El paso de Facundo Moyano por la pantalla de telefe dejo un tendal de papelones que espantan a propios y extraños, exponiendo una absoluta falta de decoro frente a las cámaras.
Lejos de asumir responsabilidades por el escándalo judicial y mediático que conmociona al conurbano, el dirigente sindical optó por embarrar la cancha y revolear culpas hacia su círculo más íntimo en un desesperado intento por salvar su propia imagen.
A pesar de la gravedad de la secuencia que lo mantiene en el ojo de la tormenta, el exlegislador aseguró de manera tajante que no cometió delito alguno que justificara el escarnio público al que sostiene ser sometido.
Sin embargo, su estrategia defensiva mutó rápidamente en un espectáculo grotesco cuando prefirió cobijarse en preceptos divinos y constitucionales, aludiendo de manera insólita al Artículo 19 de la Constitución Nacional sobre "las acciones privadas de los hombres que de ningún modo ofenden al orden y a la moral pública, ni perjudican a un tercero".
El clímax de la tensión en el estudio televisivo se desató cuando los conductores abordaron las preguntas más incómodas: su nivel de vida y sus onerosos gastos corrientes.
Visiblemente desencajado y con una bronca incontenible, Moyano reaccionó de la peor manera al ser interpelado sobre los motivos que lo llevan a residir en uno de los barrios más caros y exclusivos de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA).
La contradicción entre su discurso de extracción popular y los lujos que ostenta —financiados históricamente al amparo de fondos de origen público y estructuras sindicales— terminó por hacer saltar sus resortes de contención.
Como si el panorama no estuviera lo suficientemente caldeado, el dirigente completó la faena soltándole la mano de manera brutal a su propio representante legal, el reconocido penalista Diego Storto.
Lejos de guardar la cortesía profesional que exige el derecho de defensa, Moyano habló pestes del letrado frente a las cámaras, dejándolo en ridículo e intentando desvincularlo a gritos de la estrategia del expediente. La escena confirmó una regla no escrita del micromundo del poder y los tribunales: cuando las papas queman de verdad, las lealtades del dirigente duran lo que un suspiro.