Si existe una fecha tatuada a fuego en el calendario emocional del pueblo argentino, es esta. Ya pasaron 40 años desde que la Selección de Carlos Bilardo pisó México buscando la gloria. La herida de Malvinas seguía sangrando y el partido era una verdadera final anticipada para todo un país. Con el potrero fluyendo por las venas, el capitán salió a comerse la cancha.
La primera puñalada llegó a los seis minutos del complemento y fue un verdadero asalto a plena luz del día. Un despeje mordido dejó la bocha boyando en el área chica frente al gigante Peter Shilton. El puño izquierdo de D10S se adelantó a la cabeza y mandó la redonda directo al fondo de la red. El árbitro Ali Bennaceur se comió la curva histórica mientras los europeos masticaban bronca.
Pero si ese golpe inicial fue pura picardía de barrio, lo que sucedió apenas cuatro minutos después provino de otra galaxia. Héctor Enrique le entregó un pase inofensivo y encendió la mecha definitiva. Diego Maradona arrancó por la derecha y dejó un tendal de rústicos ingleses completamente desparramados por el piso. Fue el momento exacto donde la historia del fútbol se partió en dos.
40 AÑOS AÑOS DE LA MANO DE DIOS Y EL GOL DEL SIGLO
— Víctor Hugo Morales (@VHMok) June 22, 2026
Cada 22 de junio vuelve a mí la emoción de aquella tarde imposible en México. No es una fecha más: es una bisagra en mi vida, un antes y un después.
Diego transformó para siempre mi manera de contar el fútbol y cambió mi… pic.twitter.com/8Yp9cCPpLE
Todos pasaron de largo como colectivo lleno frente a un barrilete cósmico que volaba hacia el arco rival. El arquero volvió a quedar revolcado en el pasto ante la zurda letal. Esa apilada monumental desató el grito atragantado de una Nación entera que era un solo puño apretado. Fue el Gol del Siglo, una humillación eterna que ni el paso del tiempo logrará oxidar en Inglaterra.
Lo que tenés que saber sobre la tarde dorada de D10S:
La venganza simbólica: El choque del 86 no fue únicamente fútbol; significó el desahogo nacional tras la cicatriz abierta por el conflicto bélico.
El manotazo al orgullo: La apertura del marcador, bautizada como "La Mano de Dios", expuso la impotencia del rigor táctico británico frente a la trampa del potrero.
La apilada celestial: 10,6 segundos y 60 metros le bastaron al genio mundial para humillar a seis rivales en la mejor conquista de los mundiales.
El lamento interminable: A cuatro décadas del baile histórico, exjugadores europeos siguen destilando veneno por los rincones sin poder asimilar la derrota.