Cuando se habla de cuidado cardiovascular, la agenda suele concentrarse en hipertensión, colesterol y glucemia. Sin embargo, en la práctica clínica aparece un factor que todavía pasa desapercibido para muchos pacientes: la salud bucal. Lejos de ser un detalle menor, hoy se reconoce como una pieza clave de la prevención.
La boca aloja una microbiota compleja. Cuando ese equilibrio se altera por una higiene deficiente, las bacterias encuentran el escenario ideal para provocar inflamación e infecciones. El problema es que ese proceso no queda confinado a la cavidad oral: puede escalar y comprometer otros sistemas del organismo, incluido el cardiovascular.
En consultorio, la sorpresa es frecuente cuando el profesional pregunta por hábitos de cepillado, uso de hilo dental o controles odontológicos. La reacción se repite: pocos asocian encías con corazón. Pero la evidencia clínica y la observación cotidiana muestran una conexión cada vez más clara.
Uno de los primeros signos de alarma es la inflamación de las encías. Al inicio puede pasar inadvertida: enrojecimiento leve, sensibilidad, hasta que aparece el sangrado al cepillarse. Muchos lo atribuyen al cepillo o a un movimiento brusco. El punto clave es otro: la encía sana no sangra.
Ese sangrado, incluso mínimo, indica una herida abierta. Es una puerta de entrada para bacterias que pueden migrar al torrente sanguíneo. Si la inflamación persiste, la gingivitis puede evolucionar a periodontitis, una infección crónica que daña el hueso y los tejidos que sostienen los dientes.
El impacto no termina en la boca. Las bacterias y toxinas liberadas en estos procesos pueden circular por el organismo y alcanzar órganos vitales, entre ellos el corazón.
Las infecciones bucales mal controladas pueden desencadenar endocarditis, una inflamación de las válvulas cardíacas potencialmente grave. Además, la inflamación crónica favorece la formación de placas de ateroma en las arterias, lo que incrementa el riesgo de infarto agudo de miocardio y accidente cerebrovascular.
En otras palabras, lo que ocurre en la boca no se queda en la boca. La salud oral forma parte del mapa de riesgos cardiovasculares y debe abordarse con la misma seriedad que otros factores clásicos.
El sangrado de encías no es normal y siempre debe consultarse.
La gingivitis y la periodontitis son infecciones con impacto sistémico.
Las bacterias bucales pueden llegar al torrente sanguíneo.
La higiene bucal es un factor prevenible y controlable.
La prevención cardiovascular también empieza en la boca.
La buena noticia es que la prevención no exige cambios drásticos ni productos sofisticados. Incorporar cepillado dos veces al día, uso de hilo dental y controles odontológicos regulares puede reducir la inflamación, prevenir infecciones y proteger la salud general.
Observar las encías, detectar inflamación o sangrado y actuar a tiempo es una forma concreta de autocuidado diario. En un contexto donde las enfermedades cardiovasculares siguen liderando las causas de morbimortalidad, estos pequeños hábitos suman y construyen una mejor calidad de vida.