Margot Kidder, inmortalizada como la intrépida Lois Lane en la saga de Superman junto a Christopher Reeve, vivió una vida tan fascinante como dolorosa. A pesar de haber alcanzado la fama global en 1978, su existencia estuvo marcada por una batalla interna que la acompañó desde la adolescencia y que, con el tiempo, la arrastró a la indigencia, los episodios psicóticos y, finalmente, a una muerte autoinfligida.
En mayo de 2018, Kidder fue hallada sin vida en su casa de Livingston, Montana. Su hija, Maggie, confirmó que se trató de una sobredosis de drogas y alcohol. Más allá del dolor, Maggie enfatizó la importancia de hablar con honestidad sobre estas tragedias, para desterrar el estigma y la vergüenza.

El papel de Lois Lane catapultó a Kidder al estrellato, pero también intensificó sus conflictos emocionales. Como reveló en una entrevista de 1997, le resultaba imposible sostener la imagen de "estrella de cine" que el público y la industria esperaban de ella. La presión de representar un ideal mientras su mundo interno se desmoronaba generaba una ansiedad constante, difícil de contener.
Ya desde los 14 años, Kidder había dado señales de su fragilidad emocional. Tras una ruptura adolescente, intentó suicidarse, pero en aquel entonces nadie consideró derivarla a un psiquiatra. Años más tarde, recibiría el diagnóstico de trastorno bipolar, aunque se resistió a seguir el tratamiento convencional con litio. Ella misma reconoció lo difícil que es para una persona en fase maníaca aceptar que algo no está bien.
Durante décadas, su lucha fue silenciosa. Intentaba mantener "a los monstruos adentro", como describió gráficamente, reprimiendo pensamientos y conductas que temía mostrar incluso a sus seres más cercanos. Pero las consecuencias de esa represión fueron devastadoras.

En 1996, un incidente marcó un punto de quiebre. Mientras intentaba terminar sus memorias, una falla técnica en su computadora desató una crisis de paranoia: convencida de que la CIA y su exesposo intentaban matarla, viajó alterada a Los Ángeles. Allí, vagó durante cinco días, durmió en patios, se ocultó en jardines y fue encontrada desorientada y sucia, en estado de psicosis aguda.
Este episodio, ampliamente difundido por la prensa, expuso su sufrimiento de manera cruel. Sin embargo, lejos de retractarse, Kidder habló abiertamente sobre lo sucedido, intentando aportar conciencia a la salud mental. Explicó que, durante los brotes maníacos, el cerebro funciona a una velocidad tan extrema que el individuo pierde completamente el control.

Tras el colapso, Kidder optó por rechazar la psiquiatría tradicional y buscar alivio en la medicina ortomolecular, que promueve el equilibrio químico a través de nutrientes. Narró documentales sobre este enfoque y se mostró convencida de haber encontrado un camino sin psicofármacos. Sin embargo, esa decisión se dio en un contexto de deterioro físico y emocional: un accidente automovilístico en 1990 la dejó parcialmente paralizada, requirió cirugía y la condujo a la bancarrota.
Durante los últimos años de su vida, vivió en Montana en condiciones difíciles. Según el Daily Mail, su casa fue invadida por personas adictas a las metanfetaminas, y entre 2016 y 2018, la policía acudió más de 40 veces al lugar. La fragilidad y la soledad marcaron su ocaso.

Margot Kidder murió el 13 de mayo de 2018. Su hija la recordó como una mujer extraordinaria no por su papel en Superman, sino porque logró llegar tan lejos mientras cargaba con una batalla devastadora.
El legado de Kidder va más allá de Hollywood: expone sin filtros la necesidad de abordar la salud mental con empatía, responsabilidad y sin estigmatización. Su historia interpela a una industria que muchas veces ignora el costo humano de la fama, pero también a una sociedad que todavía mira con recelo y desinformación las enfermedades mentales.
Entender su vida no solo como un relato trágico, sino como una advertencia y una llamada a la compasión, es la forma más honesta de recordarla