domingo 09 de agosto de 2020 - Edición Nº3424

General | 26 may 2020

Videos, fotos y textos reveladores

“Barreda is out”: locura, relato, ocaso y muerte de Conchita, el peor femicida argentino, como nadie lo mostró


Una noche de 2011, en el departamento de Belgrano donde vivía con su novia Berta, Ricardo Barreda, que ya iba por su segundo cartón de tetrabrick de vino blanco, me contó que hablaba con sus muertos queridos.

–Muchas veces hablo con mis muertos. Por ahí me preguntan a dónde vas. Al cementerio voy. Me gusta ir al cementerio a hablar con mis muertos queridos.

–¿Y qué hace ahí?

–Voy a conversar un rato con mis viejos.

–¿Desde cuándo lo hace?

–Desde hace mucho. Tenía una prima de mi mamá a la que le saqué una frase. Los dos nos ocupábamos de la bóveda de nuestra familia. Y ella decía: “Esta mañana estuve en el cementerio porque fui a conversar con mi vieja”. Hay mucha gente que va y otra que va -aunque parezca una cosa un poco descabellada- a conversar con los suyos. En La Recoleta me he pasado un día entero hablando.

–¿Con sus hijas habla?

–Hablo con mi padre y con mi madre.

–¿De qué habla?

–Viene a ser como un monólogo. Un unipersonal diría yo. Les digo: “Hola viejo, ¿qué decís, cómo estás?”. “Hola vieja, ¿todo bien?”. Los voy a ver al cementerio de La Plata. Están en dos bóvedas distintas.

–¿Le tiene miedo a la muerte?

–No porque creo que es un hecho irreversible, a todos nos va a llegar. Nadie se salva. A lo que le tengo miedo es al sufrimiento, a la agonía, al dolor. Pero voy mucho al cementerio.

Barreda decía la verdad. Ese ritual de conversar con “los extintos”, como decía él, lo cumplió aun el 15 de noviembre de 1992, cuando mató a escopetazos su suegra Elena Arreche (86), su mujer, Gladys McDonald (57), y sus hijas Cecilia (26) y Adriana (24). Hoy Barreda volverá a un cementerio, pero será adentro de un cajón.

Anoche su cuerpo, en un cajón cerrado, permanecía en un depósito oscuro, rodeado de ataúdes vacíos. En una funeraria donde no habrá velorio y se planea un entierro donde dos hombres trasladadarán el cajón quizá vestidos con mamelucos blancos y máscaras, más parecidos a astronautas que a funebreros, como ocurre desde la irrupción del coronavirus.

Al femicida, que murió ayer a los 83 años en un geriátrico, le fascinaba el humor negro y es probable que se hubiese reído de esa situación que antes parecía irreal. No sólo eso: el contexto de la epidemia le hizo cumplir su deseo final. No quería ser velado. “Que me manden derecho para el horno”, decía. Nunca dijo si su temor era que nadie se acercara a darle el último adiós.

-Hola, soy periodista de Infobae. Conocí a Barreda, lo entrevisté diez veces. Quería saber a qué hora lo trasladan al cementerio.

El empleado de la cochería Siciliano, se José C. Paz, responde con cordialidad.

-Mirá, estamos esperando la documentación. Eso tarda. Una vez que llega eso lo llevan en ambulancia al cementerio de José C. Paz. Pueden entrar sólo cinco personas que no sean pacientes de riesgo y sean menores de 65 años. Aclaro que Barreda no murió a causa del COVID-19.

-Llamó algún conocido o amigo de Barreda.

-No, sos el primero.

-¿Sentís algo perturbador o especial por estar ahora, dos de la mañana, cerca del cadáver de Barreda?

-No. Todos los muertos son iguales.

Su respuesta me recordó a lo que me dijo el sepulturero que enterró en General Pico a Arquímedes Puccio, el siniestro secuestrador que murió en 2013 a los 84 años.

“Para mí no hay diferencias entre los finados. Sea un asesino o un santo. Ni cuando enterré a mi abuela sentí tristeza. Porque ya no era ella y esto es un trabajo”, dijo el hombre. Lo mismo habrán pensado los que enterraron a Yiya Murano, la famosa envenenadora. Puccio, Barreda y Murano murieron en soledad.

A partir de ellos podría decirse que todo asesino muere solo, sin que nadie asista a su velorio (ningún amigo o familiar fue a la tumba de Puccio), y faltan manos para cargar el ataúd, como sucedió con el entierro de Alejandro, el hijo del jefe del clan.

Conocí a Barreda en 2011. Durante un año lo visité en su casa diez veces. Mi idea era conocer su nueva vida. Su segunda vida. Cuando se lo expliqué, me dijo que no pensaba hablar de los femicidios. No dijo femicidios, sino “de lo que pasó”.

–¡Adianchi! ¡adianchi! – me invitó Barreda a pasar a su departamento con la famosa frase del Manosanta de Olmedo.

Así me recibió el primer día.

No era afecto a los periodistas. Solía echarlos, insultarlos, pedirles dinero a cambio de notas, sacarles la lengua al mejor estilo Kiss o mostrarles el dedo más largo cuando se le abalanzan en medio de una guardia periodística.

Durante esos encuentros, a medida que se creaba una intimidad con el odontólogo, me sentía cada vez más cazador de sus gestos, de lo que decía, lo miraba como si fuera un entomólogo que disecciona un insecto. Es más: hasta en un viaje que hicimos en taxi a La Plata (iba al dentista y soñaba con volver a la casa donde había cometido la masacre), probé hacer silencio. Dejar de preguntar. El taxista se mantuvo callado, como un cómplice involuntario. Barreda se pasó la mayor parte del viaje en silencio. Mirando por la ventanilla. Hasta que él cortó el silencio cuando en la ruta vio a un hombre haciendo parapente. “Qué loco ese tipo”, fue su comentario.

Lo admito: por esos días lo traicioné. Le dije que quería contar su historia, pero sólo una vez grabamos una entrevista. El resto fueron conversaciones. Nunca le dije que por mi cabeza resonaba la idea de publicar un libro. Y mucho menos el título: “Conchita”. Si se lo hubiera dicho, me hubiera echado.

No me jacto de esa actitud. Y muchas veces, sobre todo en el tiempo que conocí a Barreda, me pregunté qué me diferenciaba de un cazador oculto en un zoológico. Hasta llegué a generar situaciones, como llevar sushi una noche porque Barreda nunca lo había probado. Y esa cena el sushi generó que él estuviera más preocupado por desarmar cada pieza, sin registrar lo que Berta decía en ese momento entre lágrimas: que hacía poco había muerto un amigo suyo.

A lo del cuádruple femicida había ido a cazar imágenes, intimidades, recuerdos, y frases de los protagonistas de esta historia. Agazapado y acechante, con la mirada puesta a descubrir el más mínimo movimiento, busqué hurgar en las profundidades de la memoria del hombre que después de matar fue a ver las jirafas y los elefantes del zoo porque lo relajaban y hasta invitó a comer pizza a su amante y luego la llevó a un hotel alojamiento.

Y al volver a su casa llamó a la policía y dijo: “Encontré cuatro bultos”. Bultos, como si fueran cosas. Luego inventó que habían entrado a robar a su casa. Y terminó por confesar. Para matarlas usó la escopeta Víctor Sarrasqueta le había regalado su suegra. En ese regalo, la mujer selló su destino.

Mi mirada quería abarcarlo todo. Los adornos excesivos que tenía en una repisa. Su ternura al hablarle a las dos cotorras a las que llamaba “hijas”, los volantes de prostitutas que pegaba en la heladera, su maltrato a su novia Berta, a quien llamaba Chochán. O la consideraba “bruta” para ir al cine a ver las películas que a él le gustaban. Los clásicos o el cine independiente, una costumbre que tenía antes de matar.

“La gorda se pasa todo el día tirada en la cama. Si come esto, fenece. Fe-ne-ce”, me dijo un día mientras comíamos una picada. Habíamos bajado al supermercado chino situado a una cuadra de su casa a comprarla. El manoteó de las góndolas dos tetrabrik, un pote de helado y esas picadas que vienen en un plástico y envueltas en un nailon.

En la caja, sacó su billetera y en un movimiento casi imperceptible, el chino de la caja intentó sacarle un billete de cien pesos. Barreda y el chino se trenzaron en una pequeña lucha por quedarse con el billete, que resistía estoico al tironeo.

–Dame para acá, ponja malo –lo retó Barreda.

–Ponja, ponja –dijo el chino, que al final se rindió y dejó ir el billete.

–Ponja, nunca más vuelvas a meterme la mano en la billetera. Eso no se hace ponja.

Barreda se fue cabizbajo y a su paso los chinos decían:

–Se va ponja. Chau ponja.

Barreda se dio media vuelta y murmuró:

–La puta que los parió, ponjas. Son ligeros estos ponjas. Si te distraes un minuto, te dejan en bolas estos ponjas. Te vacunan los ponjas. La puta que son vivos los ponjas.

Caminamos la cuadra de vuelta y cuando vio a una mujer joven, me dijo: “Que minón, por Dios. Soy un gran piropeador, pero ahora no se me ocurre nada”. Luego un camionero le tocó bocina y le gritó:

-¡Aguante Barreda!

Salir a la calle con él era encontrarse con situaciones similares. Hombres que le pedían autógrafos o le palmeaban la espalda. Hasta una mujer que lo saludó con un abrazo y le dijo: “Usted es quien imagino, ¿no? Lo veo en la tele”. Barreda se sintió incómodo.

Nunca habló de los crímenes. Pero lo que no decía se filtraba en algunas de sus actitudes.

Un ejemplo: un mediodía, después de almorzar, intenté levantar la mesa. Barreda me fulminó con la mirada. Me amonestó en silencio. Pasaron unos segundos incómodos, y luego dijo:

–Me molesta mucho cuando juntan la mesa y uno sigue comiendo o tomando. Esa era una mala costumbre que tenía Adriana, mi hija más chica. A mi mujer y a mí me molestaba mucho.

Días después Berta apiló los platos, uno sobre otro, y él le dijo: “¡No! ¿Por qué hiciste eso?”. Ella no le respondió.

Otro episodio que me viene a la cabeza. Un día, una joven periodista me pidió el contacto de Barreda para entrevistarlo. Estuvo dos horas en su casa. Me llamó y me contó: “La pasé mal. La mayoría del tiempo me miró el escote. Me puso muy incómoda. Me tuve que ir”.

Hasta que Berta lo denunció por violencia psicológica (murió el 24 de julio de 2015, estaba internada en un geriátrico de Belgrano), él vivió como si no hubiera matado a nadie.

Salía a caminar, andaba en subte, iba al cine o a la Feria de la Rural. “De cada diez personas, sólo una me insulta o me mira con desprecio. Lo entiendo. Me molesta más que me feliciten. Yo no soy un Premio Nobel”, me dijo un día.

Hablábamos de cine (era fanático de Fellini y de Chaplin), de fútbol (era hincha de Estudiantes de La Plata, pero admiraba a Ricardo Bochini, mi ídolo) y de la música. Le encantaba la ópera y la música clásica.

Recuerdo que me invitó a su cumpleaños, que justó cayó un domingo que se celebraba el Día del Padre. Era un 16 de junio y él cumplía 77 años. Lo celebró en un restorán de Palermo.

Hasta que de pronto se acercó una chica de unos 25 años.

–¿Usted es Barreda?

–Eso parece –respondió Barreda.

–Mi papá, que está en aquella mesa, decía que no. Qué lindas manos que tiene usted.

–Sí, ya lo sé –contestó el dentista sin sacar la mirada del plato.

–Qué engreído –comentó Berta.

–Es que tengo lindas manos, me lo han dicho varias veces, así como también me han dicho “qué cara de boludo que tenés, Ricardo”.

La chica se fue sonriente.

En la vereda un hombre jugaba con su perro labrador. Barreda miró la escena con ternura.

–¿No le gustaría tener un perro?

–Sí. Hace mucho tiempo que tengo ganas. Una vez quise tener un perro, pero ellas me dijeron que no. Me sacaron cagando: ¡guau guau guau guau guau guau guau guau guau guau guau!

Barreda ladraba como un perro pequeño. “Ellas” eran su esposa y sus dos hijas.

–Nos gustan los perros. Tengo una amiga -dijo Berta- que tiene un perro salchicha. La adora. No puede vivir con ella, le huele hasta el escote, se le pone ahí para que descanse.

–Le quiere chupar las tetas – acotó Barreda y largó una carcajada.

–¡Pero Ricardo! ¡Qué boca sucia!

–Tranquila, chochán.

–Qué hombre tremendo. Me dice chochán.

–Chochán, chochán, chochán.

–Bueno, viejo, andate con otra.

–Sí, pibas de 24 me gustan.

–Es verdad. El otro día viajó a La Plata para hacer un trámite y volvió con una colombiana.

–Amiga mía. La guié porque no conocía Buenos Aires.

–Sí, a ver si encontrás otra que te aguante como yo.

–Sobran mujeres como vos – dijo Barreda con una sonrisa, como dando a entender que era una broma.

Berta se lo tomó a mal:

–No digas eso, no seas injusto. ¿Y todo lo que hice por vos? ¡Todo lo que hice por vos!

–¡Me cago en Satanás! Era un chascarrillo, mujer.

Berta no respondió. Con un tenedor se puso a revolver el relleno de carne de una empanada.

–¡Qué hacés! ¡Es una empanada! ¡Cómo la vas a abrir así! ¡Me cago en Satanás!

En ese entonces estaba lúcido. En sus últimos tiempos apareció en un hospital, dio otro nombre y dijo que su familia lo había abandonado, lo que llevó a una joven a sacarle una foto y publicar un posteo en su Facebook para reprochar la “crueldad” de esa familia. No sabía que se trataba de Barreda.

En ese hospital estuvo un año y se hizo amigo de una enfermera, a quien le hablaba mal de mí.

A otra la amenazó con darle un escopetazo. A su amiga, que le llegó a festejar el cumpleaños, le dijo que estaba arrepentido de haber matado a sus hijas. En sus últimos meses, una demencia llegó a borrarle, por momentos, hasta el acto atroz que había cometido y que en 1992, en el juicio, definió con una frase literaria: “Supongo que he sido yo. Intuyo que las maté yo porque éramos cinco en la casa y de pronto me encontré con cuatro cadáveres”.

Mientras lo frecuenté, Barreda me contó cosas que nunca había dicho. Como el epísodio carcelario que dijo haber tenido con “un negro grandote” que lo invitó a tomar mate en su celda. “Quiso violarme y le clavé la bombilla en el cuello. Pensé que lo había matado, pero se salvó”.

En prisión le hacían un chiste recurrente. Me lo dijeron al menos cinco ex compañeros suyos en distintos penales. “Le decíamos: viejo, ¿cómo anda la familia?”. Y Barreda los miraba con odio.

Berta sentía devoción por él. Lo había conocido cuando visitaba a un amigo en la cárcel. Hicieron varios viajes juntos. En uno de ellos, a Mar del Plata, Barreda contó emocionado que se había hecho amigo de una chica con Síndrome de Down.

Pero de él hacia Berta nunca vi un gesto de ternura ni de amor. Ni un beso en la mejilla.

Esa indiferencia la manifestó cuando le hice estas preguntas:

–¿Cómo se lleva con Berta? Ella se desvive por usted.

–Psee –responde pensativo, con dejadez, y la mano derecha en la pera–. Psee, me aguanta.

–¿La convivencia es como usted esperaba?

–Psee.

–¿Salen a pasear?

–Mmm. Somos de salir poco. Yo me movilizo más. Voy para tal lado y le digo: ¿Gorda, querés venir? Y ella nada. Salgo a otro lado y le pregunto: ¿Gorda, querés acompañarme? Y ella nada. Hasta luego, le digo, y cierro la puerta. ¿Querés venir a La Rural? No, me dice. Ya la vi muchas veces con la escuela y me cansó. ¡Liiistooo! Voy solo. Chau, hasta pronto. Pim, pum, pam, a otra cosa mariposa. Y me voy a ir a ver las vacas a La Rural, como les digo yo. Yo tenía ganas de ir y todo el tiempo que estuve guardado no pude ir.

–Pero usted está bien con Berta.

–Psee.

–Se los ve bien.

–Psee.

–Están enamorados y juntos.

–Psee.

–¿Sí?

–Psee.

Ella tampoco parecía registrar el pasado de Barreda. Miraba noticias policiales. Barreda solía reírse de algunos hechos trágicos o hacer chistes a partir de una tragedia. No recuerdo alguno en especial. Pero sí una situación que se vivió cuando Berta invitó a tomar mate a su mejor amiga. Pusieron el noticiero y el conductor anunció que un hombre había matado a otro.

-Estos asesinos no deberían salir nunca de la cárcel - dijo la amiga de Berta.

-Sí, son sanguinarios -respondió Berta.

A su lado, el rostro de Barreda parecía desfigurarse.

Otro día, delante suyo, dijo: “Ricardo es un caso de escopeta”, un viejo dicho que define a una “persona alocada”. Era como si ella hubiese borrado que su novio había matado a escopetazos a cuatro mujeres.

Ese día le pregunté:

–¿Cree que hay vida después de la muerte?

–Voy a citar un lugar común: nadie volvió de ahí para contarlo. Soy católico con limitaciones. Fui educado en eso, me bautizaron, tomé la primera comunión pero cuando uno analiza las cosas a veces hasta duda de la existencia de un Dios. Uno se pregunta: “¿Y cómo pasa esto?”, “¿Y cómo Dios permite una cosa así?”. Y si hay un dios, ¿por qué hay terremotos, guerras, desnutrición? Siempre me cuestiono la existencia de Dios.

–¿Cree en la reencarnación?

–¿En la vidas pasadas? Quizá. En otra vida me hubiese gustado ser actor de cine o técnico de fútbol.

Ese día nos despedimos con un abrazo. Barreda luego puso el dedo índice bajo el ojo derecho y advirtió:

–Si usted me falla, no le abriré nunca más esta puerta.

Algo sospechaba. Volví dos veces más. Y el libro salió publicado con el título “Conchita, el hombre que no amaba a las mujeres”.

Según él, las mujeres que mató le decían Conchita.

El 15 de noviembre de 2012, cuando se cumplió otro año de la matanza, y aparecí en varios medios hablando del libro, Barreda me llamó por teléfono y, con tono seco, me pidió dos ejemplares. Supuse que uno era para su abogado.

Se los llevé. Abrió la puerta y me dejó pasar hasta el pasillo.

Le di la mano, él no me la dio. Tenía un paraguas a medio abrir. Me dijo hola, a secas. Nos quedamos en el pasillo, sin decir nada.

Estaba vestido con pantalones cortos blancos, zapatillas y una camisa a cuadros. Me miró fijo, como si sus ojos fueran dos balas a punto de dispararse.

–Ya sé, Ricardo. Estás enojado. Lo entiendo.

–Sí –respondió con una mueca de fastidio.

Le di los libros y lo primero que hizo es mirar la palabra Conchita a lo largo de la tapa y su foto en la que parece un dandy o un galán retirado del cine italiano. Fue como mostrarle un crucifijo a Drácula.

–Entiendo que esté molesto. Pero lea el libro.

Barreda me miró con la mirada de los derrotados. Mejor dicho: de los derrotados que guardan rencor. Un rencor que ni toda la lluvia que cayó esa mañana hubiese podido borrar.

–No me gustó todo esto, viste. Me siento como el cornudo, viste, pero no tiene sentido seguir hablando. Me pareció muy feo. Me sentí traicionado. Ya es tarde, viste. Es como cuando un jarrón se rompió y se hizo pedazos. Eso es así. Y no hay vuelta que darle.

Barreda no me miraba. De repente, por el pasillo mojado apareció Berta. Estaba seria. Hasta Barreda se sorprendió por su presencia.

–¿Qué hacés acá?

–Vine a buscar el pedido de la rotisería. Hola – me saludó.

–Todo esto me parece molesto - dijo Barreda.

–¿Qué pasó? ¿qué pasó? –preguntó Berta, como si no supiera nada.

–Está enojado por el libro – le respondí.

Barreda amagó salir a la calle, pero se arrepintió. Se paró frente a mí y me dijo:

–Todo esto está bastante sucio. Hasta luego, yo me voy muy mortificado. Lo que hiciste era lo único que me faltaba para remachar el día 15 de noviembre. Chau – me dijo Barreda y esa vez si me dio la mano, aunque blanda, con desprecio.

No volví a verlo.

En el último encuentro “amistoso” que habíamos tenido, Barreda comenzó a contar chistes de Violencia Rivas, el personaje de Capusotto. Lloraba de risa. Y luego volvió a decir que hablaba con los muertos que más quería. Y confesó: “Hay un tipo que pasa todos los días por la puerta y me grita asesino. Yo subo la música para no escucharlo. Me arrepiento de lo que hice. Es raro, hay días en que lo olvido y siento que nunca pasó nada. Pero hay semanas que todas las noches me agarra como una puntada que me recuerda el suceso desgraciado que causé”.

A la hora de irme, atravesamos el pasillo (era una planta baja) y Barreda comenzó a silbar y miró al cielo para ver la luna llena. Me abrió la puerta y se despidió. Sin saber que no volveríamos a tener ese trato.

Se fue con apuro. No me lo dijo, pero supuse que allá arriba, en su pieza, tenía una cita. Como todas las noches, iba a charlar con todos sus muertos.

Desde ayer, Barreda pasó a ser uno de ellos.

 

El solitario final de Barreda 

Un sepulturero acompañó al femicida en un entierro al que nadie asistió

El acto final de la historia de Ricardo Barreda se pareció en algo a los cuatro asesinatos que cometió: no hubo testigos.

A su entierro podrían haber ido hasta cinco personas que no fueran mayores de 65 años o sin problemas de salud, que es la franja más vulnerable para el coronavirus. Pero no se acercó nadie.

El cuádruple femicida, que murió ayer a los 83 años en un geriátrico, fue sepultado en el cementerio de José C. Paz.

El cuerpo del ex odontólogo, que el 15 de noviembre de 1992 mató a su esposa, sus dos hijas y su suegra, permaneció en un cajón toda la noche en un depósito de la funeraria Siciliano Hermanos, rodeado de ataúdes vacíos y apilados. Sus encargados esperaron la documentación para trasladar el cajón en una ambulancia hacia el cementerio.

“Sos el primero que llama por Barreda. Su cadáver está acá. Nadie se está ocupando de los trámites. No habrá velorio. Ni sabemos a qué hora recibirá cristiana sepultura”, dijo ayer por la noche uno de los empleados de la funeraria. “¿Si me afecta estar ahora solo con el cadáver de Barreda? No. Es un muerto más”, aclaró.

La tumba de Barreda se parece a la de Arquímedes Puccio. Rodeada de otras tumbas. Y con una lápida que parece hecha de apuro, con su nombre escrito desprolijamente.

-Lo íbamos a llevar a las 12, pero se adelantó todo y lo trasladamos a las 9 -dice uno de los encargados de la funeraria.

-¿Estuvo alguien en el entierro?

-No, no vino nadie. Estaban sólo un sepulturero y dos personas que cargaron el cajón.

-¿Tampoco se acercó algún curioso?

-¿Curiosos? No. ¿Por qué dice eso?

-Nadie cercano visitó la tumba de Puccio, sólo fueron curiosos a sacar fotos.

-No. Y menos ahora con el aislamiento por la pandemia. Además costó que alguien se hiciera cargo de los servicios fúnebres.

-¿Por qué?

-No apareció nadie. No aparecía la documentación del Pami y al final se encargó el geriátrico donde estaba viviendo. El cajón era el más barato.

A lo largo de su vida, Barreda perdió amigos. Pero cuando recuperó la libertad el 29 de marzo de 2011 se reinventó. Tuvo una segunda vida. Se fue a vivir con su novia Berta, se hizo amigo de algunos vecinos y de familiares de su novia. Y recuperó una vieja amistad. Es más: ex pacientes lo llamaban para que les arreglara las muelas.

Uno de sus nuevos amigos lo invitaba a la casa a ver videos de Maradona o de Ricardo Bochini, su ídolo. Con él ideó una teoría delirante del gol de Diego a los ingleses, considerado el mejor de la historia.

-La apilada a los ingleses está en duda. Vimos la repetición del gol con mi amigo y él decía que el último que toca la pelota es el defensor inglés. Me entraron grandes dudas. Y este hombre tenía un televisor que podía detener la imagen y efectivamente parecía que el que toca la pelota finalmente es el que se le tira a los pies a Maradona. Acá hay un tema: a ninguno de los dos les conviene decir quién hizo el gol. Si el inglés dice que hizo el gol en contra, se lapida. Y si lo dice Maradona pierde su magia. Además desenmascararlo sería como revelar el truco de un mago. En ese momento no había cámaras con la tecnología de ahora. Hoy un tipo parece que se tira, que hace teatro, pero cuando pasan la cámara lenta usted lo ve y le dieron una feroz patada.

En uno de los viajes a Mar del Plata que hizo con Berta, se hizo de otro amigo, que lo hizo vivir una aventura insólita para su edad.

–Anduve en moto de agua, pero ojo, yo no manejaba. Me llevó un amigo. ¡Lo peor fue cuando la moto se dio vuelta! Por suerte teníamos salvavidas. La gente nos dio una mano para salir.

–Cuando me enteré de lo que había pasado, me quería morir. Me lo contó dos días después – comentó Berta en ese entonces.

Y siguió:

–Ricardo es muy social. Estaba preocupada cuando salió de la cárcel por el tema de la reinserción, pero él se hace amigo de la gente. En Mar del Plata se hizo amigo de una nena discapacitada que lo adora. ¿Cuento otra? Una vez viajamos a Ushuaia. En el avión varios le gritaban ¡Ba-rre-da! ¡Ba-rre-da! Y él se integró a todos los pasajeros, bah, nos integramos. Todos dijeron que él era muy inteligente y muy culto.

-¿Fueron en un tour?

–Claro, éramos varios, casi todos viejos. Nos hicimos amigos de las mucamas, eran divinas. La prensa del sur lo trató mucho mejor, nada que ver con los periodistas de Buenos Aires. Todos le decían “hola doctor”, “cómo le va doctor”, “qué anda haciendo por acá”, “necesita algo”.

Pero esa nueva vida de Barreda, inesperada para él, se cortó abruptamente cuando Berta lo acusó de maltratos. El dijo que ella tenía demencia. Volvió a la cárcel. Berta murió en un geriátrico. Una mujer le escribió y le ofrecía que se fuera a vivir con él. El femicida necesitaba una persona que le saliera de garantía para que se pudiera ejecutar la libertad condicional.

Pero el encuentro con su admiradora no fue fructífero.

-Estaba loca. Me hablaba todo el tiempo con Dios. ¡Casate con Dios! ¡Me tenés podrido con Dios!

Cuando Berta murió, un amigo lo ayudó y le salió de garantía para que pudiera ir a vivir a su casa de Tigre. Pero al final le dijo que se fuera.

El día que apareció en un hospital de General Pacheco y dijo llamarse de otra manera, se hizo amigo de una enfermera. Ella hasta lo invitó a su casa par festejarle el cumpleaños. "Yo hubiera ido a su entierro. Pero tenía que trabajar. Conmigo fue una buena persona”, dijo la mujer a Infobae.

En su etapa en San Martín otros vecinos se le acercaron y lo ayudaron. A veces lo invitaban a comer a sus casas. Pero en sus últimos meses sólo le quedaba un amigo cercano. Un nuevo amigo.

Según supo Infobae ayer, era un músico de rock vecino de San Martín y lo ayudaba cuando el asesino vivía en una pensión de San Martín de la que fue echado. Antes lo habían expulsado del Hospital de General Pacheco.

“Ibamos a comer juntos a una fonda los mediodías, lo visitaba en la pensión. Lo ayudé con los trámites del PAMI, era todos los días con él, hasta que se internó en el hospital”, relata a Infobae. “Después se fue al hospital. Lo veía perdido en el Eva Perón, estaba mal. Me conocía nada más que a mí, preguntaba por mí. Le compré un alfajor, que tenía ganas de comer, una galletitas. Con la cuarentena lo perdí de vista. El viejo, la que hizo, la pagó".

Barreda había sido trasladado al geriátrico el 10 de marzo por su cobertura médica, tras ser derivado del Eva Perón. “Estaba en un estado crítico. En un momento no podía levantarse más. Se quejaba de las escaras en la espalda”, recuerda su amigo. “No puedo más”, le confesó el femicida.

Infobae pudo saber también quien que otro conocido se comunicó con el geriátrico donde Barreda murió de un infarto. Hasta ahora fue la única persona en contactarse.

Se fue apagando sin hacer ruido, sin ser amado, olvidándose, día a día, cada vez más de sí mismo. Como si el que murió no fue Ricardo Barreda, sino el fantasma derrotado que había quedado de él.

Su tumba es una más.

 

 

Sangre, horror y sexo con su amante

Los espeluznantes detalles de los femicidios de Barreda

Ricardo Barreda vivió cada 15 de noviembre -fecha en que en 1992 mató a su esposa, su suegra y a sus dos hijas en su casa de La Plata- como una especie de duelo.

Hubo días en que logró olvidar la matanza, dijo alguna vez. Pero muchas veces recordó cada detalle de aquel día en que -juró- la vista se le nubló y comenzó a disparar.

"Puedo vivir en paz, a veces, pero hay un momento del día que me viene todo eso a la cabeza, como un baldazo de agua fría o una pantalla que se funde a negro. Lo peor es cuando se cumple un aniversario y en los canales repiten la cosa como si hubiese pasado hoy", dijo el ex odontólogo al autor de esta nota hace unos años.

Aquel 15 de noviembre de 1992, Ricardo Barreda se sentó en un banco y miró a los elefantes como si contemplara una obra de arte. Luego se quedó fascinado con la jirafa. Cuando salió del zoológico de La Plata, dejó flores en las tumbas de sus padres y se encontró con su amante en una pizzería.

Comieron, bebieron y tuvieron sexo en un hotel alojamiento. Cuando volvió a su casa, Ricardo Barreda se encontró con los cadáveres de su esposa, su suegra y sus dos hijas. Mucho antes del zoológico, el cementerio, la pizzería y el hotel, el odontólogo había matado a escopetazos a toda su familia. Pero esa noche pareció olvidarlo. Llamó a la policía con el mismo tono con el que hubiera llamado para pedir un turno con el médico.

–Volví a mi casa de pescar y me encontré con cuatro bultos. Acá hubo un asalto.

Eso dijo a la Policía. Después confesó haber matado a las mujeres de la casa. "Me decían conchita", dijo. Y cerró con una frase más filosófica: "Supongo que he sido yo. Intuyo que las maté yo porque éramos cinco en la casa y de pronto me encontré con cuatro cadáveres".

El drama había comenzado con lo que parecía un simple asunto doméstico. Como se ha dicho, hay tragedias que comienzan con un acto banal. Ese día, el dentista Barreda –según su sospechosa versión- agarró un plumero y le dijo a su esposa Gladys Margarita Mac Donald, de 57 años:

–Voy a limpiar las telarañas del techo.

–Qué bien. Andá a limpiar que los trabajos de conchita son los que mejor hacés.

–¿Sabés qué? El conchita no va a limpiar nada la entrada. El conchita va a atar la parra porque las puntas andan jorobando –dijo Barreda como si no hubiese escuchado el insulto.

Y como un autómata fue hasta el garage a buscar una escalera. Fue hasta el bajo escalera porque ahí guardaba un casco. Era cauto: varios conocidos se habían caído y golpeado la cabeza mientras ataban la parra. Pero no llegó a levantar el casco porque antes de hacerlo, algo le llamó la atención: entre una puerta y una biblioteca había una escopeta Víctor Sarrasqueta calibre 16,5 que le había regalado su suegra Elena Arreche, de 86 años. Inusual y peligroso regalo para un yerno. Se la regaló para que saliera a cazar, pero la cacería fue puertas adentro: y contra las mujeres de la familia.

La cuestión es que la escopeta estaba ahí, con los cartuchos y una caja al costado.

Y Barreda no dudó. Manoteó la escopeta (en el juicio diría que una fuerza extraña se apoderó de él) y fue hasta la cocina. En ese momento (cómo podía saberlo), no supo que ese acto iba a terminar con su vida de hombre anónimo. Al otro día, el país iba a conocer su desdicha. Iba a ser famoso. Tristemente famoso.

–¡Cuidado, está loco!

Eso es lo que llegó a decir su hija menor Adriana, una abogada de 24 años.

Barreda le disparó a Gladys y siguió su cacería. Después mató a su suegra.

–¡Qué hacés, hijo de puta!

Esas fueron las últimas palabras de Cecilia, de 26, su hija preferida, que era dentista como él.

Barreda no habló. La ejecutó a tres metros de distancia.

Luego se sentó en el sillón, abrazado a su escopeta, como si fuera lo único que le quedaba. Se había quedado solo. O, mejor dicho, acompañado por cuatro cadáveres.

Barreda sintió un alivio. Desordenó la casa como para fingir que había sido un trágico asalto, se subió a su Ford Falcon verde, tiró la escopeta en un arroyo y luego, como se dijo, se fue al zoológico. Lo relajaban las jirafas y los elefantes. Por un momento se preguntó si él no merecía estar enjaulado, en lugar de esos animales. Encerrado en un zoológico, como una atracción de circo fatídico, el hombre que un día eliminó a su familia en vez de limpiar la parra. ¿Alguien se compadecería de él? Imposible saberlo en ese momento.

Más tarde se encontró con su amante Hilda para encerrarse en un hotel alojamiento. En esa pieza oscura dos cuerpos se calentaban. A pocas cuadras de ahí, otros cuatro cuerpos se enfriaban sin pausa. Antes de volver a su casa, el odontólogo y su amante comieron pizza.

Al volver a su casa se reencontró con una mezcla repugnante de olores: a cadáver, a pólvora, a encierro. Desordenó el lugar y llamó a la Policía:

–Entraron a robar a casa. Hay muertos.

Pero los detectives que revisaron la escena del crimen dudaron de que hubiera sido un robo.

–Ahí están los cuerpos –informó Barreda con frialdad.

Al subcomisario Ángel Petti le sorprendió que dijera "cuerpos" y no mi mujer, mis hijas, mi suegra. Para el odontólogo eran bultos despersonalizados. Encima, mientras los peritos trabajaban en la escena del crimen, el odontólogo fumaba y acariciaba la cabeza de Nahuel, el perro de la familia.

El subcomisario estaba convencido de que el asesino estaba delante suyo. Luego lo llevó a su despacho. Le convidó un cigarrillo Benson y le preguntó qué había hecho ese día:

–Nada. Bueno, este… fui a pescar, después a ver a mi amante. Comimos pizza. Y cuando volví a casa me encontré con todo esto.

Petti sabía que el único lugar sin desorden era en la pieza donde Barreda dormía solo. Todo estaba en su lugar: la cama hecha, la ropa apilada prolijamente, el piso encerado, los zapatos alineados. No hacía falta ser un experto sabueso para comprobar que la escena del crimen había sido alterada.

En un momento, mientras iba a buscar dos sándwiches, Petti dejó a Barreda solo. Antes le dio el Código Penal en la página donde figura el artículo 34, que establece la imputabilidad o no de una persona y si comprendió la criminalidad de sus actos. Barreda lo leyó con atención.

Cuando volvió, Petti le dijo:

–Así que una vez hizo un curso de criminología.

Barreda, que días antes del cuádruple crimen había ido a una charla en el Colegio de Abogados, no lo desmintió.

–¿Cómo lo sabe?

–No importa. La cuestión es que lo sé. También sé que practicó tiro contra un árbol.

–Dígame quién se lo dijo.

–Se lo digo con una condición.

–¿Cuál?

–Que usted me diga dónde está la escopeta con la que mató a su familia.

–La tiré en Punta Lara.

–Ok. Levántese. Vamos para ahí.

“Yo no era yo”

Barreda se sintió aliviado con su confesión. Había sido un día de muchos alivios: deshacerse de las mujeres de la casa, ir de paseo, comer pizza y tener sexo con su amante. Aunque no hay una ley escrita y cada caso es único, hay psicólogos forenses que hablan de la lujuria homicida. Dicen que hay hombres que después de matar tienen la compulsión de tener sexo. Solo así pueden saciar la falta de adrenalina.

Los psicólogos que estudiaron la mente de Barreda creen que haber matado a esas mujeres "lo estabilizó". Eso opina el perfilador criminal Luis Disanto. Es como si los crímenes le hubieran dado un sentido a su vida. Ser a través del crimen, como el hundido Erdosain de Roberto Arlt. Como abrirse una herida y esperar a que cicatrice. En fin: curarse con su propio veneno.

Lo ha dicho Barreda cuando explicó lo que sintió al momento de matar: "Yo no era yo".

"Cuando pasó lo que pasó, yo no era yo. Era otro. Un extraño. Un desconocido que llegó a hacer lo que yo nunca hubiese hecho. Discutí con mi esposa y una nebulosa me hizo perder la noción de las cosas. Escuché voces y vi los bultos en el suelo. Me vi sentado con la escopeta en las manos".

"Yo no era yo. Vi un bulto, era una persona caída. Después vi más bultos. Me pregunté qué pudo haber pasado. Eran ellas. Mi esposa, mi suegra y mis dos hijas. ¡Dios mío, qué he hecho!".

"La idea de matarlas la tenía en la cabeza. Me humillaban todo el tiempo. No sé por qué, pero se me había metido en la cabeza una idea fulera. Una idea fuerte. Una idea fija. Una idea de muerte".

“Eran ellas o yo”.

Las amigas de las víctimas dudan que le hubieran dicho Conchita.

 

 

“Barreda’s way” 

Resabios de una época marcada por la hipocresía de una sociedad machista reflejada en una canción de rock

Con su banda Attaque 77, Ciro Pertusi homenajeó en 2003 a Barreda con el tema ‘Barreda’s way’, cuya letra consiste de un descargo en primera persona, reivindicando al odontólogo que durante muchos años fue considerado un “héroe” por una gran parte de la sociedad argentina.

Tras el fallecimiento del odontólogo que mató a todas las mujeres de su familia en La Plata en los noventa, escuchá el tema que, una década después, le dedicó a Barreda una de las bandas de punk rock más importantes del país.

El odontólogo platense falleció en un centro de asistencia de José C. Paz, en donde se encontraba alojado hacía varios meses. Sufría problemas de próstata y cerca de las 14 de ayer dejó de funcionar su corazón. En 1992 en una casa ubicada en 48 entre 11 y 12 mató a escopetazos a su suegra, su esposa y a sus dos hijas.

La época estaba marcada por una misoginia encubierta que, desde las entrañas de la sociedad, concebía a modo de “chiste interno familiar” el cuádruple femicidio como un hecho de justicia ante un maltrato continuo de parte de las mujeres de Barreda.

Desde los escenarios, llenos de rockeros bien masculinos, también se encomendaba un mensaje machista desde las letras, las actitudes y la falta de posibilidad de trabajo a las mujeres del rock, siempre invisibilizadas.

Attaque 77 lanzó Antihumano en el año 2003. Es el noveno álbum de estudio e incluye el reconocido corte de difusión “Western”, en homenaje al cardiólogo René Favaloro. Su siguiente corte fue “Éxodo-Ska”, en el que se sumergían en la reacción social post crisis 2001, seguido del gran éxito del álbum, “Arrancacorazones”, la baladita infalible a cargo de Mariano Martínez, el guitarrista de la banda que se quedaría años después con el trono tras la ida de Pertusi.

En el mismo álbum, que alcanzó a ser triple disco de platino, pasando las 120.000 copias vendidas, coexistían temas como “Morbo-Porno”, junto al ex líder de la BersuitGustavo Cordera. Una canción cuya letra le calzaba a la perfección al polémico músico, quien años después sería condenado socialmente por una infeliz declaración con tono machista que le costó, hasta el día de hoy, la carrera.

Morbo-Porno”, no hace más que aceptar que los hombres están expuestos al consumo de material pornográfico indirectamente, cuestión que los lleva a realizar actos “indeseados”.

Pero el track 6 de Antihumano es “‘Barreda’s way”. Un homenaje de Ciro Pertusi a Barreda, cuya letra consiste de un descargo en primera persona, reivindicando al odontólogo que durante muchos años fue considerado un “héroe” por una gran parte de la sociedad argentina.

Como respuesta a esa valoración de Barreda y su obra, Ciro Pertusi plasmó el concepto en la canción, dejando testimonio en el arte de una idea que subsiste en el imaginario popular: Barreda hizo justicia.

“Tuve una esposa y dos hijas

Y mi suegra basureándome de aquí para allá,

Siempre me decían “conchita”

Me trataban como mierda sin razón en mi hogar…

Pero un día me cansé de esperar

Ya no quería seguir volviéndome insano.

Se burlaron de mí y ahí nomás les disparé…

Si volviera a nacer lo habría intentado otra vez.”

Para el cantante de la banda de punk, autor de esta pieza, como el odontólogo era “basureado” y tratado “como mierda sin razón” en su propio hogar, Barreda se cansó, puso las cosas en su lugar y lo hubiera hecho de nuevo si volviera a nacer. Un hombre con firmes convicciones, según el valiente Pertusi.

Ahora que falleció el femicida más famoso de la argentina, ¿Se llevará con él las liricas machistas o las tendrá que enterrar la propia sociedad argentina?

Fuentes: Archivo Primera Página, Infobae, Visión Política, Infocielo, Nova, Info Blanco Sobre Negro, La Movida Platense.

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