Hay magnitudes que superan la torpeza y entran de lleno en el terreno del insulto a la inteligencia colectiva. En medio de un sistema financiero asmático, sediento de liquidez y bajo la lupa de un mercado que no le respira la nuca sino la yugular, se evaporaron contablemente 4 billones de pesos de las cuentas del Banco Central. Ante el desconcierto generalizado y la exigencia lógica de explicaciones, el presidente de la autoridad monetaria, Santiago Bausili, eligió el cinismo de mostrador: "No creo que hayan desaparecido. Si buscamos bien, en algún lado están. Son bastantes como para no encontrarlos".
La chicana no es graciosa; es la radiografía exacta de una gestión a la deriva que maneja el Estado nacional como si administrara la caja chica de un kiosco de barrio. Mientras la calle se ahoga por la escasez de circulante, los bancos sufren un estrés fenomenal y las operaciones oscuras entre el Palacio de Hacienda y el Central se multiplican para tapar agujeros cambiarios, la respuesta oficial frente a los fondos fantasma es encogerse de hombros. Derivar la pelota al Tesoro no los exime de la culpa; los desnuda.
Este gobierno llegó agitando las banderas de la transparencia radical, la seriedad técnica y el fin de la timba contable. Sin embargo, a la hora de rendir cuentas, demuestran que su pretendida revolución liberal no era más que un esquema improvisado de timberos conchabados, incapaces de rastrear millones de millones de pesos sin que se les desordene la estantería. Si cuatro billones desaparecen y vuelven a aparecer según sople el viento de la timba financiera, lo único que está verdaderamente perdido es la brújula moral y técnica de una administración inepta que convirtió la economía argentina en un gigantesco juego de escondite con la plata ajena.
La opacidad operativa expone también un festival de ingeniería financiera clandestina entre el Ministerio de Economía y la autoridad monetaria. Mientras manipulan depósitos y encubren la escasez de liquidez con maniobras opacas, el Banco Central opera como una caja negra hermética donde los recursos públicos se evaporan y reaparecen al ritmo de la timba.
Esta negligencia deliberada confirma que el supuesto rigor fiscal no es más que una fachada contable sostenida a base de prestidigitación y parches.
Un gobierno que se jacta de sanear la economía mientras pierde billones en un truco de magia berreta demuestra que su única política de Estado es la desidia, la improvisación cínica y el desprecio absoluto por los dineros ajenos.