miércoles 8 de julio de 2026 - Edición Nº5604

Política | 8 Jul

El doble discurso del gobernador

¿Por qué Kicillof habla de romper con La Cámpora mientras sostiene a Florencia Saintout?

11:53 |En otra de sus contradicciones, el gobernador de PBA amenaza con romper relaciones con La Cámpora, pero sostiene a funcionarios puestos por la misma agrupación política. ¿Le tiene miedo a un conflicto con Máximo Kirchner?


Florencia Saintout nunca encarnó el perfil de una funcionaria técnica. Su trayectoria política ha estado atravesada por la lógica de construcción de poder de La Cámpora y por una forma de gestión que sus críticos describen como la utilización de las instituciones públicas con fines partidarios. Desde su paso por la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la Universidad Nacional de La Plata, donde recibió cuestionamientos por la fuerte identificación política de la gestión, por homenajes a figuras controvertidas como Hugo Chávez o Hebe de Bonafini a cambio de abultados contratos políticos y por denuncias vinculadas a concursos docentes y designaciones, su carrera ha estado rodeada de polémicas. Hoy, al frente del Instituto Cultural bonaerense, vuelve a quedar bajo la lupa por el manejo de recursos públicos y por decisiones que alimentan sospechas sobre la transparencia de la administración.

Su historia electoral tampoco logró consolidar el liderazgo político que buscó construir. Fue candidata a intendenta de La Plata en dos oportunidades y en ambas fue derrotada en las urnas. Ni siquiera consiguió convertirse en una figura de consenso dentro del propio peronismo platense, donde distintos sectores la señalaron como una dirigente incapaz de ampliar la base electoral y, en voz baja, llegaron incluso a calificarla como "mufa", convencidos de que su presencia terminaba perjudicando las posibilidades electorales del espacio.

El denominado "modelo Saintout" encuentra su expresión más visible en el Instituto Cultural. Para sus detractores, la política cultural dejó de responder a criterios institucionales para transformarse en un circuito donde se repiten nombres, se multiplican las designaciones y crece la discrecionalidad en la asignación de recursos. En ese contexto se inscriben las controversias por contrataciones como los 11 millones de pesos destinados al denominado "Megaevento Gamer" o los 1,2 millones abonados por tareas musicales, además de cuestionamientos por presuntas incompatibilidades de funcionarios que acumularían cargos en distintos organismos públicos. Más que episodios aislados, las críticas describen un esquema donde los controles pierden eficacia frente a la lógica de las lealtades políticas.

La permanencia de Saintout en el gabinete de Axel Kicillof difícilmente pueda explicarse únicamente por criterios de gestión. Su continuidad responde, sobre todo, a su peso dentro del entramado político de La Cámpora y al rol estratégico que ocupa el Instituto Cultural como herramienta de construcción territorial, distribución de recursos y definición de la agenda simbólica de la provincia. Desplazarla implicaría abrir un conflicto con el espacio que conduce Máximo Kirchner y admitir un costo político que el gobernador parece dispuesto a evitar.

Esa decisión también alimenta interrogantes sobre la relación política entre ambos. Saintout aporta una estructura de militancia y construcción territorial; Kicillof le garantiza respaldo político aun cuando las controversias se acumulan. Esa simbiosis fortalece la percepción de que el Instituto Cultural funciona mucho más como una pieza del engranaje partidario que como un organismo dedicado exclusivamente al desarrollo de políticas culturales.

La consecuencia es una creciente erosión de la confianza pública. Mientras aumentan las preguntas sobre la trazabilidad de los fondos, los criterios de contratación y los mecanismos de control, el Gobierno provincial opta por sostener a una de sus funcionarias más cuestionadas. La cultura deja así de ocupar el centro de la escena para convertirse en el escenario de una discusión mucho más profunda: hasta qué punto los recursos del Estado pueden terminar subordinados a las necesidades de construcción política de quienes administran el poder.

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