Hay una frase de Friedrich Nietzsche que atraviesa el tiempo como un bisturí: “Todo lo que es profundo ama la máscara”. Quizá por eso en la Argentina el poder nunca se presenta con uniforme. A veces llega vestido de empresario, otras de funcionario y, muchas veces, de inversor inmobiliario.
Eduardo Elsztain construyó durante más de tres décadas uno de los imperios patrimoniales más grandes del país. Shopping centers, edificios de oficinas, hoteles, desarrollos urbanos, campos, participación en entidades financieras y una influencia que excede largamente el ladrillo. Su holding, IRSA, cotiza en la Bolsa de Nueva York. Logró sobrevivir a gobiernos radicales, peronistas, kirchneristas, macristas y libertarios con una capacidad de adaptación que para algunos es brillante estrategia empresarial mientras otros observan con desconfianza precisamente por la magnitud de su influencia.
Ahora suma una nueva pieza al tablero: la compra del tradicional paseo Los Gallegos de Mar del Plata. Los Gallegos no es solamente un shopping: es un símbolo sentimental de la ciudad. Su incorporación al portafolio de la empresa puede representar una oportunidad para revitalizar un activo histórico mediante nuevas inversiones y modernización, pero también alimenta el debate sobre la creciente concentración económica en el negocio de los centros comerciales.
Y entonces aparece la pregunta.
No una acusación.
Una pregunta.
¿Por qué cada vez que cambia el viento político, Elsztain parece saber hacia dónde soplará antes que el resto?
El empresario mantuvo una relación pública con Javier Milei mucho antes de que el economista llegara a la Casa Rosada. Milei desarrolló buena parte de su actividad durante la campaña desde el Hotel Libertador, perteneciente al grupo empresario encabezado por Elsztain. Esa información nunca fue secreta.
Pero en una democracia madura las preguntas también forman parte del sistema republicano.
¿Cuáles fueron exactamente las condiciones de esa estadía?
¿Existieron contratos comerciales?
¿Hubo pagos?
¿Fue una relación estrictamente privada?
¿Hubiera sido saludable que toda esa información se conociera con mayor nivel de detalle para despejar cualquier duda futura?
La filosofía política enseña que la confianza pública no depende solamente de la honestidad. También depende de la apariencia de transparencia.
Platón advertía que cuando los guardianes de la ciudad comienzan a confundirse con quienes administran la riqueza, la polis pierde la capacidad de distinguir entre interés público e interés privado.
Argentina conoce demasiado bien ese riesgo.
Porque el verdadero poder nunca suele anunciarse con discursos. Se expresa mediante permisos, autorizaciones, recalificaciones urbanísticas, desarrollos inmobiliarios y decisiones administrativas capaces de multiplicar el valor de una tierra en cuestión de horas.
Por eso resulta inevitable que hoy circulen versiones sobre un eventual interés empresario en proyectos estratégicos vinculados con Dársena Norte y otras áreas de enorme valor inmobiliario. El solo rumor alcanza para instalar otra serie de interrogantes.

¿Quiénes conocen antes que nadie cuáles serán las próximas zonas de expansión urbana?
¿Quién compra primero?
¿Quién vende después?
¿Quién obtiene la información que el resto del mercado desconoce?
La historia económica argentina demuestra que muchas de las mayores fortunas no se construyeron únicamente comprando bien, sino anticipando decisiones estatales.
Y allí aparece nuevamente IRSA.
Con Alto Palermo, Abasto, Patio Bullrich, DOT, Paseo Alcorta, Alto Rosario, Mendoza Plaza Shopping y ahora Los Gallegos, el grupo consolidó una posición que lo convierte en actor determinante del mercado comercial argentino.
Nada de eso constituye un delito.
Todo ello es perfectamente legal.
Pero justamente por esa magnitud resulta razonable preguntarse si el país cuenta con mecanismos suficientes para controlar la concentración económica y garantizar igualdad de oportunidades para otros competidores.
Tal vez el problema no sea Eduardo Elsztain.
Tal vez el problema sea un sistema que históricamente permitió que los grandes empresarios aprendieran a convivir con cualquier gobierno mejor de lo que los gobiernos aprendieron a controlar a los grandes empresarios.
Aristóteles sostenía que la virtud política consiste en evitar los excesos.
Cuando una sola persona concentra demasiada riqueza o demasiado poder, la república comienza a depender más de individuos que de instituciones.
Quizá por eso la compra de un shopping en Mar del Plata trasciende el negocio inmobiliario.
Porque detrás de cada metro cuadrado adquirido aparece una discusión mucho más profunda.
En una Argentina acostumbrada a las explicaciones tardías, la mejor inversión debería ser la transparencia.