La Casa Rosada entró en pánico total y el relato de la transparencia institucional se cae a pedazos. Acorralados por la furia opositora, Javier Milei y su hermana Karina —la verdadera jefa en las sombras— decidieron embarrar la cancha parlamentaria con un palo en la rueda monumental.
¿El único objetivo? Salvarle el pellejo a Manuel Adorni y demorar hasta el infinito cualquier intento de eyectarlo de la Jefatura de Gabinete. Para lograr esta hazaña de encubrimiento, los líderes libertarios recurrieron a las peores mañas de la política tradicional y, bajo el ala asesora del histórico Eduardo Menem, bajaron la orden de pasarse la Constitución Nacional por donde no brilla el sol.
La trampa que intentan vender es tan burda que ofende la inteligencia de cualquier legislador novato. Desde Balcarce 50 pretenden exigir que los bloques contrarios junten una mayoría agravada de dos tercios de los presentes simplemente para lograr habilitar la sesión que trate la interpelación del ministro.
Un disparate jurídico gigante. Si uno se toma el trabajo de abrir el librito sagrado y repasar el artículo 101, la regla es taxativa y no deja margen para caprichos presidenciales: el funcionario puede ser interpelado para una moción de censura con el voto de la mayoría absoluta. Es decir, la mitad más uno de la totalidad de los miembros. Nada de barreras mágicas ni candados inalcanzables.
Cualquiera de las dos cámaras tiene el poder de fuego para iniciar esta cacería política; la primera que apruebe el tratamiento, enciende la guillotina. Para que no le vendan espejitos de colores a la gente, arrancar el debate y bajarle el martillo a Adorni requiere la misma matemática básica: 129 diputados o 37 senadores calentando el asiento.
Exigirle al recinto más volumen de gente para iniciar la discusión que para echar definitivamente al apuntado es una incongruencia esquizofrénica.
Acá no se está intentando aprobar una ley de reforma estatal, sino ejecutando una competencia operativa directa que la Constitución le regala al Legislativo para limpiar el Ejecutivo. Imponer otro número es, lisa y llanamente, un mamarracho inconstitucional digno de quienes venían a barrer la casta y terminaron atrincherados cuidando el quiosco.
- La trampa del tercio: El oficialismo busca imponer un requisito falso (dos tercios de las bancas) para bloquear desde el inicio la sesión de censura contra el ex vocero.
- Constitución pisoteada: El artículo 101 es letal y clarísimo. Solo se necesita la mayoría absoluta (la mitad más uno) tanto para habilitar la interpelación como para destituir al funcionario de su cargo.
- Matemática simple: Con reunir 129 legisladores en la Cámara Baja o 37 en el Senado, alcanza y sobra para prender la motosierra opositora y mandarlo a su casa.
- Mañas del pasado: La insólita jugada leguleya lleva la firma intelectual de Eduardo Menem, dejando en evidencia que, a la hora de retener el poder, la nueva política abraza los atajos de la vieja guardia.