Tiene 62 años, nació en Londres y su currículum está bastante lejos del estereotipo de una religiosa encerrada entre bibliotecas teológicas. Helen Alford estudió Ingeniería de Gestión en la Universidad de Cambridge, donde también obtuvo su doctorado, y trabajó sobre administración, ética empresarial y responsabilidad corporativa. Antes de discutir cómo repartir riqueza, pasó buena parte de su vida estudiando cómo funciona una empresa.
Desde abril de 2023 preside la Pontificia Academia de Ciencias Sociales, institución que estudia cuestiones económicas, sociales, jurídicas y políticas y aporta conocimiento para el desarrollo de la doctrina social de la Iglesia Católica. También es consultora del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral.
Alford ocupa uno de esos lugares silenciosos del Vaticano donde las ideas sociales se estudian antes de convertirse en documentos, debates y posiciones de la Iglesia Católica.
Su pensamiento parte de una premisa que establece una diferencia nítida frente al individualismo económico. En una entrevista reciente, sostuvo que el mundo atraviesa simultáneamente una crisis social y ambiental y que es necesario volver a colocar el bien común en el centro.
“No somos simplemente individuos que persiguen nuestros propios objetivos”, afirmó. Y completó la idea: “La sociedad es algo que construimos juntos”.
Alford no nombró a Milei. Tampoco formuló allí una crítica específica contra el programa económico argentino. El choque aparece cuando sus principios se colocan frente a frente con los que reivindica el Gobierno libertario. La administración nacional ha hecho de la disciplina fiscal, la desregulación, la reducción del peso estatal y una mayor centralidad del sector privado elementos centrales de su transformación económica.
La diferencia, por lo tanto, merece ser planteada como contraste y no como una pelea inventada. Para la tradición de pensamiento social en la que trabaja Alford, la economía debe analizarse desde la dignidad humana y el bien común; para Milei, la libertad individual, la propiedad y el funcionamiento del mercado ocupan un lugar central en su concepción económica. No están discutiendo solamente cuánto Estado debe existir: parten de ideas diferentes sobre cómo se construye una sociedad.
La cuestión se vuelve todavía más interesante cuando aparece la discapacidad. Alford presidió una sesión plenaria de la Academia dedicada específicamente a "Discapacidad y condición humana" y publicó un trabajo sobre empleo de personas con discapacidad desde la doctrina social católica y las empresas sociales. Su punto de partida rompe con la idea de evaluar a una persona solamente por cuánto puede producir en términos económicos.
El enfoque coincide con una definición explícita que el Vaticano llevó a aquella discusión. Francisco sostuvo ante la Academia que era necesario construir una "cultura de inclusión integral", remover las barreras que impiden ejercer derechos y libertades y respaldar tanto a los gobiernos comprometidos con esa tarea como a las organizaciones de la sociedad civil. La discapacidad aparece así como una responsabilidad colectiva y no como un problema privado de quien la atraviesa.
Para Alford, la discusión laboral tampoco puede reducirse simplemente a encontrar la máxima eficiencia. Su trabajo académico sobre discapacidad intenta combinar un horizonte basado en la doctrina social católica con soluciones concretas capaces de ampliar el empleo. El interrogante deja de ser cuánto "rinde" una persona y pasa a ser qué debe cambiar la sociedad para que esa persona pueda participar.
Ese razonamiento conduce a una cuestión incómoda para cualquier programa que coloque la reducción del gasto como prioridad excluyente. Desde esta perspectiva, una política pública no puede juzgarse únicamente por su balance fiscal: también importa qué ocurre con quienes quedan alcanzados por ella. Una cuenta puede cerrar en una planilla y seguir dejando abierta una discusión sobre sus consecuencias humanas. Eso no demuestra que el programa de Milei fracase ni que el de Alford sea económicamente superior: identifica dos criterios distintos para evaluar una política.
Y allí aparece una precisión importante. El Gobierno puede mostrar resultados económicos que sus defensores presentan como evidencia a favor del rumbo elegido. La reducción del déficit y la inflación fueron acompañadas posteriormente por una fuerte caída de la pobreza respecto del pico registrado en 2024; al mismo tiempo, el ajuste inicial tuvo costos sobre actividad, empleo y sectores afectados por la reducción del gasto. El debate serio no consiste en negar los resultados macroeconómicos ni los costos sociales, sino en discutir qué peso debe tener cada uno cuando se evalúa un modelo.
Alford lleva esa discusión hacia el terreno del bien común. Su investigación académica aborda desde hace décadas la ética empresarial y el pensamiento social cristiano, y ella misma plantea que conocimiento, economía y tecnología deben colocarse al servicio de la sociedad, particularmente de quienes permanecen excluidos. El mercado puede producir riqueza; la pregunta que introduce Alford es para quién termina funcionando esa riqueza.
También mira con desconfianza una sociedad gobernada exclusivamente por la tecnología y la eficiencia. Frente al avance de la inteligencia artificial distingue un modelo "tecnocéntrico", donde las personas terminan adaptándose a la tecnología, de otro centrado en el ser humano, donde las herramientas tecnológicas deben mejorar la vida de las personas. Primero el hombre, después la máquina: incluso cuando la máquina resulta extraordinariamente eficiente.
Hay, entonces, una discusión mucho más profunda que la tentación de fabricar un "Vaticano versus Milei". Alford no atacó al Presidente argentino y sería incorrecto adjudicarle una confrontación que no protagonizó. Lo verdaderamente interesante es que sus ideas permiten colocar frente al espejo dos maneras distintas de entender libertad, mercado, Estado y comunidad. Una privilegia especialmente la autonomía individual y económica; la otra subraya la interdependencia y el bien común.
Y quizás allí esté la pregunta política más incómoda. El equilibrio fiscal puede medirse, la inflación puede contarse y el crecimiento puede expresarse en puntos del PBI. La dignidad, la inclusión y la cohesión social son bastante más difíciles de meter dentro de una celda de Excel. El debate que propone Alford comienza justamente donde terminan los indicadores: qué clase de sociedad queda después de conseguirlos.