El refrán nunca fue tan preciso: de tal palo, tal astilla. La genética del prejuicio parece ser el principal activo de la familia Páez.
Mariano Páez, el empresario que ayer posaba compungido junto a la senadora Bullrich, fue captado por las cámaras de Info del Estero en el bar "Oculto" realizando las mismas mímicas racistas por las que su hija Agostina fue imputada en Río de Janeiro.
La escena es un compendio de impunidad: vestido con la misma ropa que usó para recibir a su hija, el "empresario" se jactó de su poder económico para "comprar" la libertad de Agostina, mientras lanzaba frases que deberían activar de oficio a cualquier fiscalía:
Filmado en un bar santiagueño haciendo gestos de mono, autodefiniéndose como "usurero y narco privado" y alardeando de haber pagado 18.000 dólares de fianza con "asco al Estado",
Páez no solo dejó en ridículo la defensa legal de Agostina, sino que dejó a Bullrich abrazada a un proyecto político que huele a lo peor de la casta empresarial y degradación moral.
Mariano Páez intentó negar lo innegable asegurando que el video fue hecho con "Inteligencia Artificial".
Una excusa tan pobre que su propia hija, en un intento desesperado por salvar su causa judicial en Brasil, tuvo que salir a repudiarlo públicamente por redes sociales, admitiendo que lo que se ve es real y "lamentable".

El alarde de haber pagado US$ 18.000 de fianza de su propio bolsillo para rescatar a su hija no es un gesto de amor paternal, sino una exhibición de billetera frente a la ley. Para Páez, el racismo tiene precio y él puede pagarlo.
El entorno familiar se completa con denuncias de violencia de la actual pareja de Mariano hacia él, y de Agostina hacia esa misma mujer por acoso digital. Un ecosistema de toxicidad que la política nacional decidió "recibir con honores".
Mientras Bullrich destaca el rol del Estado, Páez escupe sobre la mano que ayudó a su hija diciendo que el Estado le da "asco". Una contradicción total para quien, según fuentes periodísticas, pretende colocar a su hija como referente de LLA en la provincia.
El abrazo de Bullrich a Agostina Páez envejeció más rápido que cualquier otro gesto político reciente. Al elegir a los Páez como estandarte de la "fuerza" y la "fortaleza", la senadora quedó ligada a un hombre que se define como "usurero" y que imita simios en boliches mientras su hija enfrenta una sentencia internacional.
La "pesadilla" que menciona Agostina en su descargo no es solo judicial; es la evidencia de que el racismo es, en su casa, una costumbre familiar.
Mariano Páez no solo hundió la estrategia de su abogada brasileña, sino que expuso la cara más oscura de quienes pretenden representar el cambio: una mezcla de superioridad racial, dinero de origen dudoso y un desprecio absoluto por las normas de convivencia básica.
Si Patricia Bullrich buscaba un ejemplo de fortaleza, encontró un espejo de lo que la sociedad argentina ya no está dispuesta a tolerar.