lunes 6 de julio de 2026 - Edición Nº5602

Política | 6 Jul

La iglesia Católica le responde a Macri

"Nadie elige el hambre porque exista un plato de comida": la Iglesia liquidó a Jorge Macri

11:51 |La Iglesia le dio una lección de humanidad a Jorge Macri y le respondió que "nadie permanece en la calle porque una parroquia sirva un plato de guiso". El inhumano jefe de Gobierno porteño había dicho que entregar comida a los pobres "generaba dependencia".


En medio del invierno más crudo y de una crisis social que multiplica las personas en situación de calle, la Iglesia Católica eligió responder con serenidad, pero también con una firmeza que dejó expuesta la fragilidad del argumento del jefe de Gobierno porteño, Jorge Macri. Mientras el funcionario cuestionó la asistencia alimentaria de Cáritas y otras organizaciones al sostener que podría incentivar la permanencia de personas en las calles, la respuesta eclesiástica recordó una verdad tan elemental como irrefutable: nadie elige el hambre porque exista un plato de comida.

Lejos de entrar en una confrontación política, la Iglesia respondió desde su misión. El presidente de Cáritas Argentina, monseñor Gustavo Carrara, fue contundente: "Cuando hay que dar de comer, hay que dar de comer". En apenas una frase desmontó una mirada que reduce la pobreza a un problema de orden urbano y olvidó que detrás de cada persona que duerme en una vereda existe una historia atravesada por la exclusión, las adicciones, la pérdida del trabajo, la enfermedad o la ruptura familiar.

Mientras el Gobierno porteño discute si la ayuda genera dependencia, miles de voluntarios de Cáritas, los Hogares de Cristo, parroquias y centros barriales recorren cada noche las calles llevando comida caliente, abrigo y contención. No preguntan por quién votó quien recibe una frazada ni realizan cálculos presupuestarios antes de entregar un plato de comida. Hacen aquello que el Evangelio enseña desde hace dos mil años: estar al lado del que más sufre.

La respuesta de la Iglesia también desnuda una diferencia de concepción sobre el papel del Estado y de la sociedad. Para Jorge Macri, el foco parece estar puesto en administrar el espacio público. Para la Iglesia, el centro sigue siendo la persona. Esa diferencia cambia absolutamente todo. Porque cuando el pobre deja de ser un ciudadano para convertirse en un obstáculo visual, la política empieza a perder su sentido más profundo.

No es casual que las palabras del jefe de Gobierno hayan provocado un fuerte rechazo dentro del mundo eclesiástico. Sacerdotes que trabajan diariamente en villas, barrios populares y centros de asistencia conocen una realidad que difícilmente pueda comprenderse desde un despacho oficial. Nadie permanece en la calle porque una parroquia sirva un plato de guiso. Permanecen allí porque el Estado, la economía y muchas veces la propia sociedad les fueron cerrando todas las puertas.

La Iglesia no reivindica la asistencia como solución definitiva. Lo ha dicho una y otra vez. Alimentar, alojar y acompañar es la respuesta urgente frente a una emergencia. La salida verdadera requiere políticas públicas integrales, acceso al trabajo, salud mental, vivienda y oportunidades de reinserción. Pero mientras esas respuestas no llegan, abandonar al que tiene hambre jamás puede ser una opción.

Paradójicamente, quienes acusan a la Iglesia de "fomentar" la marginalidad parecen olvidar uno de los principios más básicos del cristianismo que dicen respetar: la dignidad humana está por encima de cualquier cálculo político.

En tiempos donde abundan los discursos sobre eficiencia, déficit y equilibrio fiscal, la Iglesia volvió a recordar una verdad que ningún indicador económico puede reemplazar: la primera obligación de una sociedad civilizada es no dejar morir de frío ni de hambre a sus propios hermanos.

La política podrá discutir presupuestos, competencias y estadísticas. La Iglesia, en cambio, eligió responder con aquello que nunca debería entrar en debate: la compasión. Y en esa respuesta, silenciosa pero contundente, dejó en evidencia que la verdadera pobreza no siempre está en las calles. A veces también habita en la mirada de quienes ya no pueden conmoverse frente al dolor ajeno.

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