miércoles 14 de octubre de 2026 - Edición Nº5702

Política | 14 Oct

El imperio de Federico Braun

Despidos, hostigamiento y explotación laboral: así funcionan los supermercados "La Anónima" de Federico Braun

10:29 |Federico Braun quedó marcado por su frase sobre la remarcación diaria. Ahora, los despidos denunciados en Tierra del Fuego y las pérdidas millonarias de la tarjeta de La Anónima vuelven a poner a la cadena bajo la lupa.


Hay hombres que edifican imperios ignorando el sufrimiento de quienes sostienen sus paredes, y luego están aquellos que, además, se ríen de ello frente a todo un país. Federico Braun, el patriarca histórico de La Anónima, pertenece sin titubeos a esta última estirpe. Mientras la Argentina se debatía entre la asfixia inflacionaria y el colapso del poder adquisitivo, Braun se permitió la obscenidad de confesar entre risas que "remarcaba precios todos los días". Esa mueca cínica no fue un furcio: fue la radiografía exacta de un modelo de negocios construido sobre el ahogo de los consumidores y la bota pesada sobre los hombros de sus propios trabajadores.

Lejos de quedar en el anecdotario de la impunidad empresaria, el 2026 terminó de desnudar el prontuario de este gigante patagónico. Con los controles furibundos y las multas millonarias de ARBA cayendo sobre sus camiones en infracción, quedó expuesto lo que los ciudadanos ya padecían en carne propia: La Anónima es una maquinaria voraz que elude al fisco mientras exprime cada centavo del bolsillo ajeno. Pero el verdadero drama no se agota en los despachos fiscales ni en las rutas bonaerenses; el epicentro de la crueldad corporativa de Braun late, con furia y miedo, puertas adentro de sus sucursales.

En los supermercados y centros de distribución, el clima laboral es un panóptico de hostigamiento. Con la excusa de proteger márgenes de ganancia obscenos en plena crisis, la empresa ha transformado el día a día de sus empleados en una pesadilla de supervivencia. El fantasma de los despidos masivos —recrudece en regiones vulnerables como Tierra del Fuego— opera como un látigo silencioso. Los trabajadores no solo cargan con la angustia perpetua de perder su empleo en un mercado que expulsa, sino que soportan un régimen de multitarea extenuante. Ante la negativa patronal de cubrir las vacantes del personal que se jubila o renuncia, un solo repositor debe atender cajas, ordenar góndolas y limpiar pasillos por salarios de indigencia. La presión psicológica es asfixiante: jefes que vigilan hasta los segundos de descanso y auditorías invasivas que buscan culpables donde solo hay cuerpos agotados.

A este cuadro de desprecio humano se le suma la tragedia social de su propia unidad financiera, Tarjetas del Mar, donde miles de familias cayeron en una trampa de incobrabilidad y mora ante la imposibilidad de pagar deudas contraídas para comprar alimentos básicos. Para Braun y la cúpula directiva, la ecuación es fría y matemática: si el consumo interno cae, se recorta personal, se asfixia al empleado y se litigan impuestos. Si la carne sube, se prioriza la exportación mientras el plato del trabajador argentino se queda vacío.

Los reclamos del Centro de Empleados de Comercio y las protestas frente a las sucursales son apenas la superficie visible de un descontento que hierve. Los sindicatos intentan frenar los despidos arbitrarios, pero chocan contra un muro de soberbia patronal acostumbrada a operar con total impunidad. Federico Braun encarna el rostro más impúdico del capitalismo de sotana y cartel: aquel que predica el libre mercado mientras destruye la dignidad humana, que evade al Estado que dice detestar y que factura fortunas a costa del sudor, el miedo y el hambre de su propia gente. La historia juzgará con rigor a los depredadores seriales de la mesa argentina, aquellos que hicieron de la necesidad ajena su cuenta bancaria más preciada.

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