Para algunos, el diezmo es una ofrenda sagrada; para otros, resulta el capital inicial perfecto con el objetivo de armar una cueva oficial y dibujarla a lo grande. La Policía Federal se cansó de las fábulas, no se comió el amague y le pateó la puerta a Digimais, la bóveda bancaria que maneja a control remoto el fundador del mencionado culto.
Bajo el sugestivo nombre de "Operación Mirage", los sabuesos del país vecino los atendieron de parado nomás. Desplegaron allanamientos simultáneos en nueve locaciones diferentes y los magistrados no anduvieron con chiquitas, ordenando levantar el secreto fiscal de todos los implicados sin ningún tipo de anestesia. Se les terminó el paraguas protector y la impunidad celestial.
Para dimensionar el tamaño del vuelto que manejaban estos mercaderes, la orden incluyó un bloqueo preventivo de bienes por la friolera de 670 millones de reales.
Estamos hablando de aproximadamente unos 125 millones de dólares que, misteriosamente, se esfumaron del radar, dejando a los reguladores con la boca abierta. Como siempre ocurre en estas ligas, la guita grande termina dejando los dedos pegados en todos los mostradores.
La pesquisa no nació por un simple chisme de pasillo. El mismísimo Banco Central fue el encargado de encender las alarmas rojas tras detectar irregularidades verdaderamente pornográficas en la administración cotidiana. Los cráneos de la corporación hacían magia negra con la contabilidad mensual, embarrando la cancha para que nadie viera el desastre de fondo.
Según reza el expediente, esta asociación manipulaba sistemáticamente sus reportes para ocultar una ruinosa situación patrimonial. Vendían espejitos de colores y una falsa imagen de solvencia ante aquellos reguladores estatales que, hasta hace poco, miraban convenientemente hacia otro lado. Un modus operandi tan burdo como históricamente efectivo.
Mientras le vendían el buzón al sistema legal, orquestaban transacciones oscuras diseñadas pura y exclusivamente para engordar las cuentas de la matriz institucional. Además, inyectaban datos falsos en las plataformas del Estado intentando tapar el agujero inminente, pero se les cayó la careta. Se la llevaron en pala y ahora tendrán que dar las explicaciones correspondientes en los fríos pasillos de tribunales.