León XIV publicó su primera encíclica: Magnífica Humanitas.
Empieza así: el problema no es la inteligencia artificial. Somos nosotros. Dice que la IA no es neutral. Claro, no lo es. Cada algoritmo es una decisión disfrazada de código.
Pide tres valores eternos: dignidad, justicia, fraternidad. Porque sin ellos, la tecnología más avanzada se convierte en la jaula más moderna. “En cada época hay riesgo de un mundo inhumano”. Ayer fueron las chimeneas. Hoy son los servidores. Distinta máquina, mismo riesgo: usar al hombre como medio.
La encíclica no teme al futuro. Pide sabiduría, para que la IA nos sirva, y no nosotros a ella. Porque al final, Magnífica Humanitas pregunta solo una cosa: ¿De qué sirve un mundo más inteligente si cada vez somos menos humanos?.
Mientras peleábamos entre nosotros, nos tapó el excremento. Mientras nos insultábamos, nos hundimos. Mientras discutíamos banderas, nos fueron quitando el país. Nos distrajeron con gritos para que no viéramos el saqueo. Nos enfrentaron para que no nos uniéramos. Nos llenaron de odio y olvidamos la empatía.
Pero la pregunta ya no es qué hizo él.
La pregunta es qué hicimos nosotros y qué vamos a hacer de aquí en adelante. No olvidemos que la dirigencia que nos conduce surge de nuestra propia sociedad. Los gobernantes no caen del cielo: son el reflejo de lo que toleramos, de lo que permitimos y de lo que elegimos. Tal vez haya llegado el momento de dejar de señalarnos unos a otros y empezar a preguntarnos qué país queremos construir entre todos.