El Gobierno intenta disfrazar el desguace bajo el eufemismo de la "eficiencia". Pero la realidad cotidiana expone otra cosa: una política de vaciamiento deliberado impulsada por Javier Milei y Federico Sturzenegger, que ya expulsó a decenas de miles de trabajadores y dejó a la administración pública en una situación de extrema vulnerabilidad operativa frente a sus obligaciones en salud, control, atención y servicios a la ciudadanía.
La cifra más contundente refleja la brutalidad de la hoja de ruta oficial: 71.711 salidas en 30 meses, de acuerdo con el relevamiento difundido por el propio Ministerio de Desregulación. Esto equivale a una salida cada 18 minutos, con un pico dramático de 7.068 bajas en abril de 2024 y una nueva aceleración en los últimos tramos de la gestión. Lejos de una cirugía fina, lo que se ejecuta es una amputación sistemática y sostenida.
Mientras el discurso oficial insiste con el latiguillo de la “reducción de costos”, el daño real no desaparece, sino que se traslada de manera directa a organismos colapsados, trámites paralizados, controles desmantelados y prestaciones públicas deterioradas. Un Estado reducido a la mínima expresión no es sinónimo de modernidad; es, lisa y llanamente, un Estado inoperante que abandona a su suerte a la sociedad.
El interrogante que imponen Milei y Sturzenegger interpela el núcleo de su modelo: si el tan mentado superávit financiero depende exclusivamente de seguir pulverizando empleo público, ¿estamos realmente ante un plan de orden económico o frente a una estrategia de tierra arrasada para desmantelar las capacidades esenciales del país? Una cosa es corregir desequilibrios; otra muy distinta es pretender gobernar con la motosierra como único sustituto de la gestión pública.
El verdadero rostro de este experimento es la desidia institucional convertida en doctrina. Al final del día, lo que el duo Tonto y Re Tonto celebran como una supuesta "gestión heroica" no es más que la destrucción deliberada del andamiaje social argentino, un show de crueldad estadística donde festejan dejar a miles de familias en la calle mientras aplauden un país insensible, anémico e incapaz de dar respuestas básicas.