El miércoles 4 de agosto de 1976, en Punta de Los Llanos, provincia de La Rioja, fue asesinado Enrique Angelelli, obispo de esa diócesis.
Angelelli había elegido seguir a Jesucristo allí donde el Evangelio se hace vida: junto a los pobres, los trabajadores, los olvidados y todos aquellos que sufrían la injusticia.
Su ministerio no estuvo guiado por el poder ni por la comodidad, sino por la profunda convicción de que toda persona es hija de Dios y posee una dignidad que nadie puede arrebatarle.
Por anunciar el Evangelio con valentía, denunciar la violencia, defender los derechos de los más vulnerables y permanecer fiel a su conciencia pastoral, fue víctima del terrorismo de Estado.
Su muerte no fue un accidente, como durante años se intentó hacer creer. La Justicia argentina estableció que se trató de un asesinato planificado.
La Iglesia reconoció en su testimonio la expresión más alta del discipulado cristiano: el martirio. Por ello, el papa Francisco lo proclamó beato en 2019.
Angelelli comprendió que la fe no puede encerrarse entre los muros de un templo y se consagró a consolar al que sufre, defender al perseguido y trabajar por una paz fundada en la verdad y en la justicia. Entendía que no existe un auténtico amor a Dios permanecendo indiferente ante el dolor del prójimo.
Su memoria nos invita a examinarnos como cristianos y como ciudadanos. Nos recuerda que la reconciliación solo es verdadera cuando se apoya en la verdad; que el perdón no borra la memoria ni reemplaza a la justicia; y que la esperanza cristiana nunca es resignación, sino compromiso permanente con la construcción de una sociedad más justa, fraterna y solidaria.
Hoy, el testimonio de Angelelli continúa iluminando el camino de quienes creemos que la fe debe traducirse en obras; que la dignidad humana es sagrada; y que la democracia se fortalece cuando se sostienen la memoria, la verdad, la justicia y el respeto irrestricto por los derechos humanos.
Como decía el papa Francisco: “Prefiero una Iglesia accidentada por salir a la calle”. Angelelli salió. Salió al encuentro de su pueblo. Salió en defensa de los que no tenían voz. Salió a anunciar el Evangelio allí donde más dolía la injusticia. Y por eso entregó su vida.
Y por eso, para los creyentes, su memoria no es solamente recuerdo: es testimonio, es compromiso y es camino.
A cincuenta años de su asesinato, recordar a Angelelli es también preguntarnos qué hacemos hoy frente al dolor, la injusticia y la dignidad vulnerada de tantos. Porque su legado no pertenece solamente a la historia: interpela nuestro presente y nos compromete con el futuro.
Que su ejemplo nos ayude a comprender que la fe auténtica no mira hacia otro lado; que la verdad no se negocia; que la justicia no puede ser reemplazada por el olvido; y que la paz verdadera solo puede construirse sobre la dignidad de cada ser humano.
Monseñor Angelelli vive en la memoria de su pueblo y en el testimonio de una Iglesia que entiende que seguir a Cristo también significa ponerse del lado de quienes sufren.
