Faltaban pocos minutos para las nueve de la noche cuando Cristina Fernández de Kirchner llegó a su domicilio de Juncal y Uruguay, en Recoleta. Hacía días que militantes permanecían allí para acompañarla frente al avance de la causa Vialidad.
La escena parecía repetida: saludos, celulares levantados, banderas, abrazos y una dirigente política caminando entre la multitud. Hasta que una pistola apareció a centímetros de su cabeza.
El arma era una Bersa calibre .32. La empuñaba Fernando Sabag Montiel, quien consiguió colocarse prácticamente frente a la entonces vicepresidenta.
Apuntó. Gatilló. La bala no salió. Ese detalle, que parece una cuestión mecánica, terminó separando la historia argentina en un antes y un después.
La diferencia entre un intento de magnicidio y un asesinato consumado fue una bala que no ingresó a la recámara.
Las imágenes del momento recorrieron el mundo. Sabag Montiel fue reducido casi inmediatamente por militantes que se encontraban alrededor.
Entre ellos estuvieron Marcelo “Jirafa” Fernández y Federico García, quienes colaboraron para inmovilizarlo y entregarlo a la Policía. El arma terminó en el piso y fue localizada poco después.
La entonces vicepresidenta, increíblemente, ni siquiera había comprendido inicialmente lo que acababa de suceder. Estaba concentrada en recuperar un ejemplar de su libro que había caído al suelo.
Cristina no supo que habían intentado matarla hasta después de que el peligro había pasado.
Ese dato todavía estremece: mientras miles de personas observaban a la dirigente, alguien había logrado introducirse entre ellas con un arma cargada.
Desde las primeras horas hubo una pregunta que atravesó todo el expediente: ¿se trató de un ataque ejecutado por un pequeño grupo de fanáticos o existió una estructura detrás?
La Justicia logró reconstruir la intervención de Sabag Montiel, Brenda Uliarte y Nicolás Carrizo, conocidos públicamente como “Los Copitos” por su actividad como vendedores ambulantes.
Pero la investigación sobre eventuales autores intelectuales, financistas o conexiones políticas nunca alcanzó el mismo resultado.
La Justicia consiguió condenar a quienes quedaron más cerca del arma, pero no logró determinar quién pudo haber estado detrás del ataque.
Y esa diferencia es el corazón de la discusión cuatro años después.
Sabag Montiel fue detenido esa misma noche. Durante la investigación admitió haber querido matar a Cristina Kirchner. En una evaluación psicológica llegó a afirmar que “Dios no quiso que muriera”.
La investigación también reconstruyó mensajes y conversaciones que mostraban que la idea de atacar a la entonces vicepresidenta no apareció espontáneamente aquella noche.
El expediente judicial descartó la idea de un simple impulso improvisado.
El juicio oral comenzó en 2024 ante el Tribunal Oral Federal N° 6 y contó con una enorme cantidad de testimonios y pruebas digitales. Finalmente, en octubre de 2025, Sabag Montiel fue condenado por el intento de homicidio.
La pena específica por el atentado fue de 10 años, pero al unificarse con otra condena previa alcanzó los 14 años de prisión.
La segunda condenada fue Brenda Uliarte, entonces pareja de Sabag Montiel. La investigación determinó que tuvo participación necesaria en el intento de asesinato y que estuvo vinculada al atacante antes, durante y después del hecho.
Los investigadores encontraron comunicaciones que demostraban que el discurso violento no era patrimonio exclusivo de Sabag Montiel.
La causa judicial estableció que Uliarte no fue una espectadora inocente del ataque.
El Tribunal Oral Federal N° 6 la condenó a 8 años de prisión, pena que se sumó a una sanción menor vinculada con la tenencia de documentación ajena, quedando una pena unificada de 8 años y 2 meses.
Acá la historia cambia. Nicolás Carrizo, señalado durante la investigación como referente de “Los Copitos”, pasó más de tres años detenido preventivamente.
Pero cuando llegó el juicio oral, la acusación contra él perdió sustento. Finalmente fue absuelto.
El hombre que durante años apareció presentado como una pieza central terminó saliendo del juicio sin condena por el atentado.
Carrizo había pasado más de tres años preso y, después de recuperar la libertad, dejó una frase que sintetizó su situación: nadie podía devolverle ese tiempo.
Su absolución es uno de los puntos más incómodos de la causa porque muestra cuánto cambió la hipótesis judicial entre la instrucción y el juicio.
Si hay un objeto que resume las irregularidades y las controversias de esta investigación es el teléfono de Sabag Montiel.
El aparato podía contener información sobre contactos, comunicaciones, recorridos, mensajes y eventuales vínculos.
Pero durante las primeras horas posteriores a la detención ocurrió algo inexplicable: el dispositivo fue reseteado y quedó prácticamente inutilizado para la investigación.
La principal evidencia digital del atacante terminó convertida en un teléfono prácticamente vacío.
La cadena de custodia y las decisiones tomadas alrededor del aparato fueron cuestionadas durante años. La investigación sobre las responsabilidades por ese borrado terminó archivada en 2025, sin responsables identificados.
Y ahí aparece una pregunta periodística inevitable: ¿cómo puede desaparecer información potencialmente decisiva del celular del principal acusado de un intento de magnicidio sin que nadie responda por ello?
Como si el expediente necesitara una nueva dosis de desconcierto, este año apareció otro dato. Una investigación realizada por Gendarmería Nacional determinó que el teléfono de Sabag Montiel registró actividad en el Abasto Shopping cuando el acusado ya estaba detenido.
El hallazgo no demuestra por sí mismo quién manipuló el dispositivo ni qué ocurrió exactamente. Pero sí abrió un nuevo interrogante sobre la cadena de custodia del aparato.
Cuatro años después, el teléfono que había quedado inutilizado volvió a convertirse en una pieza incómoda de la investigación.
La jueza María Eugenia Capuchetti ordenó nuevas medidas para intentar esclarecer ese episodio. Y la discusión volvió al mismo lugar: ¿quién tuvo acceso al dispositivo y qué ocurrió durante las primeras horas posteriores al atentado?
La jueza federal María Eugenia Capuchetti quedó desde el comienzo al frente de la investigación. Su actuación fue cuestionada por la querella de Cristina Kirchner y por dirigentes del entonces oficialismo.
El episodio del celular fue uno de los principales argumentos utilizados para cuestionar su trabajo y hasta se promovieron pedidos de juicio político.
La jueza quedó atrapada entre quienes denunciaron una investigación incompleta y quienes defendieron que no había elementos para apartarla.
Pero hay un dato importante que también debe ser contado. En abril de 2026, la Comisión de Disciplina del Consejo de la Magistratura desestimó una denuncia contra Capuchetti por su actuación en el expediente.
Es decir: las críticas políticas y periodísticas a su desempeño no terminaron convirtiéndose en una sanción institucional. La Justicia cuestionada terminó siendo, a la vez, una Justicia que no fue sancionada por su actuación en la causa.
Uno de los capítulos más controvertidos fue el que involucró al entonces diputado del PRO Gerardo Milman. Un testigo declaró haberlo escuchado decir, antes del atentado, una frase que luego se transformó en una de las principales líneas de investigación.
El expediente investigó si Milman había tenido información previa o algún tipo de participación. Milman negó cualquier vinculación con el ataque.
La pista política existió como hipótesis judicial, pero nunca logró transformarse en una prueba de participación criminal.
La jueza Capuchetti terminó archivando esa investigación por falta de elementos que permitieran vincularlo con el atentado.
En junio de 2026, la Cámara de Casación rechazó un planteo de la querella relacionado con esa pista.
Esto debe decirse con absoluta claridad: Milman no fue condenado ni quedó judicialmente establecido que haya participado del atentado.
La sospecha política y periodística no puede confundirse con una responsabilidad penal que la Justicia no probó.
Antes y después del atentado apareció otro nombre colectivo: Revolución Federal. La agrupación había protagonizado manifestaciones violentas y acciones de fuerte contenido intimidatorio contra dirigentes kirchneristas.
Hubo escraches, amenazas y concentraciones con símbolos como guillotinas. La Justicia investigó si existía algún vínculo entre ese universo político y los atacantes.
La pregunta nunca fue solamente quién disparó, sino qué clima político permitió que una amenaza semejante dejara de ser una consigna y se convirtiera en un arma.
Durante el juicio oral también declaró Jonathan Morel, uno de los referentes de Revolución Federal, quien negó conocer a los integrantes de “Los Copitos” y rechazó cualquier relación con el ataque. Hasta hoy, esa conexión no fue judicialmente probada.
El atentado ocurrió en un momento de extrema polarización. La causa Vialidad había colocado a Cristina Kirchner en el centro de una batalla política y judicial de enorme intensidad.
El fiscal Diego Luciani había pedido 12 años de prisión e inhabilitación perpetua para ejercer cargos públicos.
En las calles se mezclaban militancia, enfrentamiento político, discursos de odio y una creciente radicalización.
El atentado no nació en un vacío político: ocurrió en una Argentina atravesada por un nivel extraordinario de confrontación.
Pero una cosa es analizar el clima político y otra muy distinta atribuirle responsabilidad penal a dirigentes o espacios políticos sin pruebas.
La investigación judicial debe establecer hechos, no confirmar relatos partidarios.
El balance judicial, a septiembre de 2026, es concreto. Sabag Montiel fue condenado. Uliarte fue condenada. Carrizo fue absuelto por el atentado. La investigación sobre la posible participación de autores intelectuales o financistas no produjo una condena.
La Justicia llegó hasta los ejecutores inmediatos, pero el interrogante sobre una eventual estructura superior continúa abierto.
Y esa pregunta no pertenece solamente al kirchnerismo. Pertenece al sistema democrático. Porque si realmente hubo una estructura política o económica detrás de un intento de matar a una vicepresidenta, el Estado tiene la obligación de descubrirla. Y si no la hubo, también tiene la obligación de demostrarlo con pruebas.
Hay además un capítulo judicial todavía pendiente. La Cámara Federal de Casación Penal debe resolver un planteo de la Unidad Fiscal Especializada en Violencia contra las Mujeres (UFEM) para determinar si el ataque debe ser considerado una modalidad de violencia de género y si corresponde revisar las penas.
La Sala II aceptó analizar ese planteo en abril de este año. Cuatro años después, la discusión jurídica sobre cómo calificar el ataque todavía no terminó. No es un detalle menor.
La eventual incorporación de un agravante vinculado con violencia de género podría modificar la valoración jurídica de los hechos y eventualmente las penas.
La pregunta más potente sigue siendo también la más difícil. ¿Quién pudo haber financiado o instigado el ataque? La respuesta oficial hasta ahora es: no está probado.
Eso no significa que exista un autor intelectual oculto. Tampoco significa que la hipótesis sea necesariamente falsa. Significa algo mucho más incómodo: cuatro años después, la Justicia no logró probar esa parte de la historia.
En un intento de magnicidio, lo que no pudo probarse también forma parte de la noticia.
Y hay que decirlo sin fanatismos. Porque una democracia seria necesita saber quién intentó matar a una vicepresidenta, pero también necesita que las acusaciones contra terceros estén respaldadas por evidencia.
El atentado produjo una conmoción institucional inmediata. Hubo condenas prácticamente unánimes durante las primeras horas, aunque la grieta política volvió rápidamente a ocupar el centro de la escena.
Con el paso de los años, el episodio terminó incorporándose a la batalla narrativa argentina. Para el kirchnerismo, el atentado fue un punto de inflexión que nunca fue investigado completamente.
Para otros sectores, la causa judicial demostró que los responsables fueron identificados y condenados, mientras las hipótesis sobre una trama política superior no pudieron ser probadas.
El atentado terminó convirtiéndose también en una disputa sobre qué verdad política debía sobrevivir.
Y quizá ahí esté uno de los grandes fracasos institucionales de estos cuatro años. Porque un magnicidio frustrado debería generar una verdad judicial suficientemente sólida como para que la discusión política no tenga que llenar los agujeros que dejó la investigación.
Hoy, cuatro años después, Cristina Kirchner cumple prisión domiciliaria por la condena firme en la causa Vialidad. Ese dato modifica inevitablemente el contexto político de la conmemoración. Pero no modifica el hecho histórico.
El 1 de septiembre de 2022, un hombre consiguió apuntarle con un arma cargada a centímetros de la cabeza de la entonces vicepresidenta.
Eso ocurrió. Está filmado. Está probado. Y no puede convertirse en una anécdota de la grieta.
La democracia argentina sobrevivió aquella noche. Pero sobrevivir no significa haber aprendido.
Una sociedad que naturaliza amenazas, escraches, discursos violentos y la eliminación simbólica del adversario puede terminar creando las condiciones para que algún fanático vuelva a transformar una consigna en un acto criminal.
Quizás la pregunta definitiva no sea solamente quién estuvo detrás de Sabag Montiel. También sea qué pasó con el Estado después de que el arma apareció en el piso.
- Qué pasó con el teléfono.
- Qué pasó con las líneas de investigación.
- Qué pasó con las conexiones políticas que nunca llegaron a probarse.
- Qué pasó con los interrogantes que quedaron afuera del juicio oral.
Cuatro años después, el atentado tiene condenados, pero todavía conserva demasiadas preguntas.
Y para una democracia que estuvo a centímetros de perder a una de sus principales dirigentes políticas, eso debería ser una preocupación de todos. No solamente de quienes votan a Cristina. No solamente de quienes la detestan. De todos.
Lo que tenés que saber sobre el atentado contra Cristina Kirchner
- El ataque ocurrió el 1 de septiembre de 2022, frente al domicilio de Cristina Kirchner en Recoleta.
- Fernando Sabag Montiel apuntó con una pistola Bersa calibre .32 y gatilló a centímetros de la cabeza de la entonces vicepresidenta.
- El disparo no salió porque el proyectil no había ingresado correctamente en la recámara.
- Brenda Uliarte fue condenada como partícipe necesaria.
- Nicolás Carrizo fue absuelto en el juicio por el atentado.
- Sabag Montiel recibió 10 años por el atentado y una pena unificada de 14 años por otra causa.
- Uliarte recibió 8 años, con una pena unificada de 8 años y 2 meses.
- El teléfono de Sabag Montiel fue reseteado durante la investigación inicial y posteriormente quedó imposibilitado de ser analizado completamente.
- La investigación sobre las responsabilidades por el borrado del teléfono terminó archivada sin responsables en 2025.
- En 2026, Gendarmería detectó actividad del teléfono en el Abasto Shopping mientras Sabag Montiel estaba detenido.
- La jueza María Eugenia Capuchetti fue cuestionada por el manejo de la investigación, pero el Consejo de la Magistratura desestimó en 2026 una denuncia contra ella.
- La pista relacionada con Gerardo Milman fue archivada por falta de pruebas y la Casación rechazó en 2026 un planteo vinculado con esa investigación.
- La Sala II de Casación debe resolver si corresponde considerar el ataque como una modalidad de violencia de género y revisar eventualmente las penas.
- La posible existencia de autores intelectuales o financistas no fue probada judicialmente hasta el momento.