Javier Milei volvió a quedar atrapado en la contradicción que mejor define a su gobierno: predica libertad mientras intenta imponer una única manera de pensar. El episodio protagonizado en el colegio ORT expuso, una vez más, la distancia obscena entre el discurso oficial contra el supuesto adoctrinamiento escolar y la utilización política de una institución educativa para transmitir su propio credo ideológico. El problema ya no es solamente lo que Milei dice. Es la brutal diferencia entre lo que exige cuando hablan los demás y lo que se permite hacer cuando habla él.
En 2024, el Gobierno anunció medidas para combatir el adoctrinamiento en las escuelas y llegó a promover mecanismos para denunciarlo. El Ministerio de Capital Humano difundió incluso una línea telefónica, el 0800-222-1197, bajo una consigna que pretendía resumir toda su filosofía educativa: “Educar no es imponer”. La frase parecía destinada a marcar un límite: la escuela debía quedar al margen de la militancia partidaria y de cualquier intento de imponer una determinada visión política. El principio, en abstracto, puede resultar razonable. El problema aparece cuando quienes lo proclaman parecen considerarlo válido únicamente para sus adversarios.
Porque cuando el Presidente ingresa a una institución educativa y utiliza ese escenario para desplegar su interpretación política de la realidad frente a estudiantes adolescentes, la pregunta inevitable es qué entiende el Gobierno por “adoctrinamiento”. Si la política debe quedar afuera del aula, debería quedar afuera independientemente de quién la pronuncie. Si educar no es imponer, la regla tampoco puede cambiar según quién tenga el micrófono. La democracia no funciona con una vara para los otros y otra para el oficialismo.
El episodio adquiere todavía mayor gravedad por la edad de los destinatarios y por el lugar elegido. Una escuela no es un acto partidario ni una tribuna electoral. Es un espacio destinado al aprendizaje, al intercambio de ideas y a la formación de ciudadanos capaces de pensar críticamente. El Presidente tiene todo el derecho de defender sus ideas, explicar su programa y confrontar con quienes lo critican. Pero una cosa es argumentar y otra muy distinta convertir la autoridad presidencial en una herramienta de disciplinamiento simbólico dentro de una institución educativa.
La escena más preocupante, según los registros difundidos del encuentro, fue la referencia a los trabajadores de prensa y el incentivo al abucheo. Allí la discusión deja de ser exclusivamente educativa y pasa a tocar un nervio central de cualquier democracia: la relación del poder con quienes tienen la obligación de cuestionarlo. Un gobierno que acusa a sus adversarios de adoctrinar, pero al mismo tiempo celebra la hostilidad hacia periodistas que no le son afines, termina revelando una concepción bastante particular de la libertad: libertad para hablar cuando el discurso coincide con el poder y sospecha, ataque o desprecio cuando lo contradice.
Ese doble estándar es el verdadero problema. Porque la libertad no consiste en tener un Presidente que pueda hablar sin límites mientras el resto aprende a callarse. La libertad también protege al periodista que incomoda, al docente que cuestiona, al estudiante que piensa distinto y al ciudadano que no aplaude. Y una democracia saludable necesita precisamente esos desacuerdos para no transformarse en una ceremonia permanente de obediencia.
Milei construyó buena parte de su identidad política denunciando el supuesto monopolio ideológico de quienes gobernaron antes. Prometió romper con el pensamiento único, devolverle autonomía al individuo y liberar a la sociedad de cualquier forma de imposición. Sin embargo, cuando el poder empieza a utilizar instituciones, discursos y símbolos públicos para descalificar al que piensa diferente, la contradicción deja de ser retórica y se convierte en política.
El Gobierno debería decidir qué quiere defender: una educación verdaderamente libre, donde nadie adoctrine y todos puedan pensar; o una escuela donde el adoctrinamiento solamente sea condenable cuando proviene del adversario. Porque si “educar no es imponer” vale para todos menos para Milei, entonces aquella consigna no era un principio. Era simplemente otro eslogan. Y detrás de los eslóganes, cuando desaparece la coherencia, queda desnudo el verdadero rostro del poder.