Con el aparato partidario completamente detonado y las bases reclamando un rumbo que nadie atina a conducir, el mandatario riojano decidió ponerse el traje de bombero para apagar incendios con nafta.
La jugada consiste en sentar en una misma mesa a los principales referentes de la confrontación interna, exigiendo una tregua forzada que huele a puro marketing político de cabotaje.
La superestructura del justicialismo hace malabares para simular una armonía institucional que choca contra las ambiciones desmedidas de cada sector. Mientras la calle le da la espalda al relato opositor, los jefes territoriales mueven las piezas buscando garantizarse una silla en las listas del 2027, demostrando que el destino de los jubilados y los trabajadores sigue sin importarles en absoluto.
Las expectativas sobre el éxito de la cumbre son prácticamente nulas entre los propios dirigentes, que ya preparan los cuchillos largos para el momento en que se cierren las listas.
La incapacidad histórica de la dirigencia para construir un proyecto colectivo transforma cada intento de unidad en un sainete berreta donde todos se miran de reojo esperando la traición ajena.
El peronismo camina directo al abismo, atrapado en una red de disputas provinciales y personalismos inútiles que le entregan el terreno en bandeja a la gestión nacional.
Al fin y al cabo, juntar a los mismos actores de siempre para reciclar discursos vacíos solo confirma que la renovación política es una utopía inalcanzable para la vieja guardia.
- El mediador desesperado: El gobernador Ricardo Quintela organizó un acto en su distrito para intentar congelar la brutal guerra civil que carcome al Partido Justicialista.
- La foto imposible: Intentan reunir a Axel Kicillof y Máximo Kirchner en un mismo espacio, aunque nadie garantiza una tregua real entre ambos campamentos.
- La crisis estructural: Los armados de última hora desnudan la falta de liderazgo nacional y la profunda desesperación de los caciques por retener cuotas de poder.