martes 8 de septiembre de 2026 - Edición Nº5666

Política | 8 Sep

A SIETE AÑOS

El día que D10S se hizo Tripero: 35 mil almas recibieron a Maradona y el Bosque fue el centro del mundo

12:24 |Fue el domingo 8 de septiembre de 2019. Diego estaba recién operado de una rodilla, caminaba con dificultad y Gimnasia peleaba desesperadamente por no descender. Nada importó. Desde la madrugada, una multitud tomó 60 y 118 solamente para verlo aparecer. Hubo bengalas, lágrimas, fuegos artificiales, camisetas argentinas mezcladas con las del Lobo y cientos de periodistas llegados desde distintos lugares del planeta. A las 13.53, Maradona salió por la Boca del Lobo, miró las tribunas y pronunció cuatro palabras que quedaron para siempre: “Estoy en mi casa”. Siete años después, Gimnasia lo recordó con una frase que explica mejor que cualquier estadística aquella historia de amor: “Quien ama no olvida”.



8 de septiembre de 2019


Hay días importantes en la historia de un club. Y después están aquellos que ya no pertenecen solamente al club. El 8 de septiembre de 2019 fue uno de ellos. Gimnasia y Esgrima La Plata estaba atravesando una situación deportiva desesperante. El descenso era una amenaza concreta y la tabla de promedios condicionaba cada partido.

Entonces sucedió algo que parecía imposible. Diego Armando Maradona aceptó dirigir a Gimnasia. El campeón del mundo. El capitán del 86. El hombre del gol a los ingleses. El futbolista argentino más famoso del siglo XX. Maradona volvía a dirigir en el fútbol argentino después de 24 años. Y elegía al Lobo.

La Plata entendió inmediatamente que no estaba ocurriendo algo normal. La noticia desbordó al club. La llegada de Diego produjo una explosión de socios, hinchas buscando camisetas y periodistas intentando acreditarse. La presentación iba a realizarse el domingo en el estadio Juan Carmelo Zerillo.

No había partido. No había puntos. No había rival. Sólo iba a aparecer Maradona. Y alcanzaba. Desde la madrugada comenzaron a llegar hinchas a 60 y 118. Las puertas tuvieron que abrirse antes de lo previsto ante la cantidad de gente acumulada alrededor del estadio.

Las calles se tiñeron de azul y blanco. Había camisetas de Gimnasia. Camisetas de la Selección. Camisetas con el 10. Familias enteras. Abuelos. Padres. Hijos. Triperos que habían visto al equipo en Primera, en la B, peleando campeonatos y sufriendo descensos. Todos esperaban al mismo hombre.


Una presentación sin partido y un Bosque repleto


Las estimaciones sobre la concurrencia varían según las fuentes de aquella jornada: algunas hablaron de más de 30 mil personas y las reconstrucciones posteriores de Gimnasia y medios platenses ubicaron la cifra por encima de de 35 mil hinchas.

La dimensión del acontecimiento también se medía afuera. Más de 700 medios participaron de la cobertura, mientras otros registros de aquellos días hablaron de alrededor de 800 solicitudes de prensa. La Plata se había convertido durante unas horas en una capital mundial del fútbol.

No por una final. No por un clásico. No por un campeonato. Por la presentación de un entrenador. Pero el entrenador era Maradona. Y apareció Diego. El momento finalmente llegó. Eran aproximadamente las 13.53. La multitud llevaba horas esperando.

Y entonces, desde aquella gigantesca manga con forma de cabeza de lobo, apareció él. Diego caminaba despacio. Había sido operado recientemente de la rodilla y todavía atravesaba la recuperación. Por eso Gimnasia había modificado incluso el lugar de ingreso de la tradicional Boca del Lobo: excepcionalmente fue instalada junto a la Platea Néstor Basile para evitar que Maradona tuviera que utilizar las escaleras del vestuario.

Fue una adaptación pequeña para un momento gigantesco. Cuando Diego asomó la cabeza, el Bosque explotó. Maradona lloró. Probablemente ésa sea una de las imágenes más poderosas de aquella tarde. Maradona había jugado frente a cien mil personas. Había levantado la Copa del Mundo. Había sido recibido por multitudes en Nápoles. Había visto estadios completos coreando su nombre. Pero aquel recibimiento lo quebró.

Avanzó con dificultad, observó las tribunas y se emocionó. Se abrazó con el entonces presidente de Gimnasia, Gabriel Pellegrino, y saludó al vicepresidente Alejandro Ferrer. Después subió al carrito que el club utilizaba para trasladar futbolistas lesionados y comenzó a recorrer el campo.

Alrededor suyo: bengalas, banderas, fuegos artificiales, papelitos, gritos, llanto. Y un solo nombre bajando desde las cuatro tribunas. Diego.


“Acá estoy en mi casa”


Llegó hasta el círculo central. Allí lo esperaban sus jugadores. También estaba Sebastián Méndez, su principal colaborador. Maradona tomó el micrófono. Y dijo una frase extraordinariamente sencilla: Acá estoy en mi casa”. Cuatro palabras. No hacía falta ninguna más. Había llegado hacía apenas unos días.

Nunca había jugado profesionalmente para Gimnasia. Todavía no había dirigido un solo partido. Pero Maradona acababa de comprender algo que probablemente también comprendieron los hinchas: aquello ya no era solamente un contrato.


“Ustedes me ayudaron a mí y yo los quiero ayudar”


Antes de salir al campo había ocurrido otro momento que con el tiempo adquiriría todavía mayor significado. Diego habló con los futbolistas. El equipo estaba hundido en una situación deportiva compleja. Necesitaba puntos. Necesitaba confianza. Necesitaba creer que todavía era posible. Maradona también atravesaba su propia batalla. Y les dijo: Ustedes me ayudaron a mí y yo los quiero ayudar”.

Vista siete años después, la frase parece explicar bastante bien aquella relación. Gimnasia necesitaba a Maradona. Pero quizás Maradona también necesitaba a Gimnasia.


“No soy ningún mago”


Después vendría la conferencia. Y allí apareció el Diego entrenador. No prometió milagros. Precisamente él, alrededor de quien toda aquella jornada parecía sobrenatural, dijo: “No soy ningún mago”. Su idea era mucho más terrenal: trabajar. Dejó en claro que pensaba estar en los entrenamientos y que jugarían quienes se esforzaran.

También explicó algo mucho más íntimo: necesitaba volver a pasar parte de sus últimos años en Argentina. Y pronunció otra frase: Hoy me sentí en el cielo”. El club tardó apenas unas horas en encontrar la respuesta perfecta. El Bosque es mi cielo”.


La camiseta argentina y la de Gimnasia se mezclaron


Las fotografías de aquella tarde conservan un detalle hermoso. En las tribunas no había solamente camisetas triperas. También estaban las celestes y blancas de Argentina. Padres con la camiseta del Lobo. Hijos con la 10 de la Selección. Familias enteras compartiendo las tribunas.

El archivo fotográfico de El Gráfico registró precisamente aquella convivencia: Gimnasia y Argentina mezclados en las tribunas esperando al mismo hombre. Era lógico. Ese día el Bosque tenía dos identidades superpuestas. Era la cancha de Gimnasia. Pero durante unas horas también fue la casa de Maradona.


La práctica más observada de la historia de Gimnasia


Después de los discursos ocurrió algo todavía más extraño. Había que entrenar. Los jugadores comenzaron una práctica abierta delante de aquella multitud. Cualquier ejercicio cotidiano parecía adquirir una importancia desmesurada simplemente porque Maradona estaba allí observando.

Diego daba indicaciones. Los hinchas cantaban. Los periodistas fotografiaban. Las cámaras transmitían. Y el mundo miraba. La presentación oficial terminó transformándose en una de las jornadas de mayor exposición internacional de la historia de Gimnasia.


El fenómeno Maradona cambió al club


La llegada tuvo consecuencias que fueron mucho más allá de la cancha. Cientos de hinchas hicieron filas para asociarse. La camiseta con el número 10 se convirtió en objeto de deseo. La sede de calle 4 recibió una afluencia extraordinaria.

Gimnasia pasó en cuestión de días de pelear contra una situación deportiva angustiante a aparecer en medios de todo el planeta. El descenso seguía allí. La tabla no había cambiado. Pero había cambiado algo intangible: el mundo sabía que Gimnasia existíaY sabía dónde quedaba el Bosque.


El debut sería contra Racing


Una semana después llegó el fútbol de verdad. El 15 de septiembre de 2019, Diego tuvo su estreno oficial como entrenador de Gimnasia frente a Racing. El resultado fue adverso. Y los primeros tiempos fueron difíciles. Porque aquella frase de la presentación era cierta: Maradona no era un mago.

No podía borrar con su presencia los problemas futbolísticos ni los números acumulados previamente por el equipo. Hubo derrotas. Hubo sufrimiento. Hubo cambios. Pero lentamente apareció otra cosa. Una relación.


El día que ganó y entró al vestuario bailando


La primera victoria llegó frente a Godoy Cruz, en Mendoza. Gimnasia ganó 4 a 2. Y Maradona entró al vestuario bailando. Era imposible separar al entrenador del personaje. Diego sufría las derrotas. Celebraba las victorias. Discutía. Abrazaba. Bailaba. Se emocionaba. Y el plantel empezó a sentirlo como propio.

El hombre que había llegado como la figura más universal del fútbol argentino comenzaba a transformarse simplemente en el técnico del Lobo.


Los cumpleaños en cada cancha


Después ocurrió otro fenómeno irrepetible. Cada vez que Gimnasia jugaba de visitante, el partido parecía convertirse en un homenaje a Maradona. Newell's. Boca. River. Independiente. Racing. Argentinos. Los clubes preparaban placas, camisetas, reconocimientos y ceremonias.

Dirigir a Gimnasia convirtió a Diego en una especie de embajador itinerante de su propia historia. Y Gimnasia viajaba con él. La camiseta azul y blanca aparecía en fotografías que daban la vuelta al mundo.


Y entonces llegó la pandemia


La temporada 2019/20 quedó atravesada por un hecho imposible de prever cuando Diego salió de aquella Boca del Lobo. El coronavirus detuvo el fútbol argentino. La competencia fue suspendida. Posteriormente se eliminaron los descensos de aquella temporada.

Gimnasia permaneció en Primera. Pero la pandemia también produjo algo doloroso: alejó a Maradona del Bosque llenoAquella multitud del 8 de septiembre adquiriría después otro significado. Porque el mundo de los estadios repletos desapareció de un día para otro.


Su último cumpleaños


El 30 de octubre de 2020, Diego cumplió 60 años. Gimnasia jugaba contra Patronato en el Bosque. Maradona apareció en el campo. Recibió homenajes. Pero su imagen preocupó. Estaba físicamente deteriorado. Se quedó apenas unos minutos y se retiró.

Fue la última vez que estuvo en una cancha. Menos de un mes después, el 25 de noviembre de 2020, Diego Armando Maradona murió. Tenía 60 años. Y entonces aquella tarde de septiembre dejó definitivamente de ser solamente una presentación. Se convirtió en memoria.


Gimnasia fue el último club de Diego


Hay un dato que ningún paso del tiempo podrá modificar. Maradona jugó en Argentinos Juniors, Boca, Barcelona, Napoli, Sevilla y Newell's. Dirigió a Mandiyú, Racing, la Selección argentina, Al Wasl, Fujairah, Dorados. Pero el último escudo que llevó en el pecho trabajando dentro de una cancha fue el de Gimnasia y Esgrima La Plata.

El último equipo que dirigió fue Gimnasia. Su último estadio fue el Bosque. Su último cumpleaños dentro de una cancha fue allí. Su última función dentro del fútbol profesional fue como entrenador del Lobo. Eso ya forma parte para siempre de las biografías de ambos.


La relación sobrevivió a Diego


Después de su muerte llegaron homenajes. Murales. Banderas. Canciones. Camisetas. Imágenes. El nombre de Maradona quedó incorporado a la memoria contemporánea del club. Y cada 8 de septiembre reaparece aquella tarde. En 2026, al cumplirse siete años, Gimnasia eligió una frase especialmente poderosa para recordarlo: Quien ama no olvida”. No hacía falta explicar mucho más.


Siete años después, basta mirar las imágenes


Diego aparece saliendo lentamente por la Boca del Lobo. Levanta una mano. Mira hacia las tribunas. Parece intentar comprender lo que está viendo. Pellegrino lo abraza. Lo suben al carrito. El vehículo avanza. Alrededor suyo explotan las bengalas. Los jugadores esperan en el círculo central. Miles de personas gritan. Y Maradona llora.


Aquel día Gimnasia ganó un pedazo enorme de la historia de Maradona


Ésa quizá sea la verdadera dimensión de lo ocurrido. Los resultados deportivos pueden discutirse. Los partidos se ganan y se pierden. Las campañas terminan. Los entrenadores se van. Las tablas se archivan. Pero existen cosas que un club obtiene y ya nadie puede quitarle. Diego eligió Gimnasia para volver al fútbol argentinoEligió el Bosque. Se puso la ropa del Lobo. Entrenó a sus jugadores. Defendió a su plantel. Celebró sus triunfos. Sufrió sus derrotas.

Y en aquella primera tarde, cuando todavía nada de eso había ocurrido, miró a miles de desconocidos que gritaban su nombre y dijo: Acá estoy en mi casa”. Siete años después resulta imposible escuchar esas palabras del mismo modo. Porque ahora sabemos algo que aquel domingo nadie podía saber. Maradona estaba entrando en el último club de su vida.


El día que el Bosque fue el mundo


En algún momento de aquella tarde la presentación terminó. Los periodistas guardaron sus cámaras. Los hinchas comenzaron a abandonar las tribunas. Las calles alrededor de 60 y 118 volvieron lentamente a la normalidad. Diego se fue. Al día siguiente había que entrenar. Había que jugar. Había que intentar salvar a Gimnasia.

Pero algo había quedado para siempre. Durante unas horas, un pequeño punto del mapa de La Plata concentró la mirada del fútbol mundial. No fue Wembley. No fue el Azteca. No fue el Camp Nou. No fue la Bombonera. No fue el San Paolo de Nápoles. Fue el Juan Carmelo Zerillo. Fue 60 y 118. Fue el Bosque.

Y allí, delante de una multitud tripera, el hombre que había sido campeón del mundo, que había derrotado a Inglaterra con los dos goles más famosos de la historia y que había hecho del fútbol una extensión de su propia vida, encontró todavía una emoción nueva.

Ese domingo 8 de septiembre de 2019, Diego dijo que se había sentido en el cielo. Gimnasia terminó demostrando que tenía razón. Porque durante aquella tarde, el cielo estuvo en el Bosque. Y siete años después, quien ama no olvida.

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