martes 23 de junio de 2026 - Edición Nº5589

Política | 23 Jun

Corrupción vip

Milei, el gran encubridor de los negocios truchos de Karina y Adorni

11:46 |El presidente que prometió transparencia, administra el mayor catálogo de escándalos de la democracia moderna. Y sonríe.


Hay una vieja observación de la filosofía política que atraviesa los siglos: el poder no suele caer por los errores que comete, sino por las explicaciones que nunca da.

Javier Milei llegó a la Casa Rosada prometiendo una ruptura histórica. No venía —decía— a administrar la Argentina sino a desmontar sus vicios. No sería un presidente más. Sería el hombre que terminaría con la casta, los privilegios y la opacidad. La transparencia no era una política pública: era el corazón de su identidad política.

Dos años después, la pregunta ya no es qué prometió Milei. La pregunta es qué explica.

El caso de la criptomoneda $LIBRA marcó un punto de inflexión. Más allá de las responsabilidades judiciales que deberán determinar los tribunales, el episodio dejó interrogantes que todavía siguen abiertos: ¿cómo accedieron determinados empresarios al entorno presidencial?, ¿qué controles existieron?, ¿qué información manejaban quienes participaron de esas reuniones? El problema político no fue únicamente la crisis financiera derivada del caso. Fue la ausencia de respuestas convincentes.

Lo mismo ocurrió con los alimentos almacenados en depósitos del Estado mientras organizaciones sociales reclamaban asistencia. El Gobierno sostuvo una explicación administrativa. Sus críticos vieron otra cosa: una distancia creciente entre la narrativa del ajuste y las consecuencias concretas sobre sectores vulnerables.

El PAMI, esa institución que administra la salud de cinco millones de jubilados, registra sobreprecios en medicamentos y contratos con laboratorios cuya cercanía al poder resulta llamativa. Los viajes presidenciales al exterior —frecuentes, costosos, parcialmente opacos en su rendición de gastos según documentó ACIJ— contrastan con las obras públicas paralizadas: puentes a medio construir, hospitales detenidos en el tiempo, escuelas que esperan. El ANSES administra haberes jubilatorios que se licúan con la inflación mientras algunos funcionarios cobran sobresueldos que desafían tanto la austeridad proclamada como las leyes de la física económica que predican.

En el centro de esa discusión aparece una figura inevitable: Karina Milei.

La secretaria general de la Presidencia se transformó en uno de los actores más influyentes del gobierno sin someterse al nivel de exposición pública que suele acompañar semejante poder. No hay ilegalidad en ello. Pero sí una pregunta democrática elemental: ¿cómo se controla aquello que no se explica?

Karina, acumula denuncias por tráfico de influencias y designación de allegados en posiciones estratégicas, en una demostración práctica de que el nepotismo es, en realidad, un valor de familia. El financiamiento y la estructura partidaria de La Libertad Avanza siguen siendo un misterio para los organismos de control, mientras las campañas digitales se pagan con contratos millonarios de publicidad oficial que fluyen hacia proveedores de identidad difusa. Martín Menem preside la Cámara de Diputados y orbita en torno al Banco Nación con la comodidad de quien sabe que ciertos apellidos abren puertas que la transparencia debería mantener cerradas.

La misma lógica atraviesa otros debates.

Los bienes inmuebles del Estado se venden o administran sin licitaciones que resistan el escrutinio público. Las empresas energéticas, beneficiadas por desregulaciones de precisión quirúrgica, agradecen en privado lo que el gobierno niega en público. Y cuando el Congreso pregunta, el Ejecutivo responde con decretos: el DNU como herramienta predilecta de un gobierno que encontró en el artículo 99 de la Constitución una forma elegante de saltear la deliberación democrática sin ensuciarse las manos.

Hannah Arendt escribió que la banalidad del mal no reside en monstruos sino en funcionarios que simplemente hacen su trabajo sin pensar. La banalidad del encubrimiento argentino tampoco requiere villanos de película: solo requiere un presidente que mira sistemáticamente para otro lado y encubre, un aparato estatal colonizado por allegados y familiares, una SIDE con fondos que nadie audita, contratos que nadie explica, y declaraciones patrimoniales de funcionarios cuyos estilos de vida resultan —con sueldos estatales— algebraicamente inexplicables.

Milei no fue elegido para parecerse a los gobiernos anteriores fue elegido para ser distinto y allí reside el problema central, cuando un gobierno promete eficiencia se lo juzga por sus resultados, cuando promete crecimiento se lo juzga por la economía, pero cuando promete transparencia absoluta cada silencio se vuelve noticia, cada explicación incompleta se convierte en sospecha, cada pregunta sin respuesta erosiona una parte de su capital político.

La historia argentina está llena de dirigentes que confundieron apoyo electoral con inmunidad narrativa. Creyeron que alcanzar el poder los liberaba de rendir cuentas. Descubrieron demasiado tarde que ocurre exactamente lo contrario.

Cuanto mayor es la autoridad, mayor es la obligación de explicar, por eso el desafío más complejo que enfrenta hoy el presidente no es económico ni legislativo, es filosófico. Porque un presidente puede sobrevivir a una recesión, a una derrota parlamentaria o a una crisis política. Lo que difícilmente pueda sobrevivir es a una contradicción permanente entre aquello que prometió ser y aquello que la sociedad  percibe que es.

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