sábado 11 de julio de 2026 - Edición Nº5607

Política | 10 Jul

El presidente del país que detesta

Milei le declara la guerra a la Argentina que trabaja, produce y alimenta al mundo

 “Si en Argentina no importamos cosas, solo comeríamos dulce de leche”. La frase, pronunciada por Javier Milei para justificar las importaciones descontroladas, no es una simple ocurrencia presidencial. Es la confesión de una ceguera ideológica profunda; la demostración empírica de que este gobierno, obsesionado con los manuales teóricos, desprecia la realidad material y productiva de la nación que jura gobernar.


La paradoja es, por decir lo menos, insultante para la historia argentina. Tenemos a un Presidente que, subido al púlpito de la soberbia, contempla a la octava superficie territorial del mundo como si fuera un terreno baldío, un desierto productivo incapaz de generar valor agregado. Milei no ve la Argentina real; ve la caricatura que le han contado sus asesores o que ha construido su propio sesgo cognitivo.

Porque la realidad, tozuda y brillante, desmiente al Presidente con cifras que deberían llenar de orgullo a cualquier mandatario, pero que para él parecen ser invisibles. Argentina no es solo un país de "dulce de leche". Es una superpotencia agroalimentaria global.

Es el primer exportador mundial de harina y aceite de soja. Es un jugador clave en el mercado de maíz y trigo. Es el origen de carnes, vinos, limones, peras, manzanas, yerba mate y lácteos que llegan a las mesas de los cinco continentes. Nuestro campo y nuestra industria frigorífica son reconocidos por su calidad y tecnología. Tenemos una capacidad instalada para alimentar a más de 400 millones de personas. Negar esto no es ser liberal; es ser ciego.

Pero el problema, como bien señala Simone Weil, trasciende lo económico y roza lo filosófico. ¿Qué clase de dirigente es aquel que no percibe el valor estratégico de lo que administra? Milei desprecia el esfuerzo colectivo de generaciones que construyeron este entramado productivo, no solo en el campo, sino en la ciencia, la tecnología y la industria asociada.

La cuestión no es, como intenta simplificar el oficialismo, elegir entre la autarquía de los años 40 y el libre mercado total. El debate es mucho más profundo: consiste en definir si la Argentina se piensa a sí misma como una nación industrial, capaz de industrializar sus recursos y agregar valor, o si se resigna a ser un simple supermercado del mundo, consumiendo lo que otros producen con nuestra propia materia prima.

El Presidente comete un error garrafal al comparar a la Argentina con Suiza o Alemania. Esos países importan materias primas, sí, pero porque su matriz productiva exporta tecnología, maquinaria de precisión y medicamentos. Aquí, el peligro es exportar soja a granel e importar el aceite refinado que podríamos producir nosotros mismos.

La verdadera crisis argentina no es solo fiscal; es una crisis de narrativa y de autoestima. Un país se debilita cuando sus líderes, en lugar de enaltecer su potencial y defender su industria, se dedican a ningunearla para justificar una teoría económica. Un Presidente que cree que su país solo produce golosinas no está abriendo al mundo; está condenando a su pueblo a la irrelevancia y a la dependencia. La Argentina que se niega a sí misma es, tristemente, la Argentina gobernada por alguien que no logra entenderla.

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