La Provincia ha ofrecido un 3% de aumento a los trabajadores estatales. Sabemos del
contexto. Sabemos de las restricciones. Sabemos que gobernar en la Argentina de hoy no
es sencillo. Y también sabemos que el gobernador Axel Kicillof enfrenta una coyuntura
económica compleja, con recortes nacionales y una presión constante sobre las finanzas
provinciales.
Pero hay algo que también debe saberse: el esfuerzo no puede recaer siempre sobre los
mismos. Los trabajadores del Estado provincial no son una variable de ajuste. Son quienes sostienen la salud pública, la educación, la infraestructura, la seguridad, la administración cotidiana que mantiene en pie a la Provincia de Buenos Aires. Son, en definitiva, la capacidad real del Estado.
Apoyamos al gobernador. Lo hemos hecho y lo seguiremos haciendo. Porque entendemos
que frente al ajuste brutal que impulsa la Nación, la Provincia necesita respaldo político y
social. Pero apoyar no significa callar. Acompañar no significa resignar.
Un 3% de aumento, en un contexto inflacionario persistente, exige un gesto equivalente
desde la política. Si se pide responsabilidad, debe haber ejemplaridad. Si se habla de
esfuerzo, el esfuerzo debe ser compartido.
La dirigencia política —en todos sus niveles— también debe dar señales claras: austeridad
en los cargos, revisión de estructuras innecesarias, racionalización del gasto político. No
como consigna moral, sino como mensaje concreto a quienes sostienen el funcionamiento
del Estado con su trabajo diario.
No se trata de confrontar. Se trata de equilibrar. La legitimidad del proyecto provincial no se construye solo resistiendo el ajuste externo, sino fortaleciendo la justicia interna. Y la justicia empieza por reconocer que los trabajadores no pueden seguir siendo el eslabón más débil de cada negociación.
Acompañamos al gobierno provincial. Pero exigimos que el esfuerzo sea verdaderamente
colectivo. Porque cuando el ajuste se concentra en uno solo de los sectores, deja de ser
esfuerzo y pasa a ser sacrificio. Y el sacrificio permanente erosiona la mística que sostiene cualquier proyecto político.