El relato de la cohesión interna y la disciplina partidaria del partido amarillo estalló por el aire. La jugada —fruto de un pacto en las sombras con el presidente de la Cámara, Martín Menem— desafió abiertamente las órdenes directas de Mauricio Macri, quien exige en público y en privado la remoción del ministro coordinador.
Este salvaje operativo de encubrimiento, camuflado bajo la excusa de "investigar por vías ordinarias", provocó un cisma histórico: el emblemático cofundador del partido, Esteban Bullrich, presentó su renuncia irrevocable destruyendo los cimientos éticos de la conducción y desatando una guerra total por el control del espacio de cara al 2027.
El bochorno parlamentario del pasado martes en la Cámara baja desnudó que el bloque amarillo prefiere inmolar su capital político antes que permitir que se investiguen los escándalos que acorralan al ministro coordinador. Mediante una coordinada estrategia de parálisis legislativa, el PRO y un sector de la UCR decidieron no sentarse en sus bancas, vaciando el quórum y congelando el tratamiento de las interpelaciones y la moción de censura que pesan sobre el funcionario nacional.
La maniobra provocó la inmediata indignación del peronismo, la izquierda, el PJ disidente y el ala dura del radicalismo, quienes calificaron la jugada de "totalmente incoherente" y acusaron al oficialismo de querer estirar los plazos de forma eterna en la Comisión de Asuntos Constitucionales para licuar el impacto mediático del caso.
Lejos de una decisión institucional orgánica, el pacto para salvar a Adorni se gestó en la absoluta clandestinidad entre Martín Menem y Cristian Ritondo. Fuentes parlamentarias confirmaron a Primera Página que el trasfondo de la maniobra responde a un esquema de protección mutua: "Protegen a Adorni para que no caiga Ritondo".
Para lograr este blindaje, el jefe de la bancada amarilla ejecutó una jugada de aislamiento interno feroz: acorraló a los diputados que responden en forma directa a Mauricio Macri y, ante la falta de números para quebrar la orden, los obligó a no bajar al recinto para evitar la foto obscena de un bloque completamente partido en vivo frente a las cámaras de televisión.
La consecuencia inmediata del operativo de blindaje fue el alejamiento de la mayor reserva moral que le quedaba al espacio. En un texto demoledor que sacudió la modorra de la dirigencia tradicional, el exsenador y exministro de Educación, Esteban Bullrich, presentó su renuncia irrevocable a las filas del PRO.
Bullrich, quien acompañó a Macri desde los inicios milenarios de Compromiso para el Cambio, liquidó la degradación del partido sin ningún tipo de concesión: "Fui comprendiendo que permanecer en el partido implicaba aceptar silencios y decisiones con las que ya no podía identificarme".
Para el histórico referente, la protección corporativa brindada al vocero presidencial fue el límite intolerable que quebró el espinazo de su permanencia. En su descargo, Bullrich sentenció que las organizaciones revelan su verdadera identidad en aquello que deciden justificar, tolerar o defender, advirtiendo que la primacía de la conveniencia política por sobre la responsabilidad ética licuó el sentido del liderazgo de Macri. El portazo expone la orfandad de las bases del PRO, que contemplan cómo la estructura parlamentaria se convirtió en custodio de los desvíos y prebendas del actual jefe de Gabinete.
Con la interna totalmente expuesta, el ala dura del macrismo busca desesperadamente despegar al expresidente del acuerdo Menem-Ritondo. Furioso por la insubordinación del titular de la bancada en Diputados —quien busca edificar un perfil de peso propio imitando la terminal de alineamiento ciego de Patricia Bullrich con La Libertad Avanza—, Macri ordenó un contragolpe fulminante en la Cámara Alta apenas 24 horas después del escándalo.
La encargada de corporizar la contraofensiva es la voz estricta del exmandatario en el Senado: el misionero Martín Goerling Lara. El legislador amarillo sacudió el tablero político al presentar de forma exprés un proyecto de resolución para interpelar y tratar de inmediato el pedido de remoción de Manuel Adorni.
Con esta jugada, el macrismo puro intenta demostrar que no forma parte del pacto de impunidad de la Cámara baja y busca forzar en el Senado lo que el peronismo y la oposición institucional no lograron destrabar en Diputados.
Lo que verdaderamente está en juego es la supervivencia del PRO de cara a los comicios del 2027: el partido debate si mantiene una identidad republicana independiente o si se diluye definitivamente como el cómplice silencioso de los curros de la Casa Rosada.
La parálisis parlamentaria en la Cámara de Diputados es la confirmación de que el PRO ha extraviado definitivamente su brújula ética para transformarse en un engranaje de impunidad cruzada. Que Cristian Ritondo decida "cortarse solo", desoír las advertencias de Mauricio Macri y pactar con Martín Menem el blindaje absoluto a Manuel Adorni es un reflejo de los vicios más oscuros de la política corporativa: se protegen entre ellos para que no se caiga el andamiaje de los negocios compartidos. El argumento de que exigen una "investigación seria por vía ordinaria" es una burla cínica para ganar tiempo en comisiones eternas. El costo de esta claudicación es la destrucción total de la identidad partidaria. La renuncia de Esteban Bullrich opera como un certificado de defunción moral: cuando la conveniencia política pesa más que la responsabilidad y se tolera el curro con tal de mantener una cuota de poder de cara al 2027, el liderazgo se vacía de sentido y el espacio pasa a ser cómplice directo de la casta que juraron combatir.
Boicot y parálisis: El PRO y aliados vaciaron el quórum en Diputados para salvar a Adorni de la moción de censura.
El factor Ritondo: El presidente del bloque se cortó solo, pactó con Martín Menem y aisló a los legisladores leales a Macri.
Portazo fundacional: Esteban Bullrich renunció de forma irrevocable al partido, denunciando que se convirtieron en cómplices del encubrimiento.
Furia de Macri: El expresidente exige la remoción del jefe de Gabinete por temor a que sus escándalos hundan el proceso de cambio.
La vía Goerling Lara: El senador ultra-macrista presentó un proyecto para avanzar contra el vocero en la Cámara Alta y quebrar el blindaje.