Jorge Ferraresi se asegura una fortuna mensual mientras los trabajadores municipales hacen malabares para sobrevivir. Se trata de una escandalosa jugada donde el mandatario comunal percibirá doce millones de pesos mensuales.
El festival de la billetera estatal sigue su curso imparable en los rincones más custodiados del conurbano profundo. En Avellaneda, la casta municipal parece no conocer la crisis ni las restricciones presupuestarias que pregona la política. El histórico mandamás territorial, Jorge Ferraresi, decidió crear una nueva secretaría a su medida para acomodar las fichas de su armado personal y, de paso, asegurarse un sueldo sideral que revuelve el estómago de cualquier laburante.
Los números finos de esta jugada revelan que el jefe comunal percibirá una remuneración que lo convierte en uno de los funcionarios mejor pagos de toda la administración bonaerense.
Jorge Ferraresi cobrará nada menos que doce millones de pesos mensuales. Semejante cifra convierte al despacho local en una de las cajas más lucrativas y blindadas para la dirigencia política, en un contexto donde los vecinos apenas logran cubrir la canasta básica.
El contraste con la realidad dramática que se vive en las calles de la Provincia de Buenos Aires es sencillamente brutal. Mientras los empleados rasos del distrito mendigan una paritaria digna y hacen malabares para sobrevivir, el intendente multiplica sus ingresos creando estructuras burocráticas totalmente innecesarias.
La justificación formal de la nueva dependencia estatal es tan vaga que resulta un insulto a la inteligencia de los contribuyentes. La nueva secretaría es apenas una pantalla para la rosca política. Utilizan los recursos públicos como un botín de guerra personal para sostener estructuras militantes y garantizar la paz interna del clan Ferraresi.
Los barones del conurbano demostraron una vez más que las penurias económicas del país solo aplican para el pueblo trabajador. Los privilegios de la "vieja política" gozan de excelente salud en Avellaneda. A pesar de los discursos declamativos sobre austeridad, los despachos oficiales se transformaron en agencias de colocación VIP para los leales de siempre.
La bronca acumulada en los barrios no tardó en hacerse sentir. El vecindario paga tasas carísimas que ahora sirven para financiar sueldos millonarios.
La voracidad fiscal del municipio solo tiene como objetivo mantener una superestructura de funcionarios que viven alejados de la realidad cotidiana, mientras los servicios básicos sufren el abandono.
Un dato alarmante es que la dirigencia opositora observa con total complicidad estas maniobras. Ningún sector importante se anima a denunciar a fondo el vaciamiento de las arcas comunales por temor a perder cuotas de poder. Existe un pacto de silencio corporativo que protege los privilegios de los intendentes, porque nadie quiere agitar un avispero que todos terminan usando en algún momento.
El modelo de gestión feudal en Avellaneda se consolida a base de chequera gorda y nombramientos discrecionales a espaldas del Concejo Deliberante.
La lapicera del intendente no conoce frenos ni controles institucionales. El distrito funciona como una estancia privada donde el mandamás dispone del presupuesto público con absoluta y total impunidad.
Este tipo de sueldos de elite blindan la subsistencia de la casta política mientras se ajusta a los abuelos y a los sectores productivos. Cada nueva secretaría creada a medida es un clavo más en el ataúd de la credibilidad democrática y la justicia distributiva.