Una frase que leí después del partido de Argentina con España que me dejó pensando: "Creo que la mística existió. Pero tal vez la mística no significa ganar. Tal vez esta sea una lección de vida: la grandeza no se define por una victoria". Porque, ¿cómo no iba a existir la mística?
Adonde vayas, en cualquier país, en cualquier rincón del mundo, ahí vamos a estar: saltando, festejando y alentando. Con nuestros santos y rituales. Con una bandera con los colores del cielo, el Diego, el Indio, remeras, cábalas, música y cantos. Los argentinos llevamos esa pasión a todos lados. Nuestro espíritu es inconfundible. Somos de sangre celeste y blanca.
Tal vez el verdadero desafío sea que este sentimiento de encuentro y de igualdad no quede solo en el fútbol.
Que todos nos sintamos parte. Que, en vez de quedarnos en lo que nos divide, miremos lo que compartimos. Que el pueblo hable, se escuche y recuerde qué quiere, qué necesita y qué valora, más allá de lo que pasa en la cancha.
Porque somos argentinos y somos hermanos. "Los hermanos unidos jamás serán vencidos".
La energía que acompaña al jugador, al hincha y al argentino la creamos nosotros con la unión. Y creo que esa es la verdadera mística: la que nace cuando un pueblo se une, cree, canta, alienta y se siente parte de algo más grande que uno mismo.
Es el momento de dejar de lado el odio, volver a encontrarnos como pueblo y no dejar que el afuera nos corrompa. Los momentos pasan. Llegan nuevos ídolos, nace gente nueva, empiezan nuevas tradiciones y otras continúan.
Queda abrazar el presente para que, con el tiempo, se convierta en un hermoso recuerdo. Porque la unión también fue una victoria. Nosotros somos nuestro futuro. El próximo partido se juega todos los días. Gracias por todo, Selección. Gracias, pueblo argentino, por su mística.