La rosca política siempre tuvo predilección por esconder la mugre debajo de la alfombra cuando las papas queman de verdad. Aquel primero de julio amaneció envuelto en un clima de profunda tensión e incertidumbre nacional. El líder del movimiento justicialista agonizaba en la Quinta de Olivos, pero los dueños del relato hacían malabares para estirar la ficción institucional.
Desde la intimidad del círculo de confianza, manejado a destajo por el siniestro José López Rega, bajaban línea directa a los medios de comunicación. El comunicado estatal era una verdadera pieza literaria que aseguraba una supuesta recuperación milagrosa del primer mandatario. Vendían un escenario de control total mientras el cuerpo del caudillo ya no resistía ningún tratamiento médico.
Mientras la farsa gubernamental se imprimía a toda velocidad, el periodismo nacional paría un proyecto que dejaría una huella imborrable: El Diario. Pocos meses después, este medio cambiaría su nombre para transformarse en el mítico Diario Popular, ganándose un lugar clave en la mesa de los laburantes.
Resulta verdaderamente poético que un medio destinado a las clases trabajadoras saliera a la calle el mismo día que su principal referente cerraba los ojos.
La redacción trabajaba a contrarreloj armando notas de tapa sin saber que el destino les tenía preparada la primicia más dolorosa de la época. La historia grande se estaba escribiendo a sus espaldas con tinta teñida de luto y oscuras traiciones palaciegas.

La maquinaria de desinformación montada por la vicepresidenta Isabel Perón intentó tapar el sol con las manos hasta el último segundo de gestión.
“El paciente evoluciona favorablemente dentro de su cuadro clínico”, repetían los voceros como loros barranqueros frente a los micrófonos. Esa vil patraña duró lo que un suspiro, porque a media mañana la dura realidad rompió las puertas de la residencia presidencial.
A las 13:15 horas, el corazón del líder indiscutido del Partido Justicialista dijo basta y el territorio entró en estado de shock. El fallecimiento de Juan Domingo Perón detonó una bomba atómica en el tablero institucional y dejó huérfana a una inmensa masa militante. La noticia corrió como reguero de pólvora, sepultando en el acto todas las operetas mediáticas fabricadas desde las altas esferas.
Es imposible evitar trazar un paralelismo entre aquella época sombría y los mecanismos de ocultamiento que usa la dirigencia actual. El manual del encubrimiento político argentino se perfeccionó en los años setenta y hoy sigue plenamente vigente en cada despacho gubernamental. Te mienten en la cara con encuestas falsas o partes médicos dudosos, apostando siempre a la escasa memoria de una sociedad golpeada.

La inauguración del emblemático matutino bonaerense quedó opacada por la magnitud de un luto que modificó el rumbo para siempre. Los canillitas que salieron a vender ese ansiado número inaugural terminaron voceando la caída del hombre que marcó el siglo veinte. Fue un bautismo de fuego brutal para unos redactores que debieron aprender a lidiar con crisis institucionales desde su mismísimo minuto cero.
Medio siglo después, la lección que dejó aquel funesto lunes invernal continúa aportando valiosas claves para el análisis de coyuntura. Cuando el entorno de un gobernante te garantiza que está todo absolutamente bajo control, es el instante exacto para empezar a rezar. Nuestro país siempre encuentra la forma de recordarnos que el poder carece de escrúpulos a la hora de manipular la verdad y salvar su pellejo.