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Vitette recordó el robo del siglo hace 16 años: "terminé pobre por un rastrero y preso por 2 delatores"

Actualidad 13 de enero de 2022 Primera Pagina Primera Pagina
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La crónica policial suele acuñar expresiones para resaltar sucesos de alto impacto o de características insólitas. “El robo del siglo” proviene de ese repertorio de frases hechas, pero a partir del 13 de enero de 2006 tiene una referencia específica: alude al asalto de la sucursal del Banco Río en Acassuso, donde un grupo de ladrones se llevó ese día diecinueve millones de dólares y ochenta kilos de joyas, burlando un operativo policial a través de un boquete, un túnel y la red de aliviadores pluviales de la zona.

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Libros, canciones, infinidad de publicaciones en las redes sociales y en la web convirtieron al episodio en un hito, que ahora se refuerza con la reedición de Sin armas ni ladrones, la investigación que le dedicó Rodolfo Palacios, la publicación de El ladrón del siglo, memorias de Luis Mario Vitette, uno de los protagonistas, y el flamante estreno de la película dirigida por Ariel Winograd, El robo del siglo.

El asalto al Banco Río fue un suceso extraordinario por el perfil atípico de los delincuentes y la minuciosa planificación del golpe, reconocida incluso por el Tribunal que condenó a cinco de los siete participantes. Sin embargo, la repercusión no se explica solo por los hechos en sí mismos sino por el contexto en que ocurrieron y el modo en que tocaron cuerdas sensibles de la opinión pública.

La masacre de Ramallo –la toma de rehenes en una sucursal del Banco Nación, en 1999, seguida de una intervención desastrosa de la policía– y el corralito del gobierno de Fernando De la Rúa que instaló un malhumor social persistente hacia los bancos fueron en ese sentido factores de los que la banda se sirvió con plena conciencia para justificar su acción –“el verdadero robo del siglo fue el del corralito”, argumenta uno de sus integrantes– y llevarla a cabo.

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Las muestras de simpatía hacia la banda no solo se fundan en la desconfianza y el rechazo hacia los bancos que quedaron como resabio de la crisis de 2001. Los ladrones actuaron sin armas ni violencia, por lo que usaron revólveres de juguete y explosivos de utilería. Esa decisión agiganta sus acciones ante el operativo policial y los distingue de la delincuencia común, caracterizada por los desbordes criminales y la arbitraria selección de las víctimas (Guillermo Francella, que encarna a uno de los ladrones en la película que acaba de estrenarse, definió el robo del banco Río como “un delito cargado de picardía argentina”, como si fuera también un episodio folclórico, algo menos lesivo que un delito común).

Este juego limpio contrasta además con el trabajo sucio que desplegó la policía en su investigación (simulacros de fusilamiento, apremios a testigos, inducción de testimonios). Mientras los delincuentes dedicaron un año al proyecto y a la ejecución del robo, con detalles y precauciones que resultaron admirables, la policía bonaerense llegó al colmo de la chapucería cuando su dispositivo para resolver las tomas de rehenes quedó en ridículo y, luego, logró la identificación de los delincuentes no por su competencia detectivesca sino por una delación.

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La denominación “testigo de identidad reservada” –la persona que aporta los datos– evoca aquí un trasfondo de manejos espurios y suena como un eufemismo ante una actitud que para una opinión muy extendida merece el calificativo de traición, de “buchoneada”.

Rodolfo Palacios entrevistó a seis de los ladrones, y los siguió a través del tiempo, en la cárcel y en libertad. En su relato no cuenta solo la cercanía que alcanza –excepcional, por otra parte– sino su capacidad de escucha y de observación, despojado de los prejuicios y las moralinas a que nos acostumbra la crónica policial en sus versiones corrientes.

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Uno de sus logros es romper con el estereotipo sobre los delincuentes, algo que le llega como demanda de los protagonistas. Fernando Araujo, el líder, es un ladrón con estudios universitarios, lector de filosofía oriental y poesía surrealista, capaz de citar a Paul Éluard en medio de una álgida discusión con sus secuaces, a los que reúne en un atelier “de investigaciones artísticas”. Vitette también hace su reclamo: el ladrón, dice, puede ser culto, sociable, elegante y de buenos modales.

“El hombre del traje gris”, su apodo por la identidad que asumió en el robo, cultiva esa apariencia con histrionismo pero también actualiza una añeja tradición del hampa, la del chamuyo, modalidad que consagraron figuras como Jorge Villarino, llamado “el rey del boleto” (boleto, del lunfardo: historia falsa), y el Turco Charlatán (Julio Simón Lahis); y el oficio que reivindica con orgullo, el de escruchante y descuidista, es tan antiguo que lo retrató Fray Mocho a fines del siglo XIX en la revista Caras y Caretas.

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El ladrón del siglo presenta las historias que Vitette le cuenta a una amiga, una joven cuadripléjica a la que visita y atiende. El chamuyo como forma narrativa. Su historia criminal comienza en Uruguay en 1973, cuando lo llevan preso por insultar al presidente de facto Juan María Bordaberry. El incidente prefigura las apelaciones de Vitette al sentido común de la antipolítica (“se mete con los políticos corruptos, critica a los jueces ineficaces”, dice uno de sus allegados) y su notable capacidad de repentista, mezcla de showman y de fiscal, lo que explica además su popularidad en Twitter, con más de 19 mil seguidores.

“No hay policías héroes”, dice uno de los asaltantes, y de hecho los que fueron reivindicados como tales desde la recuperación de la democracia resultaron exponentes de la mano dura o terminaron asociados a hechos de corrupción.

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Pero estos delincuentes tampoco responden a un modelo ideal. Araujo revela que parte del plan fue agitar “una sensación de clamor popular” contra los bancos; su versión de los ladrones como vengadores, sensibles ante la desigualdad social y preocupados por elegir un objetivo que no perjudicara a la gente común, y del robo como un acto de justicia “en barrio de ricachones”, según la nota que dejaron en el banco, es entonces tan engañosa como la toma de rehenes que le presentaron a la policía.

Vitette cuenta a su vez la historia de un colega que encontró a un bebé abandonado en la calle y lo llevó a un conventillo. La criatura creció entre malvivientes y prostitutas y llegado a la adultez ese ambiente de marginales lo devolvió al medio no ya como hombre decente sino convertido en empresario. La fábula sugiere que los ladrones también pueden profesar los valores dominantes de la sociedad.

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Después del golpe surgieron diferencias en la banda. Pese a los supuestos códigos entre delincuentes, el robo exaspera el individualismo y no promueve gestos de solidaridad fuera del compromiso de no delatarse. Los ladrones del Banco Río saltaron a la celebridad y una vez cumplidas sus condenas muestran su capacidad de consumo, pasean por destinos exóticos y guardan su dinero en Suiza, al estilo de cualquier capitalista que fuga divisas y encubre su identidad.

No son Araujo ni Vitette, entonces, quienes representan alguna alteridad, sino en todo caso Alberto De la Torre, que llega bajo el signo de la derrota: es el que pasó más tiempo preso, el único que perdió su parte del botín, el que carga con la responsabilidad de la única falla en el plan perfecto (la delación fue de su ex mujer), el que “se volvió otro” al encontrarse con tanto dinero, un instante antes que se le escurriera “como arena entre los dedos”, y regresara a su normalidad.

Erdosain, el personaje de Roberto Arlt citado por Palacios, se pregunta en Los siete locos quiénes harán “la revolución social” entre los estafadores, los asesinos y “toda la canalla que sufre abajo sin esperanza alguna”. Las respuestas pueden ser variables; seguramente los ladrones no estarán en ese lugar. Fuentes: lamovidaplatense.com y clarin.com

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