Hay historias en las que hacen falta filtraciones, documentos secretos y meses de investigación para descubrir lo que el poder intenta ocultar. En esta historia, buena parte de las pruebas están publicadas por la propia Universidad. Basta ordenarlas cronológicamente para que aparezca una fotografía inquietante de la concentración de poder alrededor de Fernando Tauber.
1996, 1998, 2004, 2010, 2014, 2018, 2022 y 2026 son algunas de las estaciones de una carrera prácticamente sin interrupciones dentro de la estructura central de la Universidad Nacional de La Plata. Cambian los años y cambian los cargos, pero Tauber permanece. Director, secretario, secretario general, presidente, vicepresidente, presidente, vicepresidente y presidente otra vez.
La historia podría ser presentada simplemente como una extraordinaria demostración de continuidad política y capacidad para construir consensos. Pero en 2026 ocurrió algo que llevó esa lógica a una dimensión difícil de imaginar. Un expediente comenzó a recorrer la Universidad con el objetivo de colocar a su actual presidente dentro del histórico panteón de los “Sabios Platenses”.
No era un premio universitario cualquiera ni una distinción administrativa más para engrosar un currículum ya repleto de reconocimientos. La propuesta pretendía incorporar a Tauber a una categoría asociada a algunos de los grandes nombres de la historia científica, intelectual y cultural platense. Florentino Ameghino, Alejandro Korn, Carlos Spegazzini, Almafuerte y Juan Vucetich.
Y para explicar por qué Fernando Tauber merecía semejante reconocimiento, la documentación presentada alcanzó una extensión extraordinaria. El expediente destinado a fundamentar sus méritos contiene 125 páginas, según coinciden las publicaciones que reconstruyeron el procedimiento. Para fundamentar simultáneamente la candidatura de René Favaloro se utilizaron apenas cinco.
La comparación no demuestra por sí misma favoritismo, irregularidad ni intervención del propio Tauber en la elaboración del documento. Pero 125 páginas para Tauber frente a cinco para Favaloro constituyen un dato imposible de ignorar. Y representan apenas el comienzo de una historia bastante más grande.
Para comprender la dimensión simbólica del episodio hay que retroceder más de ocho décadas en la historia de La Plata. La categoría de los “Sabios Platenses” nació para reconocer figuras cuya obra había trascendido largamente sus propias vidas. La iniciativa impulsada por instituciones de la ciudad llegó en 1941 al entonces presidente de la UNLP, Alfredo Palacios.
El reconocimiento terminó consagrando a Florentino Ameghino, Alejandro Korn, Pedro Bonifacio Palacios —Almafuerte—, Carlos Spegazzini y Juan Vucetich. No eran cinco buenos administradores universitarios: eran cinco personalidades convertidas por el tiempo en patrimonio cultural y científico. Sus nombres quedaron inmortalizados en el monumento ubicado en el Bosque platense.
Ochenta y cuatro años después, la Federación de Instituciones Culturales y Deportivas de La Plata decidió recuperar aquel reconocimiento histórico y analizar nuevas incorporaciones. Entre los primeros dos nombres aparecieron René Favaloro y Fernando Tauber. Uno murió en 2000 convertido en referencia mundial de la medicina; el otro gobierna actualmente la Universidad involucrada en tramitar la distinción.
Eso no invalida la trayectoria académica de Tauber, que es extensa y se encuentra ampliamente documentada por instituciones externas a la UNLP. Pero introduce un conflicto simbólico difícil de esquivar: el homenajeado potencial estaba vivo y presidía una de las instituciones protagonistas del procedimiento. Esa circunstancia terminaría convirtiéndose en el corazón de la controversia.
La propuesta para reconocer a Tauber fue presentada el 15 de junio de 2026 por la Federación de Instituciones Culturales y Deportivas de La Plata. No fue una ocurrencia lanzada al aire ni una declaración de deseos: se transformó en una actuación institucional concreta. El documento comenzó entonces su recorrido dentro de la estructura universitaria.
Según explicó públicamente Alberto Alba, titular de la Federación, la recuperación del reconocimiento había sido conversada durante encuentros de trabajo con autoridades universitarias. La candidatura de Tauber no apareció, entonces, completamente desconectada de la propia UNLP. En esas conversaciones comenzaron a evaluarse distintas personalidades y surgieron, entre los primeros nombres, Favaloro y el propio presidente universitario.
La documentación correspondiente a Tauber reconstruyó exhaustivamente su carrera profesional, académica y fundamentalmente su trayectoria en planeamiento y gestión. El resultado fue un dossier de 125 páginas destinado a demostrar que sus antecedentes justificaban sobradamente la distinción. La candidatura de Favaloro quedó contenida en un anexo de cinco páginas.
El expediente no quedó archivado en una oficina ni encontró inmediatamente un límite institucional frente a la evidente singularidad del caso. Dos comisiones del Consejo Superior de la UNLP dieron su visto bueno a la iniciativa. Recién después de atravesar esas instancias el procedimiento terminó detenido por decisión del propio Tauber.
Este dato resulta central porque cambia radicalmente la pregunta periodística que debe hacerse sobre el episodio. El interrogante no es solamente quién tuvo la idea de convertir a Tauber en “Sabio Platense”, sino cómo consiguió avanzar institucionalmente. Hubo una propuesta, un expediente, tratamiento administrativo y dos comisiones que la respaldaron.
Hasta el momento, Primera Página no pudo acceder a documentación pública suficiente para identificar con absoluta certeza cuáles fueron esas dos comisiones ni reconstruir nominalmente cada voto. No vamos a completar con especulaciones aquello que los documentos todavía no permiten demostrar. Esa información constituye ahora una de las piezas pendientes más importantes de esta investigación.
La Universidad tiene procedimientos, órganos colegiados, consejeros y diferentes instancias destinadas precisamente a analizar iniciativas antes de convertirlas en decisiones institucionales. Sin embargo, el expediente consiguió atravesar dos comisiones antes de que alguien accionara públicamente el freno. Y ese alguien terminó siendo el propio candidato al homenaje.
La pregunta, por lo tanto, resulta inevitable: ¿nadie consideró institucionalmente problemático consagrar históricamente al presidente en ejercicio de la Universidad? No estamos discutiendo si Tauber posee antecedentes académicos suficientes para recibir reconocimientos: los posee. Estamos preguntando si una institución debe construir un pedestal para quien todavía ejerce el poder dentro de ella.
Mientras el expediente avanzaba comenzó a crecer el malestar alrededor de la iniciativa y la discusión escapó de los despachos institucionales. Una crítica anónima empezó a circular entre ámbitos universitarios y puso en palabras lo que hasta entonces no había detenido el procedimiento. La columna publicada por Luciano Román en La Nación convirtió posteriormente ese episodio en uno de los ejes de su cuestionamiento a la conducción universitaria.
El anonimato no permite conocer quién estaba detrás de aquella resistencia ni autoriza a convertirla automáticamente en prueba de persecución política. Pero que una objeción semejante haya necesitado circular sin identidad abre una pregunta incómoda sobre el clima universitario. ¿Por qué alguien que cuestionaba un homenaje académico consideró necesario esconder su nombre?
Cuando la polémica ya había comenzado a instalarse, Tauber dirigió una nota a las autoridades y solicitó detener su postulación. “Creo que no es tiempo de que esta Universidad mire hacia uno de nosotros”, sostuvo el presidente universitario. En paralelo, pidió que se avanzara rápidamente con el reconocimiento a René Favaloro.
La decisión debe ser consignada completa porque constituye un elemento favorable a Tauber dentro de esta reconstrucción. Tauber no aceptó finalmente que el procedimiento destinado a homenajearlo continuara. La Federación, por su parte, anunció que respetaría su voluntad y no avanzaría por el momento con la postulación.
Pero incluso ese desenlace deja una palabra cuya importancia no debería pasar inadvertida: “momento”. Tauber no cuestionó públicamente sus méritos ni declaró improcedente que alguna vez pudiera recibir semejante reconocimiento. Sostuvo que, dadas las circunstancias actuales de la Universidad y del país, este no era el tiempo adecuado para avanzar.
El propio diario El Día sintetizó posteriormente la situación con un título cargado de ironía: “Tauber no quiere ser sabio, por ahora”. La columna señaló además que la campaña parecía haber surgido desde ámbitos próximos a la estructura que el propio Tauber conduce, circunstancia que consideró capaz de empañar el reconocimiento desde su origen.
El comentario periodístico no constituye prueba de una maniobra organizada por Tauber y sería incorrecto presentarlo de esa manera. Lo comprobable es que existió una iniciativa externa articulada con autoridades universitarias y que luego avanzó dentro de la propia UNLP. Determinar quién produjo cada parte de las 125 páginas es, por eso, una de las preguntas pendientes.
Para comprender por qué un expediente destinado a convertir a Tauber en “Sabio Platense” provoca semejante controversia hay que mirar su recorrido institucional completo. Y allí aparece un dato mucho más impactante que los veinte años de poder que habitualmente se le atribuyen. La historia documentada comienza, en realidad, hace tres décadas.
El Archivo Histórico de la propia UNLP registra que Tauber fue Director de Asuntos Municipales entre 1996 y 1998 y Secretario de Extensión entre 1998 y 2004. Desde 1996 su nombre no desapareció nunca de la conducción central universitaria. Después llegó a la Secretaría General, desde donde comenzó su ascenso definitivo hacia el vértice político de la institución.
Entre 2004 y 2010 fue secretario general durante dos períodos consecutivos y luego llegó por primera vez a la Presidencia. Desde entonces se instaló permanentemente en los dos cargos máximos del Ejecutivo universitario. Presidente entre 2010 y 2014, vicepresidente entre 2014 y 2018, presidente entre 2018 y 2022 y vicepresidente entre 2022 y 2026.
En 2026 volvió a la Presidencia para un mandato que se extenderá hasta 2030. Si completa el período, Tauber habrá permanecido 34 años consecutivos dentro de la estructura central de conducción de la UNLP. Y habrá transitado 26 años seguidos desde la Secretaría General hacia arriba.
La secuencia merece ser observada independientemente de cualquier adjetivo porque constituye por sí misma un fenómeno político excepcional. Presidente, vicepresidente, presidente, vicepresidente y presidente nuevamente. Tauber no necesitó permanecer siempre sentado en el mismo sillón para mantenerse durante dos décadas en la cúspide de la conducción universitaria.
El Estatuto de la UNLP establece que el presidente dura cuatro años y no puede ser reelegido para el período inmediatamente siguiente. La secuencia conocida no demuestra una violación formal de esa prohibición por parte de Tauber. El interrogante periodístico apunta hacia algo diferente: qué sucede con el espíritu de alternancia cuando una misma figura intercambia sistemáticamente Presidencia y Vicepresidencia.
La paradoja adquiere todavía mayor interés porque Tauber no era un espectador cuando se construyó el marco institucional actualmente vigente. El Estatuto de 2008 fue aprobado cuando Gustavo Azpiazu presidía la Universidad y Fernando Tauber era su secretario general. Dos años después, Tauber alcanzaría por primera vez la Presidencia.
La continuidad de Tauber no se explica únicamente por cargos administrativos sino por una extraordinaria capacidad para construir mayorías dentro del sistema político universitario. Con el paso del tiempo esas mayorías terminaron convirtiéndose prácticamente en unanimidades. Su última elección constituye la expresión más extrema de ese fenómeno.
En abril de 2026 la Asamblea Universitaria volvió a elegirlo presidente con 270 votos sobre 270 posibles. Cien por ciento: ni un voto opositor, ni una abstención y ninguna candidatura alternativa. La propia UNLP calificó aquella elección como histórica porque nunca antes un candidato presidencial había alcanzado semejante unanimidad.
Una votación unánime puede representar un consenso institucional extraordinario y sería intelectualmente deshonesto afirmar que necesariamente demuestra disciplinamiento. Pero una Universidad también existe para discutir, confrontar argumentos y producir diferencias. Cuando 270 representantes diferentes terminan expresándose exactamente igual, preguntar cómo se construyó semejante homogeneidad es una obligación periodística.
Durante aquella Asamblea, Tauber pronunció una frase que posteriormente adquirió enorme circulación pública: “El que piensa distinto no tiene que estar en esta Asamblea”. La frase existió, pero utilizarla aislada sería una manipulación del contexto en que fue pronunciada. Tauber hablaba de consensos que consideraba indispensables frente al hambre, la pobreza y determinadas necesidades sociales.
La aclaración es necesaria porque este informe pretende cuestionar con documentos y no mediante recortes interesados. Pero el contexto tampoco elimina la potencia simbólica de aquella escena: la frase fue pronunciada frente a una Asamblea que acababa de votarlo 270 a cero. La convivencia entre consenso absoluto y pensamiento crítico merece ser discutida por la propia comunidad universitaria.
El intento de convertir a Tauber en “Sabio Platense” tampoco apareció sobre una trayectoria carente de reconocimientos. Su currículum oficial exhibe una colección extraordinaria de distinciones académicas, políticas e institucionales. Muchas provienen de organismos y universidades completamente independientes de la estructura que él conduce y constituyen antecedentes legítimos a su favor.
Fue declarado Ciudadano Ilustre de La Plata, Ciudadano Honorífico de Ensenada y recibió reconocimientos en Berisso, General Pueyrredón y San Pedro. También recibió la Mención de Honor Domingo Faustino Sarmiento del Senado nacional y numerosos doctorados Honoris Causa. Mar del Plata, Almirante Brown, UBA, Avellaneda, Alto Uruguay, Río Cuarto y La Pampa aparecen entre las instituciones que lo distinguieron.
Esos reconocimientos externos son importantes porque impiden sostener seriamente que toda la valoración académica de Tauber sea producto de su propio aparato universitario. Una investigación rigurosa tiene que mostrar también aquello que contradice su hipótesis más crítica. Tauber posee una trayectoria reconocida por instituciones sobre las cuales no ejerce autoridad.
Pero existe otra categoría de homenajes que merece un análisis diferente: los concedidos dentro de la Universidad cuyo poder integra desde hace décadas. Y cuando se reconstruyen cronológicamente, el intento de incorporarlo al panteón de los Sabios deja de aparecer como un episodio completamente aislado.
En diciembre de 2012, el Consejo Superior aprobó una propuesta de la Facultad de Odontología para nombrar a Tauber Profesor Extraordinario en la categoría Honorario. En ese momento Fernando Tauber era presidente de la Universidad que estaba otorgándole la distinción. El reconocimiento fue entregado oficialmente en marzo de 2013.
Su respuesta durante la ceremonia resulta interesante vista desde 2026: “Yo no me siento un profesor extraordinario”. Tauber adoptó entonces un discurso de modestia similar al que trece años después utilizaría para frenar su candidatura como Sabio Platense. La diferencia es que aquella distinción sí terminó aceptándola y forma actualmente parte de su currículum oficial.
La secuencia tuvo otro capítulo importante en 2025, cuando la Universidad Nacional de La Plata declaró a Tauber Doctor Honoris Causa. La distinción fue impulsada por representantes estudiantiles y aprobada institucionalmente, no concedida por Tauber a sí mismo. Ese matiz es indispensable para no transformar una crítica política legítima en una acusación fácticamente incorrecta.
Sin embargo, la circunstancia institucional sigue siendo extraordinaria: uno de los máximos dirigentes de la Universidad recibió una de las mayores distinciones de esa misma casa de estudios mientras continuaba ejerciendo poder en ella. Profesor Extraordinario, Honoris Causa y después candidato a Sabio Platense. Observadas juntas, las distinciones construyen una secuencia que merece ser interrogada.
Y entonces regresamos al expediente que desencadenó toda esta historia porque allí la comparación adquiere una fuerza difícil de superar. Para René Favaloro fueron suficientes cinco páginas; para Fernando Tauber se produjeron 125. No demuestra una operación, pero sí revela la intensidad con la que alguien decidió construir documentalmente los méritos del presidente universitario.
Favaloro no necesita demasiadas presentaciones: desarrolló la técnica del bypass coronario y su legado médico alcanzó dimensión internacional. Tauber posee una trayectoria extensa, pero el expediente necesitó veinticinco veces más páginas para fundamentarla. Saber quién escribió, recopiló, pidió y organizó esas 125 páginas se convierte entonces en una pregunta periodística central.
Esa es una de las zonas que esta investigación todavía necesita iluminar completamente y Primera Página no va a disimularlo. No encontramos hasta ahora documentación pública que permita atribuir con certeza la redacción material del expediente a una persona o dependencia determinada. Tampoco existe evidencia suficiente para afirmar que Tauber haya ordenado personalmente confeccionarlo.
Pero sí sabemos que el documento existió, que fue presentado formalmente y que consiguió atravesar dos comisiones del Consejo Superior. La investigación debe seguir ahora la ruta administrativa del expediente, firma por firma y despacho por despacho. Quién lo redactó, quién lo recibió, quién dictaminó favorablemente y quién decidió impulsarlo son las próximas respuestas que deben aparecer.
La misma metodología debe aplicarse a las dos comisiones que dieron luz verde a la propuesta antes del freno de Tauber. Los medios consultados coinciden en la existencia de esas dos aprobaciones, pero no permiten reconstruir todavía de manera completa cada responsabilidad individual. Hasta obtener los dictámenes correspondientes, atribuir votos nominales sería irresponsable.
Y allí reside precisamente una diferencia fundamental entre una denuncia y una investigación. Primera Página no necesita llenar los huecos con acusaciones: necesita conseguir los papeles que faltan. El expediente completo y las actas permitirán establecer si hubo unanimidad, abstenciones, objeciones o algún intento de frenar la iniciativa antes de que interviniera Tauber.
Tal vez el aspecto más inquietante del episodio aparezca cuando se deja de observar exclusivamente al protagonista. Tauber terminó diciendo que no; el sistema que lo rodeaba había dicho que sí. Esa contradicción desplaza el centro de la investigación desde la psicología del dirigente hacia el funcionamiento de la estructura institucional.
¿Quién consideró apropiado elevarlo a “Sabio”? ¿Quién produjo 125 páginas para fundamentarlo? ¿Cómo atravesó dos comisiones sin que el conflicto institucional detuviera previamente el expediente? Y, fundamentalmente, ¿qué cultura política se construyó después de décadas de permanencia de una misma figura en los máximos niveles de conducción?
No hace falta demostrar una violación estatutaria para investigar una concentración de poder. El poder institucional también puede construirse respetando formalmente cada reglamento mientras una misma conducción reproduce indefinidamente su influencia. Ese es precisamente el terreno que el caso Tauber obliga a discutir.
Su secuencia de cargos es formalmente verificable y está publicada por la propia Universidad. Lo extraordinario no es un cargo determinado sino la continuidad del conjunto. Desde 1996 no existe en su biografía institucional un verdadero alejamiento de la estructura central universitaria.
Si Tauber completa su actual mandato presidencial en 2030, habrán transcurrido 34 años desde su ingreso a la estructura central de la Universidad. Tres décadas y media alrededor del poder constituyen algo mucho mayor que una sucesión de cargos. Representan prácticamente una era completa de la historia contemporánea de la UNLP.
Dentro de ese período habrá ocupado tres veces la Presidencia y dos veces la Vicepresidencia, además de haber sido secretario general, secretario de Extensión y director de Asuntos Municipales. Desde 2010 jamás abandonó los dos máximos niveles ejecutivos de la Universidad. Cuando no fue presidente, fue vicepresidente; cuando dejó la Vicepresidencia, volvió a ser presidente.
Una conducción exitosa puede producir consensos y una personalidad prestigiosa puede acumular legítimamente reconocimientos. Ni la permanencia, ni una elección unánime, ni un Honoris Causa prueban por sí solos autoritarismo, coerción o culto a la personalidad. Sostener lo contrario sería reemplazar investigación por prejuicio.
Pero una Universidad pública también tiene la obligación de preguntarse dónde termina el reconocimiento y dónde comienza la veneración del dirigente. Treinta años de conducción, elecciones sin adversarios, unanimidades, homenajes internos y finalmente 125 páginas para convertir al presidente en “Sabio” justifican ampliamente esa pregunta. No responderla sería renunciar al espíritu crítico que la propia Universidad proclama.
Tauber puede argumentar, con razón, que fue él quien finalmente pidió detener el reconocimiento. Ese dato lo exime de algo que esta investigación tampoco encontró: no existe evidencia pública de que haya ordenado personalmente ser nombrado Sabio Platense. Afirmarlo sin pruebas sería falso y debilitaría todo el trabajo.
Pero esa defensa abre una pregunta quizá todavía más incómoda para la estructura que lo rodea. Si Tauber no pidió el homenaje, ¿quién construyó semejante dispositivo para homenajearlo? ¿Qué relaciones institucionales hicieron posible que una candidatura de esa naturaleza avanzara hasta recibir el visto bueno de dos comisiones?
La Universidad Nacional de La Plata nació identificada con ciencia, conocimiento, pluralismo y pensamiento crítico. Una institución de semejante tradición debería poder examinar a sus propias autoridades con la misma severidad con la que examina cualquier objeto de conocimiento. El poder universitario tampoco debería quedar exento de esa regla.
Porque una Universidad no se mide únicamente por edificios, investigaciones, presupuesto, alumnos, egresados o rankings internacionales. También se mide por la libertad de disentir, la alternancia, la transparencia y la distancia entre la institución y quienes temporalmente la administran. Es precisamente allí donde el episodio del “Sabio Tauber” deja de ser una anécdota pintoresca.
La pregunta final, entonces, no consiste en determinar desde una redacción periodística si Fernando Tauber es o no suficientemente “sabio”. La pregunta verdaderamente importante es cómo una Universidad llegó a construir alrededor de su presidente una candidatura destinada a consagrarlo históricamente mientras todavía ejerce el poder. Y cómo esa iniciativa consiguió avanzar hasta que el propio homenajeado decidió frenarla.
Treinta años después del primer cargo de Tauber, los documentos permiten formular una pregunta todavía mayor. ¿La UNLP construyó alrededor suyo un consenso político extraordinario o una estructura que ya no consigue imaginarse sin él? La respuesta no debería surgir de otro homenaje sino de algo mucho más universitario: documentos abiertos, debate público y libertad absoluta para disentir.
Y quizás allí esté el verdadero examen que tiene por delante la Universidad Nacional de La Plata.
No determinar si Fernando Tauber merece convertirse en “Sabio”.
Sino demostrar que la UNLP todavía puede discutir al hombre que lleva tres décadas gobernando su destino.
LAS CIFRAS DE LA ERA TAUBER
1996: ingreso documentado de Tauber a la estructura central como Director de Asuntos Municipales.
1998-2004: Secretario de Extensión Universitaria.
2004-2010: Secretario General.
2010-2014: Presidente.
2014-2018: Vicepresidente Institucional.
2018-2022: Presidente.
2022-2026: Vicepresidente Académico.
2026-2030: Presidente.
34 años: permanencia que alcanzará dentro de la estructura central si completa el actual mandato.
270 sobre 270: votos obtenidos en la Asamblea Universitaria que lo eligió nuevamente presidente en 2026.
125 páginas: extensión informada del expediente destinado a fundamentar su candidatura como Sabio Platense.
5 páginas: extensión informada de la fundamentación destinada a René Favaloro.
2 comisiones: instancias del Consejo Superior que dieron curso favorable a la propuesta antes de que Tauber pidiera detenerla.
2013: Profesor Extraordinario Honorario de la propia UNLP mientras ejercía la Presidencia.
2025: Doctor Honoris Causa de la UNLP.