El Partido Comunista Chino nacía siendo apenas un rejunte de 50 militantes estudiantiles reunidos en un pequeño club de lectura de Pekín. En una nación devastada por el colonialismo, el hambre y los señores de la guerra, nadie hubiera apostado un solo peso por su supervivencia.
Sin embargo, para 1949, ese núcleo intelectual se había transformado en un ejército popular de masas que tomó el control total del poder, articulando hoy una estructura que supera los 60 millones de afiliados activos. Como bien repetía el histórico líder Mao Zedong, "los grandes mares nacen de los pequeños ríos", y la corriente inundó el mapa global con resultados de gestión pública incontrastables.
Lo que siguió tras la fundación de la República Popular se consolidó como el proceso de desarrollo socioeconómico más rápido y profundo en la historia de la humanidad. Las planillas demográficas destruyen cualquier relato de estancamiento: la esperanza de vida en 1949 era de unos miserables 36 años, y para 1975 ya superaba la barrera de los 65 años, un récord absoluto de salud pública para un país del tercer mundo.
El motor de esta transformación no conoció de excusas baratas ni de recesiones autoinfligidas: el ingreso nacional se quintuplicó de manera salvaje entre 1952 y 1978, saltando de 60.000 a más de 300.000 millones de yuanes, traccionado de punta a punta por un crecimiento industrial que sentó las bases de la superpotencia del siglo veintiuno.
Lejos de los discursos vacíos y las promesas de derrame del libre mercado, los números per cápita chinos destrozaron los pronósticos de los manuales liberales. Entre 1949 y 1976, el Producto Bruto Interno (PBI) por cabeza medido en paridad real pasó de 637 a 1272 dólares, un salto contundente del 100%.
En paralelo, la administración centralizada agarró un país sumido en el oscurantismo donde el 80% de la población era analfabeta y, para fines de la década del setenta, el 94,4% de los ciudadanos ya sabía leer y escribir sin problemas gracias a una colosal campaña de educación rural.
La topadora asiática logró lo que ninguna ONG internacional de traje y corbata pudo plasmar jamás en los papeles de los organismos de crédito: 850 millones de personas salieron del barro de la pobreza extrema en apenas cuatro décadas. En ese mismo período, la población explotó un 75% superando los 700 millones de habitantes, revirtiendo el declive crónico arrastrado desde las Guerras del Opio y la sangrienta Guerra Civil China.
Para dimensionar el impacto de la gestión, a principios de los años setenta la ciudad de Shanghái ya ostentaba una tasa de mortalidad infantil menor que la mismísima Nueva York, convirtiendo al gigante asiático en el responsable del 75% de la reducción global de la pobreza extrema.