Ricardo Balbín nació el 29 de julio de 1904 en Buenos Aires, llegó muy joven a La Plata para estudiar Derecho y convirtió definitivamente a la capital bonaerense en su ciudad. Se afilió a la Unión Cívica Radical en 1922, a los 18 años, y se graduó como abogado en la Universidad Nacional de La Plata en 1927. Pocas figuras argentinas consiguieron ejercer semejante influencia política durante tanto tiempo sin haber ocupado jamás la Presidencia de la Nación.
Su vida terminó también en La Plata, el 9 de septiembre de 1981, a los 77 años, después de veinte días de internación en el sanatorio IPENSA y cuando la Argentina todavía se encontraba sometida a la última dictadura militar. Una multitud acompañó sus restos pese a las restricciones del régimen para las manifestaciones públicas.
Hasta su despedida terminó convirtiéndose, involuntariamente, en una demostración ciudadana en tiempos en que reunirse y expresarse públicamente todavía podía significar un desafío al poder.
Balbín perteneció al radicalismo prácticamente durante toda su vida adulta y terminó transformándose en uno de los grandes conductores de la historia partidaria. Fue diputado nacional, encabezó el célebre Bloque de los 44, presidió el Comité Nacional desde 1959 hasta su muerte y fue candidato presidencial en cuatro oportunidades: 1951, 1958 y las dos elecciones celebradas durante 1973.
Perdió todas las elecciones presidenciales que disputó, pero ninguna de aquellas derrotas consiguió convertirlo en una figura políticamente irrelevante.
En tiempos en que la política suele medirse por cargos conquistados, la trayectoria de Balbín ofrece una anomalía formidable: construyó poder sin necesidad de llegar a la cima del Estado.
Su autoridad provenía del partido, de la palabra, de una militancia sostenida durante décadas y de la representación de una tradición política que sobrevivió a gobiernos civiles, golpes militares y proscripciones. Balbín demostró que se puede perder una elección sin perder autoridad y que una derrota electoral no obliga a incendiar el sistema que permitió competir.
El Dr. Balbín fue sin duda uno de los dirigentes políticos clave de la democracia argentina del siglo XX. Su protagonismo en la Unión Cívica Radical a lo largo de tres décadas nos legó, con su histórico abrazo con Juan Perón, el símbolo de unión nacional más trascendente de… pic.twitter.com/Pta7Kr8eX4
— Julio Alak (@Julio_Alak) September 9, 2026
Convertir la reconciliación entre Balbín y Perón en una fotografía amable despojada de su contexto sería quitarle precisamente aquello que la hizo extraordinaria.
Durante el primer peronismo, Balbín fue uno de los opositores más duros, perdió sus fueros parlamentarios, fue expulsado de la Cámara de Diputados y terminó detenido, entre otros episodios, en la cárcel de Olmos. El hombre al que Balbín abrazaría dos décadas después era el líder del movimiento político bajo cuyo gobierno había sido encarcelado.
En marzo de 1950, mientras era candidato radical a gobernador bonaerense, fue detenido después de votar en La Plata y terminó nuevamente en Olmos, donde permaneció alrededor de diez meses.
Perón dispuso finalmente su indulto y Balbín recuperó la libertad en enero de 1951, antes de enfrentarlo electoralmente ese mismo año con Arturo Frondizi como compañero de fórmula. No había entre ambos una diferencia de matices: existía una historia concreta de persecución, prisión, enfrentamiento político y heridas profundas.
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La caída de Perón en 1955 tampoco inauguró mágicamente una democracia madura, el radicalismo terminó dividido y Balbín pasó a conducir la UCR del Pueblo, mientras Frondizi encabezaba la UCR Intransigente.
Volvió a competir por la Presidencia en 1958 y volvió a perder, esta vez contra quien había sido su compañero de fórmula siete años antes. La Argentina continuaba devorando acuerdos y multiplicando fracturas mientras los golpes de Estado convertían la voluntad popular en una institución intermitente.
Cuando el golpe encabezado por Juan Carlos Onganía derrocó a Arturo Illia en 1966, quedó nuevamente demostrado que ninguna fuerza política podía considerarse definitivamente a salvo de la ruptura institucional. Balbín comenzó entonces a recorrer un camino que terminaría modificando su relación con el peronismo.
La experiencia parecía haberle enseñado una verdad incómoda: cuando los grandes movimientos populares se destruyen mutuamente, generalmente termina ganando alguien que no necesita votos.
En 1970, radicales, peronistas y representantes de otras fuerzas impulsaron La Hora del Pueblo, una convergencia destinada a exigir elecciones y recuperar la legalidad constitucional.
Después de décadas de antagonismos, comenzaba a instalarse la convicción de que la democracia necesitaba reglas compartidas que estuvieran por encima de las identidades partidarias. Radicalismo y peronismo empezaban a comprender que podían competir ferozmente sin necesitar la desaparición política del otro.
Aquello no significaba que Balbín se hubiera vuelto peronista ni que Perón se hubiera convertido en radical, tampoco implicaba borrar diferencias ideológicas, responsabilidades históricas o disputas pendientes.
Consistía en algo mucho más sofisticado y, paradójicamente, más difícil: aceptar la legitimidad democrática del adversario. La unión nacional que ambos comenzaron a imaginar no exigía pensar igual, exigía reconocer que ninguna Argentina duradera podía construirse excluyendo a media Argentina.
Perón regresó al país el 17 de noviembre de 1972, después de casi 18 años de ausencia, y dos días después recibió a Balbín en su residencia de Gaspar Campos, aunque distintas reconstrucciones históricas han fechado el encuentro entre el 18 y el 19 de noviembre. Allí se produjo el abrazo que terminó convirtiéndose en uno de los símbolos políticos más poderosos del siglo XX argentino.
Dos hombres que habían representado durante décadas una fractura nacional decidieron que el futuro tenía que pesar más que las cuentas pendientes del pasado.
La potencia de aquella imagen reside precisamente en que ninguno renunció a sus convicciones, Balbín siguió siendo radical y Perón siguió siendo peronista. Meses después volvieron incluso a competir electoralmente, porque reconciliarse no significaba dejar de disputar el poder. El abrazo no eliminó la política: la hizo posible, porque convirtió al enemigo que debía ser destruido nuevamente en un adversario al que había que derrotar con votos.
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Balbín volvió a ser candidato presidencial el 11 de marzo de 1973, acompañado por Eduardo Gamond, y perdió frente a Héctor Cámpora, luego compitió nuevamente el 23 de septiembre, esta vez junto a Fernando de la Rúa, y fue derrotado ampliamente por la fórmula Juan Domingo Perón–María Estela Martínez. La reconciliación no necesitó listas conjuntas ni repartos de cargos para ser auténtica: Perón y Balbín podían abrazarse un día y enfrentarse limpiamente en las urnas al siguiente.
Ese detalle resulta especialmente valioso porque diferencia el acuerdo democrático de una alianza electoral oportunista. Los dos siguieron defendiendo proyectos diferentes y buscando la Presidencia para sus respectivos movimientos, pero habían comenzado a compartir una preocupación superior: impedir que la violencia y la intolerancia terminaran nuevamente destruyendo el sistema. Habían descubierto que el consenso fundamental no consiste en ponerse de acuerdo sobre quién debe gobernar, sino sobre cómo convivir cuando gobierna el otro.
Perón murió el 1° de julio de 1974 y Balbín fue uno de los encargados de despedirlo en el Congreso de la Nación. Allí pronunció una de las frases más recordadas de la historia política argentina: “Este viejo adversario despide a un amigo”. En apenas siete palabras condensó décadas de enfrentamiento y una reconciliación que llegaba cuando ambos comprendían que la Argentina necesitaba terminar con sus guerras internas.
No fue simplemente una frase brillante, detrás estaba el hombre que había conocido la cárcel durante el gobierno de Perón y que, sin embargo, decidió despedirlo públicamente como amigo. Balbín no negó aquello que había sufrido ni reescribió retrospectivamente sus diferencias con el justicialismo. Hizo algo mucho más difícil que olvidar: recordó todo y aun así eligió la reconciliación.
Hay una característica de Balbín particularmente perturbadora cuando se la observa desde la Argentina contemporánea: podía pronunciar discursos durísimos sin convertir la agresión personal en su identidad política.
Fue opositor, polemista, candidato y conductor de un partido que enfrentó al peronismo durante décadas, pero su última etapa quedó asociada fundamentalmente al diálogo y la convivencia. Entendió que levantar la voz puede servir para ganar un aplauso, mientras construir legitimidad requiere algo bastante más complejo que gritar más fuerte que el adversario.
Su pensamiento tampoco proponía unanimidades, de hecho defendía exactamente lo contrario. Una de sus formulaciones más recordadas sostenía que “la democracia se fortalece en la discrepancia”, porque consideraba peligrosas las unanimidades.
Para Balbín, el acuerdo democrático no consistía en eliminar las diferencias, sino en conseguir que esas diferencias pudieran existir sin destruir la República.
La relación de Balbín con La Plata excedió largamente su formación universitaria. Durante décadas vivió en la histórica casona de calle 49 N°844, casi esquina 12, donde se desarrolló una intensa actividad política y por donde desfilaron dirigentes, militantes y protagonistas de diferentes épocas. Desde aquella casa platense condujo durante años buena parte del radicalismo nacional sin convertir el poder político en una excusa para abandonar la austeridad que caracterizó su vida.
El inmueble fue construido en 1920 y finalmente declarado Monumento Histórico Nacional mediante el Decreto 2334 de 1993, precisamente por su valor arquitectónico y por la actividad política desarrollada allí. Balbín terminó sus días en esa misma ciudad que había elegido cuando llegó para estudiar Derecho siendo joven. La Plata no fue solamente el lugar donde vivió Ricardo Balbín: fue el territorio desde donde construyó una dimensión política nacional.
Los últimos años encontraron a Balbín frente a otra tragedia argentina, el deterioro institucional que desembocó en el golpe del 24 de marzo de 1976. Durante 1975 y los primeros meses de 1976 realizó esfuerzos políticos orientados a evitar una nueva interrupción constitucional, aunque finalmente las Fuerzas Armadas tomaron nuevamente el poder.
El hombre que había atravesado buena parte del siglo intentando sostener la política terminó sus días bajo un régimen que había vuelto a clausurarla.
Cuando murió en septiembre de 1981, todavía faltaban más de dos años para que Raúl Alfonsín condujera al radicalismo a la histórica victoria del 30 de octubre de 1983.
Balbín no llegó a presenciar el retorno definitivo de la democracia por la que había bregado durante sus últimos años. Pero la multitud que salió a despedirlo en plena dictadura anticipó, de alguna manera, una sociedad que empezaba a recuperar la calle y ya no estaba dispuesta a renunciar indefinidamente a la política.
El abrazo entre Balbín y Perón dejó una enseñanza que trasciende a ambos partidos, aunque interpela especialmente a las dos grandes tradiciones populares del siglo XX argentino.
Cuando radicalismo y peronismo se concibieron como enemigos irreconciliables, la Argentina terminó muchas veces atrapada entre proscripciones, revanchas, golpes y violencia. Cuando consiguieron reconocerse como adversarios legítimos, en cambio, apareció la posibilidad de construir reglas comunes capaces de sobrevivir a quien ganara una elección.
No se trata de idealizar retrospectivamente a ninguno de los dos, ambos fueron hombres de su tiempo, tomaron decisiones discutibles y atravesaron períodos extraordinariamente conflictivos. La historia pierde valor cuando se convierte en estampita, porque los grandes liderazgos se comprenden mejor con sus contradicciones que ocultándolas. Lo verdaderamente excepcional de Perón y Balbín no fue que nunca se equivocaran, sino que después de enfrentarse durante décadas fueron capaces de aprender de las consecuencias del enfrentamiento.
A 45 años de la muerte de Balbín, la Argentina vuelve a discutir en un lenguaje donde con demasiada frecuencia el adversario es presentado como una anomalía que debe desaparecer, la discrepancia se transforma en traición y la agresión reemplaza al argumento. En ese contexto, recordar al viejo dirigente radical deja de ser solamente un ejercicio histórico.
Balbín interpela al presente porque demuestra que la firmeza de las convicciones no necesita del odio para existir.
La política puede construir poder destruyendo puentes, pero después necesita inevitablemente alguno para gobernar, sancionar leyes, atravesar crisis y establecer políticas que sobrevivan a una administración.
Balbín tardó décadas, derrotas, cárceles y profundas confrontaciones en llegar a esa conclusión junto con Perón. La tragedia sería que la Argentina necesitara atravesar nuevamente todo aquel dolor para aprender otra vez la misma lección.
Quizás ése sea el legado más vigente de Balbín. No renunciar a las ideas, no disolver identidades, no aceptar unanimidades artificiales y tampoco confundir diálogo con debilidad, pero comprender que una Nación necesita algo más importante que una facción victoriosa. Necesita ciudadanos capaces de seguir viviendo juntos después de contar los votos.
Balbín nunca llegó a la Presidencia, perdió cuatro elecciones nacionales y murió sin ver restaurada la democracia. Sin embargo, cuarenta y cinco años después, una fotografía suya continúa explicando algo que miles de discursos contemporáneos parecen incapaces de comprender. A veces la mayor demostración de fortaleza política no consiste en derrotar al adversario, sino en extenderle la mano sin dejar de ser quien uno es.