La historia del petróleo suele escribirse lejos de los surtidores, pero siempre termina impactando en ellos. Cada crisis geopolítica que sacude a Oriente Medio reordena el tablero energético global y, como una onda expansiva, repercute en los precios que pagan millones de conductores en todo el mundo. Esta vez no es la excepción.
La reciente escalada militar en la región volvió a sacudir al mercado petrolero internacional. El barril de Brent, referencia clave para el comercio global de crudo, superó los US$92, mientras que el petróleo estadounidense West Texas Intermediate (WTI) alcanzó los US$90,48, con un incremento superior al 11% en una sola jornada. La reacción de los mercados fue inmediata: cuando el riesgo geopolítico amenaza la producción o el transporte de energía, el precio del petróleo se dispara casi de forma automática.
El foco de la preocupación se encuentra en un punto estratégico del mapa: el estrecho de Ormuz. Por esta angosta vía marítima circula aproximadamente el 20% del petróleo que se comercializa en el mundo. Se trata de uno de los corredores energéticos más sensibles del planeta. Cualquier interrupción, bloqueo o reducción del tránsito de petroleros puede generar un shock inmediato en la oferta global de crudo.
Desde el inicio de la crisis, infraestructuras energéticas en la región fueron atacadas y el tráfico marítimo comenzó a resentirse. En el lenguaje de los mercados, la incertidumbre es combustible para el aumento de precios. Cada día que el estrecho de Ormuz permanece bajo tensión incrementa la presión sobre las cotizaciones internacionales.
En paralelo, las declaraciones políticas también contribuyen a escalar el conflicto. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, sostuvo que la guerra solo terminará con la “rendición incondicional” de Irán, una afirmación que amplificó la preocupación en los mercados financieros y energéticos.
Pero mientras el tablero geopolítico se mueve a miles de kilómetros, las consecuencias potenciales se proyectan también en Argentina. En el país, especialistas del sector energético estiman que por cada dólar que sube el barril de crudo, el precio de los combustibles podría ajustarse entre 1% y 1,3%. Sin embargo, el traslado a los surtidores no suele ser inmediato, ya que intervienen múltiples variables económicas y regulatorias.
Actualmente, el Brent se ubica más de US$20 por encima del valor que reflejan los surtidores argentinos. Si esa brecha se mantuviera durante varios meses, el impacto acumulado podría traducirse en aumentos cercanos al 15% en el precio final de naftas y gasoil.
En términos concretos, ese escenario implicaría incrementos de entre $200 y $300 por litro, dependiendo de la evolución del mercado internacional y de la política de precios local.
El precio del combustible en Argentina, sin embargo, no depende únicamente del valor del crudo. En la estructura final intervienen varios componentes: el costo del petróleo, el margen de refinación, los impuestos, y el porcentaje de biocombustibles que deben mezclarse por normativa. En promedio, la materia prima representa alrededor del 40% del precio final que paga el consumidor.
Dentro de ese esquema, una empresa tiene un peso determinante en la dinámica del mercado: YPF. La petrolera concentra cerca del 55% del mercado minorista de combustibles y suele marcar el ritmo de los ajustes que luego replican el resto de las compañías del sector.
Así, lo que ocurre en una franja marítima del Golfo Pérsico puede terminar redefiniendo el precio que aparece en el cartel de una estación de servicio en cualquier ciudad argentina. En el mundo del petróleo, la geopolítica y la economía nunca viajan por carriles separados: circulan, literalmente, por el mismo oleoducto.