La escena fue brutal. No por la teatralidad de una máscara levantada en el recinto, sino porque detrás de esa postal hubo algo mucho más profundo: un oficialismo irritado, desordenado y cada vez más incómodo cuando la discusión política se sale del libreto de las redes sociales.
La Cámara baja atravesó otra jornada de tensión extrema. Gritos, acusaciones, chicanas y pases de factura cruzados. El clima ya venía caldeado por la pelea reglamentaria entre el oficialismo y la oposición sobre la superposición de sesiones. Pero el estallido llegó cuando el diputado chaqueño Aldo Leiva, de Unión por la Patria, decidió convertir su voto en una provocación política a cielo abierto.
"Aldo Leiva":
— ¿Por qué es tendencia? (@porquetendencia) May 20, 2026
Por su cruce con Martín Menem durante la sesión de Diputados pic.twitter.com/3WcXReYz8F
No fue improvisado. El excombatiente de Malvinas suele esperar hasta el límite del tiempo habilitado para votar y aprovechar esos segundos para dejar un mensaje político. Esta vez fue más allá. Sacó una careta con la cara de Manuel Adorni y apuntó directo al corazón comunicacional del Gobierno.
“Uno de los corruptos más grandes del país”, disparó.
En el recinto se escuchó el murmullo clásico de las sesiones que están a segundos de pudrirse. Oficialistas levantándose de las bancas. Asesores corriendo detrás de las cortinas laterales. Diputados peronistas sonriendo con media mueca de satisfacción. Y en el centro de la escena, Martín Menem, tratando de ordenar un Congreso que hace meses se le va de las manos.
El riojano quiso apagar el incendio rápido. Desde la presidencia pidió orden y calificó la escena como una “actitud payasesca”. Grave error. En política, cuando un presidente de Cámara pierde el control emocional del recinto, queda expuesto. Y eso fue exactamente lo que pasó.
Leiva se levantó inmediatamente de su banca y encaró hacia el estrado. No hubo contacto físico, pero sí tensión real. De esa que no entra en el protocolo parlamentario y que en cualquier otro momento terminaba con legisladores separados por empleados de seguridad.
Durante varios minutos el recinto fue un griterío imposible. Una mezcla de cancha chica, comité partidario y programa de panelistas. El problema para el oficialismo no fue la máscara. El problema fue otro: la oposición logró correrlos de eje y llevarlos a discutir sobre autoridad política, manejo institucional y desgaste interno.
Ahí apareció un dato central que en los pasillos del Congreso ya nadie esconde. La figura de Santiago Caputo empieza a generar ruido incluso dentro del propio ecosistema libertario.
Cuando el clima parecía aflojar, Martín Menem retomó la palabra e intentó retroceder. “No lo traté de payasesco sino que dije que la actitud lo era”, aclaró mirando al diputado chaqueño.
Después pidió disculpas si el término había sido interpretado como una agresión personal. Y agregó algo políticamente inevitable: reivindicó la condición de excombatiente de Malvinas de Leiva.
“Le tengo respeto como ex combatiente de Malvinas”, expresó.
El gesto buscó bajar la espuma. Pero ya era tarde. El daño político estaba hecho.
Leiva volvió a tomar la palabra y ahí el debate dejó de ser una pelea parlamentaria más. El diputado peronista entendió rápido dónde estaba la herida libertaria y metió el dedo sin anestesia.
“Lo que le molesta no es cómo voto sino que lo haga con esto”, dijo mientras levantaba nuevamente la careta de Adorni.
Después vinculó la sesión con una maniobra para bloquear posibles interpelaciones al portavoz presidencial. El oficialismo empezó a los gritos desde distintas bancas. La diputada Santillán, de La Libertad Avanza, intentó taparlo. No pudo.
Entonces llegó la frase que hizo explotar definitivamente el recinto.
“Payasesco es lo que le hace Santiago Caputo a usted, señor presidente”.
Silencio breve. Caras tensas. Algunos libertarios insultando desde sus asientos. Otros mirando fijo hacia la presidencia para medir la reacción de Menem.
Porque en el Congreso todos entendieron lo mismo: Leiva acababa de verbalizar una interna que el oficialismo intenta esconder desde hace meses. La convivencia entre el círculo político formal de Martín Menem y el esquema de poder real que administra Caputo nunca terminó de cerrar.
En los pasillos parlamentarios hace tiempo que circula la misma frase: Menem tiene el cargo, pero las decisiones importantes pasan por otro despacho.
El problema para la Casa Rosada es que esas tensiones ya dejaron de ser comentarios off the record. Ahora salen a la superficie en plena sesión.
Y eso pasa cuando un gobierno empieza a perder control del clima político.
Leiva siguió hablando mientras el bloque libertario intentaba interrumpirlo. Criticó al presidente Javier Milei, cuestionó la política universitaria, habló del ajuste y del operativo de seguridad montado alrededor del Congreso.
“Payasesco es que se le pegue a los jubilados y a los discapacitados”, lanzó.
El oficialismo respondió con gritos. Pero el episodio ya se había transformado en otra cosa. No era una discusión reglamentaria. Era la imagen de un Gobierno que todavía conserva centralidad política, pero que empieza a mostrar desgaste, irritación y fisuras internas.
En el cierre, Leiva volvió a apuntar directo a Menem.
“Dígale a Santiago Caputo que cuando lo agrede a usted nos agrede a todos”.
La frase mezcló ironía, provocación y un mensaje político mucho más profundo de lo que parecía.
Porque en el Congreso, donde todos conocen las miserias del poder, nadie creyó que se tratara solamente de una pelea por una careta.