viernes 23 de octubre de 2026 - Edición Nº5711

Política | 22 Oct

La Matanza de ¿Fernanda?

Espinoza planearía declararse homosexual para evitar ir a prisión por abuso

La causa judicial por abuso que involucra al intendente de La Matanza volvió a tomar impulso en 2026, después de que la Cámara de Casación ordenara avanzar hacia un juicio oral. Se dice por ahí que intentaría convertirse en la viva imágen de Bruno Gelber para evitar la cárcel. ¿Encontró un vacío legal?


La luz de las cinco de la tarde caía sesgada sobre las cortinas de terciopelo ajado, deshilachando el aire denso del despacho. Una polvareda fúnebre flotaba en el ambiente, meciéndose como pensamientos no dichos, como el recuerdo amargo de aquella denuncia por violación que aún vibraba en los rincones de La Matanza. Fernando contemplaba su reflejo en el espejo de marco dorado: el rubor pálido, la curva suave del labio, la modulación meditada de la voz. Mutar no era un acto de fe, sino una maniobra helada, la arquitectura meticulosa de un déspota que jamás permitiría que los barrotes aprisionaran su voluntad.

—Es el único camino, Fernando —había dicho el abogado con frialdad matemática, masticando cada sílaba—. La justicia busca una forma, una inclinación insospechada. Si te convertimos en la viva imagen de Bruno Gelber, si la sociedad te ve devorado por el culto a la masculinidad pura, a la gracia del arte viril, la acusación se desmoronará por su propio peso. Nadie creerá que deseaste a una mujer.

Fernando acarició la seda del pañuelo que llevaba al cuello, sintiendo el crujido fino bajo la yema de sus dedos. Qué fácil resultaba moldear la verdad cuando la mente carecía de escrúpulos. En su interior, la perversidad no era una chispa violenta, sino un flujo continuo y silencioso, una calculadora que medía el dolor ajeno solo como un costo de transacción. Si para salvarse de la celda debía encarnar al virtuoso, al pianista sofisticado cuyo corazón latía únicamente por la belleza de los hombres, lo haría con la maestría de un actor que desprecia a su público. ¿Acaso la moral no era más que un encaje frágil que los poderosos podían desgarrar a voluntad?

Sentado al piano de cola que sus asesores habían hecho instalar apresuradamente, dejó caer las manos sobre las teclas marfileñas. Un acorde melancólico y fingido flotó en la penumbra del recinto municipal. Ensó de memoria la mirada: los ojos entornados hacia el techo, el leve temblor del mentón, la elegancia amanerada y casi trágica del artista consagrado. «Soy un alma sensible», se decía en un monólogo interior áspero, marcado por el eco de su propia crueldad. «Un devoto del arte, un ser cuya sexualidad solo despierta ante el pulso de la hombría. ¿Cómo podrían acusarme a mí?»

Un rayo de sol extinto tocó la madera barnizada. Todo en él era artificio, una máscara pulida por la desesperación de no perder el dominio. La perversión definitiva no residía en el engaño mismo, sino en la calma fría con la que Fernando contemplaba su propia metamorfosis, complacido de saber que, mientras el mundo discutiera la naturaleza de su deseo, él seguiría siendo el dueño absoluto de su destino.

Y en ese instante, mientras soplaba suavemente sobre una mota de polvo imaginaria para pulir la madera del instrumento, Fernando sonrió con una frialdad abismal, despojado ya de todo rastro de dignidad humana. Le resultaba indiferente pisotear su propia identidad, profanar el arte, manosear la memoria de un icono o reducir la verdad a un grotesco teatro de manipulaciones: ninguna infamia era demasiado baja, ninguna humillación resultaba excesiva y ningún escrúpulo merecía existir si con ello lograba eludir la fía celda. Reducido a una cáscara vacía, a una pura miseria moral vestida de seda, comprendió con orgullo que para un tirano acorralado no hay victoria más dulce que la que se construye sobre las ruinas de su propia decencia.

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