. Mientras la administración de Javier Milei intenta consolidar la baja de la inflación como su principal bandera política, el rubro alimentos —y la carne en particular— comenzó a mostrar fuertes presiones en febrero que podrían recalentar el índice del mes.

El debate también se trasladó a las redes sociales, donde analistas como Raúl Timerman graficaron la pérdida de poder de compra: mientras que en la gestión anterior (pese a sus falencias) un billete de máxima denominación alcanzaba para un kilo de carne, hoy ese mismo producto requiere de una inversión nominal mucho mayor, cuestionando el relato de la "inflación terminada".
Por su parte, el especialista Mauro Infantino aportó datos técnicos preocupantes: el valor real del kilo de asado se encuentra en sus máximos desde, al menos, el año 2016. Esta situación ha provocado un cambio forzado de hábitos en los consumidores, quienes migran masivamente hacia el pollo o el cerdo para estirar el presupuesto familiar
Consumo en picada: La caída del 13% interanual en ventas refleja una restricción económica concreta.
Exportación vs. Mercado Interno: Mientras las ventas al exterior mantienen su dinamismo por precios internacionales atractivos, el mercado doméstico queda desabastecido de precios accesibles.
Presión inflacionaria: Los aumentos de febrero responden a factores estacionales y a una recomposición de valores tras meses de relativa estabilidad.
En ciudades como La Plata, Berisso y Ensenada, el impacto se siente de forma directa en las carnicerías de barrio. Con un sector comercial que atraviesa meses de facturación ajustada y un empleo formal que no termina de recuperar terreno frente a la inflación, el "asadito del domingo" ha dejado de ser una costumbre semanal para convertirse en un lujo ocasional.
Para el equipo económico, evitar que la carne erosione la dinámica de desaceleración de precios es el desafío más urgente. En la Argentina, cuando el precio del asado sube, la tensión social suele acompañar ese movimiento.