El 1 de septiembre no es una fecha cualquiera para Libia. Hace 57 años, un grupo de jóvenes oficiales encabezados por Muammar Gadafi derrocó a la monarquía de Idris I y puso fin al régimen que gobernaba el país desde su independencia.
La revolución comenzó en las primeras horas del 1 de septiembre de 1969 y cambió para siempre la historia libia. Gadafi tenía apenas 27 años. Había nacido cerca de Sirte, sobre el Mediterráneo, una ciudad ubicada a mitad de camino entre Trípoli y Bengasi, las dos grandes referencias urbanas del país. Sirte terminaría convirtiéndose décadas después en el escenario final de aquella revolución.
La monarquía libia había sido instaurada después de la independencia de 1951, con Idris como rey. El descubrimiento y explotación del petróleo transformaría completamente la economía del país. La discusión central pasó a ser quién controlaba esa riqueza y para qué se utilizaba.
Gadafi y los oficiales que lo acompañaron llegaron al poder bajo una fuerte influencia del nacionalismo árabe de Gamal Abdel Nasser, el líder egipcio que había convertido la soberanía nacional y el control de los recursos estratégicos en banderas políticas.
Pero la experiencia libia tomaría su propio camino. En 1977 se proclamó la Jamahiriya Árabe Libia Popular y Socialista, un sistema que Gadafi presentó como una forma de gobierno basada en congresos y comités populares.
La teoría era que el poder debía ser ejercido directamente por las masas y no por una estructura partidaria tradicional. La experiencia fue controvertida y, con el paso de los años, terminó concentrando enormes cuotas de poder alrededor de Gadafi y su círculo. Pero hay otra parte de la historia que tampoco puede ser borrada.
Durante las décadas de Gadafi, los ingresos petroleros permitieron financiar una expansión significativa de infraestructura y servicios públicos.
Los datos internacionales muestran que Libia llegó a tener indicadores sociales altos dentro de África. Para 2010, por ejemplo, la expectativa de vida estaba alrededor de los 70 años y el país tenía un ingreso externo considerable asociado a sus exportaciones energéticas.
La renta petrolera se convirtió en la principal herramienta de construcción del Estado libio. Vivienda subsidiada, educación pública, atención sanitaria y grandes obras de infraestructura fueron parte del modelo.
La famosa consigna atribuida al proyecto político de Gadafi era simple: la riqueza del subsuelo debía transformarse en derechos sociales para quienes habitaban el país.
Eso alcanza para explicar por qué una gran parte de los libios todavía reivindica aquella etapa.
Gadafi intentó convertir sus ideas políticas en doctrina mediante el Libro Verde, publicado en tres partes entre 1975 y 1979. Allí desarrolló una crítica tanto del capitalismo como del comunismo soviético y propuso una tercera vía basada en la participación popular, el control de los recursos y una concepción particular de la democracia.
Fue una experiencia política profundamente heterodoxa y difícil de encajar en las categorías tradicionales de izquierda y derecha. Fue un modelo muy parecido al peronismo argentino.
Para algunos fue una construcción autoritaria revestida de retórica popular. Para otros, una experiencia de soberanía nacional que permitió a Libia utilizar su riqueza petrolera para mejorar las condiciones de vida de su población. La historia, como suele ocurrir, es bastante más incómoda que cualquiera de esas dos caricaturas.
La relación con Estados Unidos fue particularmente conflictiva. Libia quedó enfrentada durante años con Washington y otras potencias occidentales, especialmente después de diversos episodios de terrorismo internacional y enfrentamientos geopolíticos.
En abril de 1986, Estados Unidos lanzó la operación El Dorado Canyon, bombardeando objetivos en Trípoli y Bengasi. La confrontación entre Gadafi y Ronald Reagan había llegado a un punto de máxima tensión.
La operación estadounidense produjo muertos civiles y militares libios, y una de las víctimas fue una hija adoptiva de Gadafi, según las autoridades libias de entonces.
La fecha importa porque suele aparecer deformada en la memoria política: el ataque estadounidense fue en 1986, no en 1985.
Durante los años 90, Libia quedó sometida a fuertes sanciones internacionales. Pero Gadafi comenzó posteriormente un proceso de reinserción internacional. Después de los acuerdos sobre Lockerbie y el abandono de determinados programas de armas, Libia empezó a recuperar vínculos con Occidente.
En los años siguientes llegaron empresas petroleras, inversiones extranjeras y acuerdos comerciales. El antiguo enemigo de Washington volvió a sentarse con los gobiernos europeos que durante años lo habían demonizado. Hasta que llegó 2011.
Las protestas de 2011 comenzaron en el contexto de la Primavera Árabe. La respuesta oficial fue violenta y rápidamente Libia entró en una guerra civil.
El Consejo de Seguridad de Naciones Unidas aprobó la Resolución 1973, que autorizó medidas para proteger a la población civil y estableció una zona de exclusión aérea.
La OTAN inició una campaña aérea. La intervención terminó inclinando militarmente la balanza contra Gadafi.
Ocho meses después del comienzo de la rebelión, la revolución de 1969 había terminado de manera brutal. El 20 de octubre de 2011, Gadafi fue capturado y murió en las cercanías de Sirte.
La propia ONU informó posteriormente que las circunstancias de su muerte y la de su hijo Mutassim requerían investigación, y que existían reportes de ejecuciones y posibles crímenes de guerra durante la batalla final.
El jueves 27 de octubre de 2011, el Consejo de Seguridad dio por terminada la autorización internacional que había permitido la campaña militar de la OTAN.
Acá aparece la pregunta que todavía incomoda a Occidente. ¿Qué pasó con Libia después? La caída de Gadafi no produjo rápidamente el Estado democrático, estable y próspero que algunos gobiernos occidentales prometían.
Libia terminó fragmentada entre gobiernos rivales, milicias, fuerzas armadas enfrentadas y estructuras de poder territoriales.
El petróleo siguió siendo la principal riqueza estratégica. Pero el Estado perdió capacidad de control sobre enormes porciones del territorio.
La Libia posterior a 2011 se convirtió además en uno de los principales escenarios de tránsito de migrantes hacia Europa y quedó atrapada en una interminable disputa por el poder.
La intervención había terminado. El problema era que nadie había resuelto qué hacer con el país que quedaba después.
Hay una ironía histórica difícil de ignorar. Sirte fue la tierra natal de Gadafi. Y terminó siendo también el escenario de su caída.
La ONU señaló que la caída de Sirte fue uno de los acontecimientos decisivos que precedieron a la declaración de liberación de Libia en octubre de 2011.
El lugar que había visto nacer al líder terminó viendo caer al hombre que durante 42 años había gobernado Libia.
La imagen es demasiado poderosa para no recordarla cada 1 de septiembre.
La historia no terminó con Muammar. El martes 3 de febrero de 2026 fue asesinado Saif al-Islam Gadafi, uno de los hijos de Muammar y figura que había intentado regresar a la política libia. La Fiscalía libia confirmó que murió por heridas de bala y abrió una investigación para identificar a los responsables.
Su muerte volvió a poner sobre la mesa la violencia política que continúa atravesando al país. Y también reabrió una pregunta sobre el futuro de quienes reivindican la experiencia política de la Jamahiriya. Porque matar a una persona no necesariamente mata la memoria política que esa persona representa.
Hay un elemento de este relato que ninguna estadística puede reemplazar.
Quien escribe estas líneas lo hace escuchando Héctor Antonio Arias, a un argentino que asegura conocer Libia desde los 19 años y haber regresado a ese país muchas veces durante décadas. No habla solamente desde los libros.
Habla desde una experiencia personal construida durante años de contacto con la sociedad libia. Y desde esa mirada sostiene que existe una parte del pueblo libio que recuerda aquella época como un tiempo de estabilidad, dignidad y derechos sociales.
El lunes 1 de septiembre de 1969 comenzó una revolución que pretendió construir una Libia soberana, independiente y dueña de su petróleo. Duró 42 años. Terminó con una intervención internacional, una guerra civil y el asesinato de su líder.
Quince años después de aquella caída, Libia todavía no encontró una fórmula estable para reemplazar el Estado que desapareció con Gadafi.
Por eso cada 1 de septiembre vuelve la discusión. No para convertir a Gadafi en un santo. Tampoco para repetir la versión de sus enemigos. Sino para hacer una pregunta mucho más incómoda: ¿Es Libia mejor o peor después de destruir aquello que había construido Gadafi durante cuatro décadas?
La respuesta no debería salir de Washington, París, Londres ni Moscú. Debería salir de los propios libios. Porque las revoluciones pueden ser derrotadas. Los gobiernos pueden caer. Los líderes pueden morir. Pero cuando un pueblo conserva la memoria de una época, ninguna bomba consigue destruirla.
Lo que tenés que saber sobre la Revolución del 1 de septiembre
- El golpe contra la monarquía libia comenzó el lunes 1 de septiembre de 1969.
- Muammar Gadafi tenía 27 años cuando encabezó el movimiento de oficiales que tomó el poder.
- Gadafi había nacido cerca de Sirte, ciudad que décadas después sería escenario de su captura y muerte.
- En 1977 se proclamó la Jamahiriya Árabe Libia Popular y Socialista.
- El petróleo fue la principal fuente de financiación del modelo económico y social libio.
- Estados Unidos bombardeó Trípoli y Bengasi en abril de 1986, durante la presidencia de Ronald Reagan.
- En 2011, el Consejo de Seguridad autorizó una intervención internacional; posteriormente la OTAN desarrolló una campaña aérea.
- Gadafi murió el jueves 20 de octubre de 2011, después de ser capturado cerca de Sirte. La ONU pidió investigar las circunstancias de su muerte.
- Saif al-Islam Gadafi murió por heridas de bala en febrero de 2026; la Fiscalía libia investiga el asesinato.
- La Libia posterior a 2011 continúa atravesada por una profunda fragmentación política y militar.
- La valoración histórica de Gadafi sigue siendo profundamente importante: sus defensores destacan soberanía y políticas sociales.