Hoy, 2 de julio, el termómetro no miente: gran parte del país amanece bajo cero. Mientras el Servicio Meteorológico Nacional emite alertas por temperaturas extremas y el conurbano se cubre de heladas que calan hasta los huesos, el Gobierno nacional, bajo el brazo ejecutor de Diego Santilli, insiste en una misión que roza la insensibilidad absoluta: recortar el subsidio de "Zona Fría".
Es una postal de una desconexión aterradora. Mientras las familias argentinas —especialmente jubilados y trabajadores de clases populares— intentan mantener sus hogares apenas habitables frente a una masa de aire polar histórica, en los despachos del Senado se discute cómo quitarles el único escudo que tienen contra el frío. La lógica es fría, matemática y desalmada: para el oficialismo, la calefacción parece ser un gasto fiscal que debe ajustarse, no una necesidad humana básica.
Santilli, en su estreno como Jefe de Gabinete, ha elegido como su primera "misión patriótica" convencer a los senadores de que desmantelar la Ley 27.637 es un avance. Milei, desde su atril, insiste en la austeridad, pero esa austeridad tiene nombre, apellido y dirección: es el hogar de ese vecino que, en pleno invierno, tendrá que elegir entre comprar comida o encender la estufa para no enfermarse. La falta de empatía es total. Reducir el subsidio alegando "focalización" es, en la práctica, condenar a millones de personas a la pobreza energética en el momento exacto en que la naturaleza golpea con más fuerza.
¿Qué clase de gestión política celebra el ahorro mientras la gente tiembla? La desesperación legislativa por aprobar esta reforma antes de que el invierno se vuelva inmanejable para las arcas estatales ignora una verdad fundamental: el Estado está para proteger a los suyos, no para dejarlos a la intemperie. La insensibilidad de este gobierno frente al termómetro que marca bajo cero es un espejo de su visión del mundo: una planilla de cálculo donde las personas son apenas variables de ajuste.
Si la política pierde su capacidad de comprender que una estufa encendida no es un privilegio, sino un derecho vital en el sur y el centro del país, entonces se ha convertido en algo mucho más gélido que el clima que hoy nos atraviesa. Es hora de que el Senado despierte y entienda que, cuando el frío aprieta, no se puede gobernar dándole la espalda al pueblo.
