miércoles 16 de septiembre de 2026 - Edición Nº5674

Política | 15 Sep

Informe especial de Primera Página

A 50 años de La Noche de los Lápices: quiénes eran los estudiantes y por qué los secuestraron | VIDEOS

La madrugada del 16 de septiembre de 1976 convirtió a La Plata en escenario de uno de los operativos represivos más emblemáticos de la última dictadura. Diez estudiantes quedaron asociados a una historia de secuestros, torturas y desapariciones; seis continúan desaparecidos y cuatro sobrevivieron. Durante décadas se resumió todo en la lucha por el boleto estudiantil, pero los testimonios permiten reconstruir una verdad más compleja: eran adolescentes, sí, pero también militantes políticos. Medio siglo después, los lápices siguen escribiendo porque todavía seguimos discutiendo qué pasó aquella noche.


Tenían 16, 17 y 18 años. Estudiaban, discutían política, militaban, se enamoraban, se reunían con amigos y querían cambiar el mundo desde una ciudad atravesada por colegios secundarios y universidades. No eran personajes de bronce: eran pibes de La Plata. Y durante septiembre de 1976, cuando la dictadura llevaba apenas seis meses en el poder, fueron secuestrados por el aparato represivo del Estado.

La historia los convirtió en Claudia Falcone, Francisco López Muntaner, María Clara Ciocchini, Horacio Ungaro, Daniel Racero, Claudio de Acha, Emilce Moler, Gustavo Calotti, Patricia Miranda y Pablo Díaz. Algunos fueron arrancados de sus casas durante la madrugada; otros habían sido secuestrados antes o lo serían después. La Noche de los Lápices fue una noche, pero también fue una secuencia represiva que se extendió durante varios días.

Seis nunca regresaron: Falcone, López Muntaner, Ciocchini, Ungaro, Racero y De Acha continúan desaparecidos. Moler, Calotti, Miranda y Díaz sobrevivieron. Cuatro voces pudieron contar lo que el terrorismo de Estado intentó convertir en silencio. Sus testimonios fueron decisivos para reconstruir el recorrido por centros clandestinos, las torturas y el funcionamiento del aparato represivo.


La madrugada que entró en la historia


El jueves 16 de septiembre de 1976 comenzó el operativo que posteriormente quedaría grabado en la memoria colectiva argentina. Fuerzas vinculadas a la Policía de la Provincia de Buenos Aires actuaron sobre jóvenes platenses en el territorio controlado por el aparato represivo encabezado por Ramón Camps. Mientras la ciudad dormía, el Estado iba a buscar adolescentes a sus casas.

No era un procedimiento policial ordinario ni existían garantías judiciales. Los secuestrados ingresaban al circuito clandestino de detención, interrogatorio y tortura montado por la dictadura. En la región funcionaban lugares como Arana, la Comisaría Quinta y el Pozo de Banfield, integrados a una estructura represiva mucho mayor que años después sería investigada judicialmente como el Circuito Camps. La desaparición no era un exceso del sistema: era parte del sistema.

La megacausa Circuito Camps permitió décadas después juzgar crímenes cometidos en centros clandestinos de La Plata y el conurbano. Allí quedaron comprendidos los hechos de La Noche de los Lápices junto con otros episodios del terrorismo de Estado. La Justicia terminó poniendo nombres, responsabilidades y condenas donde durante años hubo clandestinidad e impunidad. En aquel proceso fueron condenados 20 policías bonaerenses, dos integrantes del Ejército y el funcionario civil Jaime Lamont Smart.


El boleto estudiantil: verdad, pero no toda la verdad


Durante generaciones, miles de argentinos aprendieron una explicación sencilla: aquellos estudiantes fueron secuestrados porque reclamaban el boleto estudiantil secundario. La movilización existió y varios de ellos habían participado durante 1975 de las protestas que consiguieron ese beneficio. Pero convertir el boleto en la explicación completa termina achicando la dimensión política de quienes fueron perseguidos.

La propia Emilce Moler lo explicó con una claridad difícil de discutir. Recordó que la lucha por el boleto había ocurrido el año anterior y sostuvo que durante su cautiverio no fue interrogada por ese reclamo. “A nosotros nos detuvieron por ser militantes de la UES”, señaló al revisar aquella construcción histórica.

La mayoría de aquellos jóvenes tenía militancia política. Algunos integraban la Unión de Estudiantes Secundarios, vinculada al peronismo revolucionario, y también hubo militancia en la Juventud Guevarista, rama juvenil del Partido Revolucionario de los Trabajadores. La dictadura no persiguió solamente una demanda estudiantil: persiguió organización política, participación y militancia juvenil.

Reconocerlo no disminuye a las víctimas ni justifica un solo segundo de la represión. Hace exactamente lo contrario: les devuelve su identidad. Eran adolescentes y eran militantes; una condición no borra la otra. Presentarlos exclusivamente como estudiantes inocentes interesados en un boleto puede resultar más cómodo, pero termina quitándoles las ideas por las que decidieron participar.


Claudia tenía 16 años


María Claudia Falcone tenía apenas 16 años cuando fue secuestrada. Su rostro terminó convirtiéndose en uno de los símbolos más reconocibles de aquella historia. Había participado de la militancia estudiantil y de las movilizaciones del boleto secundario. Tenía una edad en la que hoy un chico todavía necesita autorización para una excursión escolar. Desde septiembre de 1976 permanece desaparecida.

Francisco López Muntaner también tenía 16. Horacio Ungaro, 17. Claudio de Acha y Daniel Racero, 18. María Clara Ciocchini tenía 18 años y había llegado desde Bahía Blanca. La enumeración de edades es quizá el dato más brutal porque devuelve escala humana a una tragedia que medio siglo puede volver abstracta.

No fueron los únicos jóvenes perseguidos por la dictadura ni aquellos secuestros constituyeron un episodio aislado. Moler insiste precisamente en ampliar el foco: La Noche de los Lápices debe servir también para recordar a cientos de jóvenes desaparecidos, torturados, encarcelados o empujados al exilio. Los diez nombres se volvieron símbolo de una generación mucho más grande golpeada por el terrorismo de Estado.


Los cuatro que volvieron


Emilce Moler, Gustavo Calotti, Patricia Miranda y Pablo Díaz sobrevivieron. Y sobrevivir significó también cargar durante décadas con la tarea de contar. Sin quienes regresaron, buena parte del mapa de aquella noche habría quedado enterrado junto con quienes todavía faltan.

Moler transformó esa experiencia en una extensa trayectoria pública vinculada con memoria, educación, militancia y democracia. Su archivo personal reúne testimonios judiciales, entrevistas, intervenciones públicas, materiales educativos y registros acumulados durante más de tres décadas. Sobrevivir fue salir de los centros clandestinos; después comenzó otra batalla: conseguir que alguien escuchara.

Y esa forma de contar también fue cambiando. Moler plantea en este 50° aniversario que será necesario volver a explicar aquella historia, pero no necesariamente utilizando las mismas palabras de siempre. La memoria que solamente se repite corre el riesgo de convertirse en ceremonia; la que vuelve a interrogarse puede seguir estando viva.


Del terror clandestino a las aulas


Durante la dictadura, pronunciar estos nombres era peligroso. Con la recuperación democrática comenzó una construcción colectiva que atravesó testimonios, investigaciones, juicios, escuelas, libros, películas y organismos de derechos humanos. Lo que había sido diseñado para desaparecer terminó ocupando pizarrones, universidades, calles y plazas.

La historia alcanzó una enorme difusión cultural con La noche de los lápices, la película dirigida por Héctor Olivera estrenada en 1986. Para varias generaciones fue la primera puerta de entrada al episodio. Pero con los años, sobrevivientes, investigadores y nuevos testimonios fueron agregando matices a aquella representación inicial. Una película ayudó a convertir el caso en símbolo; la historia posterior permitió discutir también los límites de ese símbolo.

En 2014, el Congreso de la Nación sancionó la Ley 27.002, que estableció el 16 de septiembre como Día Nacional de la Juventud, precisamente en conmemoración de aquellos jóvenes. La fecha que la dictadura quiso convertir en advertencia terminó institucionalizada como una jornada para recordar la participación juvenil.


Cincuenta años después, la UNLP los hace doctores


Medio siglo después ocurrió una escena imposible de imaginar en 1976. La Universidad Nacional de La Plata resolvió entregar su máxima distinción académica a protagonistas de La Noche de los Lápices. Los jóvenes que el Estado secuestró por militar ingresan simbólicamente medio siglo después por la puerta principal de la Universidad.

La UNLP distinguió como doctores Honoris Causa a Moler, Calotti y Díaz y entregó reconocimientos a familiares de López Muntaner, Falcone, De Acha, Ungaro, Racero y Ciocchini. La Universidad explicó que la decisión reconoce sus trayectorias de militancia estudiantil y sus luchas por derechos y educación pública. El diploma no repara una desaparición, pero una democracia también se construye decidiendo a quiénes elige honrar.

Para Moler, la palabra fue precisamente “reparación”. Dijo que jamás había imaginado recibir un Honoris Causa y describió el reconocimiento como un momento atravesado simultáneamente por satisfacción, dolor y ausencias. En cada nombre pronunciado durante el homenaje hubo también una silla que cincuenta años después continúa vacía.


Este 16 de septiembre, La Plata vuelve a marchar


La Plata será nuevamente el epicentro este miércoles. La movilización estudiantil está convocada desde las 14:30 en Plaza Olazábal, en 7 y 38, y prevé finalizar frente al Ministerio de Obras Públicas ubicado en 7 y 59, con acto y bandas. También habrá manifestaciones y actividades en Buenos Aires, Córdoba, Rosario, Salta, Tucumán y otras ciudades. Cincuenta años después, la respuesta al secuestro de estudiantes vuelve a ser llenar las calles de estudiantes.

El gobernador Axel Kicillof modificó incluso su agenda y estará en La Plata. Está previsto que participe junto al intendente Julio Alak de un homenaje con sobrevivientes y familiares y posteriormente se incorpore a la movilización estudiantil. El aniversario tendrá memoria, calle y también inevitablemente política.


El error de convertirlos en estampita


Quizás el mayor peligro a los 50 años no sea olvidar los nombres. Es recordarlos sin contenido. Repetir cada septiembre las mismas fotografías, las mismas consignas y las mismas frases puede terminar convirtiendo una historia política en un ritual automático. Los lápices dejan de escribir cuando la memoria se vuelve solamente protocolo.

Aquellos jóvenes discutían el precio del transporte, pero también educación, política, desigualdad y el país en el que querían vivir. Tenían organizaciones, identidades e ideas. Algunas de esas ideas pueden compartirse y otras pueden discutirse. Una democracia madura no necesita estar de acuerdo con las víctimas para reconocer que jamás debieron ser secuestradas, torturadas ni desaparecidas por el Estado.

Esa quizás sea una de las enseñanzas más poderosas de La Noche de los Lápices. Los derechos humanos no dependen de que una víctima piense como nosotros. Tampoco de que sea políticamente neutral. El Nunca Más vale precisamente cuando protege también a quien piensa distinto.


Diez nombres contra el olvido


Claudia Falcone. Francisco López Muntaner. María Clara Ciocchini. Horacio Ungaro. Daniel Racero. Claudio de Acha. Emilce Moler. Gustavo Calotti. Patricia Miranda. Pablo Díaz.

Diez nombres. Seis desaparecidos. Cuatro sobrevivientes. Cincuenta años.

Detrás de cada nombre hubo una familia esperando, compañeros preguntando, aulas con bancos vacíos y una ciudad obligada durante décadas a reconstruir lo que había ocurrido detrás de paredes clandestinas.

La Plata cambió. La dictadura terminó. Los centros clandestinos fueron investigados. Hubo juicios y condenas. Los sobrevivientes envejecieron. Los adolescentes que hoy marchan nacieron décadas después de aquella madrugada. Pero seis de aquellos jóvenes todavía no volvieron. Y por eso cincuenta años no cierran la historia. La vuelven a abrir.


Lo que tenés que saber sobre La Noche de los Lápices


Los secuestros comenzaron el 16 de septiembre de 1976 y continuaron durante los días siguientes en La Plata. Los jóvenes tenían militancia estudiantil y política; varios habían participado un año antes en la lucha por el boleto secundario. Claudia Falcone, Francisco López Muntaner, María Clara Ciocchini, Horacio Ungaro, Daniel Racero y Claudio de Acha continúan desaparecidos. Emilce Moler, Gustavo Calotti, Patricia Miranda y Pablo Díaz sobrevivieron. La lucha por el boleto existió, pero explicar todo únicamente por ese reclamo deja afuera la persecución política que los propios sobrevivientes señalaron como central.

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