martes 21 de julio de 2026 - Edición Nº5617

Política | 21 Jul

La tragedia del feudo

El Milei de PBA: Kicillof transformó la provincia en una gigantesca fábrica de miseria y chicos hambrientos

10:25 |Axel Kicillof pasará a la historia como el gobernador que administró la mayor regresión social de la provincia moderna. Bajo el discurso de "Estado presente", se volvió un Milei de talla baja.


Hay un silencio ensordecedor que recorre las calles de toda la provincia y principalmente del Conurbano profundo, un silencio que pesa más que las promesas vacías que bajan desde la comodidad de los despachos platenses. Es el silencio de las mesas vacías, de las heladeras desconectadas y de los chicos que aprendieron a acostarse con el estómago vacío. La provincia de Buenos Aires, el motor productivo histórico de la Argentina, se ha transformado bajo la gestión de Axel Kicillof en una gigantesca y cruel fábrica de miseria estructural.

No estamos hablando de meras abstracciones contables o de cruces estadísticos de oficina. Detrás de los números fríos se esconde una tragedia humana inadmisible. En el primer trimestre de 2024, empujado por la desidia provincial y un cóctel letal de déficit crónico e ineptitud de gestión, el Gran Buenos Aires tocó fondo: un escalofriante 62% de la población cayó bajo la línea de pobreza y la indigencia trepó al 25,3%, marcando el récord más dramático de la década.

Sin embargo, la crisis excede largamente los límites del conurbano. Desde Bahía Blanca hasta Mar del Plata, desde Olavarría hasta Pergamino, Tandil, Junín y San Nicolás, el deterioro económico golpea con la misma crudeza. La caída del consumo, el cierre de comercios, la paralización de pequeñas industrias y el retroceso de las economías regionales han configurado un paisaje desolador en buena parte del territorio bonaerense. Municipios históricamente vinculados a la producción agroindustrial, la pesca, la metalurgia y el turismo exhiben hoy señales alarmantes de precarización laboral y empobrecimiento.

A la emergencia económica se suma un progresivo deterioro de la infraestructura básica. Escuelas con graves problemas edilicios, hospitales saturados, rutas provinciales abandonadas y barrios enteros sin acceso pleno a servicios esenciales componen una realidad que ya no distingue entre el Gran Buenos Aires y el interior profundo. Mientras la administración provincial multiplica anuncios y actos políticos, miles de bonaerenses enfrentan diariamente un Estado incapaz de garantizar condiciones mínimas de bienestar.

Pero lo verdaderamente aberrante, aquello que interpela la moral de cualquier sociedad que se precie de civilizada, es la herida infligida a los más indefensos. En ese mismo período, la pobreza infantil alcanzó la cifra insostenible del 76,6%, con más de un tercio de los niños atrapados en la indigencia absoluta. Tres de cada cuatro chicos sin futuro, convertidos en rehenes silenciosos de un modelo político que prioriza la militancia rentada y el aparato partidario por sobre la dignidad de la infancia.

La postal de la emergencia alimentaria atraviesa los 135 municipios bonaerenses. Miles de familias dependen cotidianamente de comedores escolares, merenderos y organizaciones comunitarias para garantizar al menos una comida al día. Lo que hace apenas unos años parecía una problemática concentrada en los cordones más pobres del conurbano hoy se extiende a localidades medianas y pequeñas del interior provincial, donde el deterioro del poder adquisitivo y la falta de oportunidades laborales han quebrado antiguos equilibrios sociales.

Mientras tanto, la inseguridad continúa escalando y agrega una nueva capa de angustia sobre una población ya golpeada por la pobreza. Robos violentos, narcotráfico y delitos cada vez más complejos avanzan sobre barrios populares y centros urbanos por igual, en una provincia donde la sensación de abandono estatal se ha convertido en una constante.

Cuando los portavoces del régimen intentan licuar responsabilidades escudándose en el rebote estadístico posterior de 2025 —donde la pobreza se amesetó en un trágico 32,6% y la indigencia rondó el 8%— incurren en una bajeza moral imperdonable. Celebrar que "solo" uno de cada tres bonaerenses sea pobre revela una desconexión total con la realidad. Significa que la indigencia y la exclusión se han vuelto el paisaje cotidiano, la normalidad tolerada por un gobernador que gobierna de espaldas a los sufrimientos del pueblo.

La provincia arrastra dos décadas de desequilibrio fiscal. Bajo la batuta de Kicillof, ese déficit se financió a través de una presión impositiva asfixiante que ahoga al comerciante, al trabajador independiente y a la PyME, mientras se multiplican los ministerios militantes y las estructuras burocráticas inútiles. Productores rurales, transportistas, profesionales independientes y pequeños empresarios denuncian desde hace años el peso creciente de Ingresos Brutos, el aumento de las cargas provinciales y una estructura tributaria que, lejos de estimular la inversión y el empleo, profundiza el estancamiento.

El dinero que debió destinarse a cloacas, seguridad, escuelas habitables y hospitales públicos se evaporó en la maquinaria de un Estado presente solo para cobrar impuestos y ausente a la hora de dar amparo. Mientras los municipios reclaman recursos para sostener servicios básicos, la administración bonaerense continúa expandiendo un aparato burocrático que parece vivir de espaldas a las urgencias cotidianas.

Axel Kicillof pasará a la historia como el gobernador que administró la mayor regresión social de la provincia moderna. Mientras persista este modelo feudal que prefiere mantener a la gente cautiva de la asistencia antes que devolverle la cultura del trabajo, Buenos Aires seguirá siendo el monumento más triste al fracaso de la política argentina: un lugar donde a los chicos se les robó el futuro antes de empezar a vivir.

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